ETIKA E

Discípulos de los Apóstoles de los Últimos Tiempos D.A.U.T.

www.etika.com
18-1-2000

0T18

La Parusía y el Fin del Mundo o Juicio Final

Padre J. J. Arteaga

Recopilación por la Secretaría General de los D.A.U.T. de algunas de las más importantes Homilías pronunciadas por el Rvdo. Padre J. J. Arteaga en los cenáculos del Movimiento Sacerdotal Mariano en Madrid.

(Marzo 1991)

... el problema es muy complejo y suscita muchas preguntas.

Yo me limitaré en el espacio de una breve homilía a distinguir entre parusía y fin del Mundo.

La palabra "parusía" junto con el verbo "pareinai" tiene en la cultura helena un significado técnico especial: presencia de un dios en los actos culturales, venida de un dios para socorrer y, sobre todo, la "regocijada y triunfal" entrada de un príncipe, de un soberano o de un general victorioso.

Estas parusías se revestían de un ceremonial cada vez más solemne. Las parusías de los emperadores en las ciudades de provincias marcaban una fecha histórica.

La palabra "parusía" sale 24 veces en el Nuevo Testamento. De éstas, 14 veces en San Pablo; 4 en Mateo; 2 en Santiago; 3 en II Pedro y 1 en I Juan. En el N.T. se aplica siempre al Señor y una sola vez al Anticristo (II Tim. 2,8).

El N.T. reserva el vocablo parusía para significar la segunda venida del Señor Jesús en gloria y poder.

Muy pronto en las dos cartas a los Tesalonicenses, que fueron las primeras que escribió San Pablo hacia el año 51 ó 52, habla de la parusía del Señor para tranquilizar a los Tesalonicenses, que se entristecían porque sus seres queridos, muertos en el Señor, no iban a presenciar la parusía del Señor, que ellos creían inminente.

Desde Corinto, Pablo les escribió: No quisiéramos, hermanos, que ignoréis la muerte de los difuntos. Así no os afligiréis como los otros que no tienen vuestra esperanza... Apoyándonos en la palabra del Señor os declaramos lo siguiente: Nosotros los que aún vivimos, los que quedamos para la venida del Señor (en griego: la parusía) no nos adelantaremos a los que murieron. Porque el Señor mismo a la voz del Arcángel, al sonido de la trompeta divina bajará del cielo y los muertos en Cristo resucitarán primero; después nosotros, los que quedamos vivos, seremos arrebatados junto con ellos entre las nubes al encuentro del Señor por los aires. Y así estarémos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

Luego puntualiza que en cuanto al tiempo preciso en que sucederá la parusía les dice que ya saben perfectamente que "el día del Señor" vendrá como un ladrón nocturno y que cuando estén cacareando "paz y seguridad" les vendrá de improviso la ruina.

En la segunda carta les dice que no se alarmen por lo que se refiere a la parusía de nuestro Señor y a nuestra reunión (rapto) con él... porque antes ha de venir la apostasía y ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, ej hijo de la perdición.

Como veis, la parusía no era inminente como pensaban los alarmistas, supuestos carismáticos de entonces; no se inquieten tampoco por palabras, ni cartas atribuidas a Él como si el día del Señor estuviese ya a las puertas.

Demos gracias a Dios porque si bien nos apesadumbra la pérdida de nuestros seres queridos, no es más que una separación temporal, hasta que nos encontremos de nuevo en el arrebatamiento del que nos habla San Pablo.

La palabra arrebatamiento proviene del vocablo latino "raptus" (rapto) que significa tomar algo por la fuerza.

Un día de repente Cristo vendrá para reclamar al mundo apóstata sus joyas, es decir, sus remedios y llevarlos con Él.

Pero aquí se impone la gran pregunta: ¿La parusía coincide con el fin del mundo? ¿El día del Señor, el juicio de las naciones apóstatas, coincide con el juicio universal?

La opinión común en la Iglesia, desde San Agustín es que entre la Parusía y el juicio final no hay solución de continuidad, sino que todo se concluye para dar paso a sólo el Paraíso para los buenos y al infierno para los malos.

Sin embargo si analizamos el gran juicio descrito en el capítulo 19 del Apocalipsis, que coincide con el arrebatamiento o parusía del Señor, del que habla San Pablo en sus dos cartas a los Tesalonicenses; que coincide a su vez con el retorno glorioso, prometido en los Santos Evangelios, especialmente el narrado en el discurso escatológico por san Mateo (cap. 24) hay que concluir que son dos actos distintos y distantes en la historia de la salvación.

Es verdad que San Mateo habla también del verdadero juicio universal, pero no sólo en el cap. 25, después de haber intercalado varios ejemplos, exhortaciones y parábolas para hacer comprender la profunda distinción de los acontecimientos: Parusía y Juicio final y la gran distancia de tiempo que los separa.

El Apocalipsis, por su parte, habla del juicio universal en el cap. 20 y dice expresamente que entre el uno y el otro de estos dos juicios, transcurre nada menos que el espacio de un milenio como mínimo.

Precisamente por esta semejanza Jesús mezcla la Profecía sobre la destrucción de Jerusalén con los tremendos castigos que se abatirán sobre la tierra en el momento de la Parusía; es la gran tribulación.

En la vigilia de la Parusía todos los hombres de buena voluntad se convertirán, nos dice San Pablo; y por último, también los hebreos, en masa como nación.

El que se hayan reunido de nuevo en la tierra prometida es una clara señal del fin de los tiempos.

Y después subirán sobre las nubes al encuentro de Cristo que viene, llevados unos y otros por ángeles, sin morir.

Quien sea dejado en la Tierra, al aparecer el Señor, morirá fulminado por los ángeles (recuerdese la noche del éxodo), por lo que la Tierra se convertirá en un gran cementerio, cubierto de cadáveres abandonados a la rapiña de los buitres.

Sobre la superficie de la tierra, al igual que en los tiempos de Noé, no quedará ningún vivo. O como en Sodoma y Gomorra.

La naturaleza selectiva del rapto en la Parusía lo expresa San Lucas con toda claridad: "Os digo que en aquella noche estarán dos en una cama, el uno será arrebatado y el otro dejado; dos mujeres estarán moliendo juntas, la una será arrebatada y la otra dejada; dos estarán en el campo, el uno será arrebatado y el otro dejado.

Luego, no es el juicio universal, porque entonces todos los resucitados irán a la vida o a la muerte eterna. Nadie será dejado para ser pasto de los buitres: "donde hay carroña allí se precipitan las aves de rapiña".

El que no quede nadie vivo sobre la Tierra no quiere decir que ya no habrá habitantes en ella. Los nuevos habitantes serán los sobrevivientes elevados sobre las nubes por los ángeles, y devueltos más tarde a la Tierra, después del reordenamiento general que Jesús obrará para haver "una Tierra no Tierra", como dictó a María Valtorta en el Poema dle Hombre-dios (vol. III, pág. 661, edición italiana) con estas palabras: "Después, para los fieles al espíritu, vendrá el Paraíso, vendrá la Tierra no Tierra: el Reino de los cielos".

El primer acto de tal intervención será precisamente la resurreción de tales muertos, desde Adán y Eva hasta el último nacido sobre la Tierra y sepultado: ¡Es la resurección de la carne!. En cambio la carne de los muertos en la Parusía es devorada por los buitres.

Está clara la diferencia ¿verdad?. Lo que queda confirmado por la presencia en carne y hueso de muchos sobrevivientes en la Parusía, que no son fulminados por los ángeles sino elevados sobre las nubes.

En cambio en el Juicio Universal no habrá en absoluto sobrevivientes en carne y hueso de ningún tipo. Sólo habrá hombres resucitados con su cuerpo glorioso y condenado.

Estamos, entonces, constreñidos a admitir que los sobrevivientes de la Parusía retornarán a la Tierra en la hora precisa, y esto se deduce también por el dogma del pecado original, que tiene como consecuencia la herencia de la muerte total (alma y cuerpo) para toda la prole o descendencia de Adán, de la que se excluye solamente la Virgen Santísima por un privilegio especial por el modo de redención obtenido por Cristo en favor de su propia Madre

La Virgen DE DERECHO como descendiente de Adán y Eva fue deudora del estado de pecado original y la consecuente obligación a morir.

Pero DE HECHO por singularísimo privilegio nació exenta del pecado original, inmaculada, en vista de su futura maternidad divina, obteniendo así un modo más perfecto de Redención, es decir, de la preservación siempre por los méritos futuros de Cristo Redentor.

En cuanto a la preservación de la muerte física es bien significativo que ni el Papa Pío IX, ni Pío XII en el dogma de la Asunción a los Cielos en cuerpo y alma, tuvieron el coraje de pronunciarse; tan unversal es el hecho de la muerte y por lo demás necesario en Cristo mismo como medio de Redención.

¿Podémos entonces admitir la exención de la muerte físicia de toda la humanidad buena de una cierta determinada época, es decir, de la última hora?.

No por cierto.

La universalidad de tal herencia de doble muerte: espiritual y física se afirma solemnísimamente en la carta a los Romanos 5 y en I Corintios 15, dando la universalidad de la muerte del cuerpo como aún más segura y evidente que la muerte del alma por el estado de pecado, tanto que es el signo comprobante de ella, de modo que si por absurdo no se suprimiere la muerte física mediante la resurección, esto significa ninguna redención; su obra sería una triste farsa para ingenuos credulones. La muerte del cuerpo es consecuencia y signo visible de la precedente muerte del alma. Por lo que, según San Pablo, si no existe la muerte del cuerpo, no existe tampoco la del alma, es decir, no existe el pecado original.

Igualmente, en sentido opuesto, la resurección del cuerpo, razona San Pablo, tampoco existe la del alma, es decir, la justificación, no sólo en cada uno de los miembros, pero ni siquiera en la Cabeza, Cristo, ya que si no existe la justificación no existe la Redención, y así cae por tierra todo el Cristianismo; y entonces somos los más miserables de todos los hombres. Esto quiere decir que delante de Dios en virtud del proyecto creador del hombre, pecado original y muerte física son inseparables, como herencia de Adán, que pasa automáticamente a todos los hijos nacidos de su sangre; ya que entre la raiz y descendencia rige la misma relación que existe entre la cabeza y su cuerpo en un mismo organismo; sangre impura y manchada también en el resto del organismo.

Lo contrario sucede cuando con el Bautismo nos injertamos como miembros de la Cabeza que es Cristo muerto y resucitado.

Estas verdades las confirma el Concilio de Trento en el decreto dogmático sobre el pecado original, anatematizando a aquel que se atreva a opinar lo contrario.

El estipendio del pecado es la muerte.

El aguijón de la muerte es el pecado.

Está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de la muerte, el juicio.

En consecuencia no se puede tergiversar: Los sobrevivientes que san Pablo afirma que van a ser arrebatados al encuentro del Señor, deberán luego más tarde retornar vivos sobre la Tierra purificada y morir también ellos en su hora, porque llevan consigo la condena del pecado original.

Enoch y Elías después de su testimonio también tendrán que pagar su tributo a la muerte.

Y entonces adquiere un relieve especial la fórmula del Fe del Credo: Creo que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

La Parusía se convierte entonces en el punto culminante del Apocalipsis y de toda la historia humana, en el punto de mira de Paray le Monial y de Fátima, con el encuentro directo y visible entre los dos protagonistas y antagonistas: Cristo y el Anticristo, con el consiguiente restablecimiento general del orden en toda la Tierra y en toda la humanidad; es la plenitud de la Redención que se extiende con todos sus benéficos efectos también a los rectores de la vida social y política, y aún de la vida físico biológica en toda la faz de la tierra: "La naturaleza espera entre dolores de parto, la manifestación de los hijos de Dios", afirma San Pablo.

Hemos expuesto brevemente los fundamentos telógico-dogmáticos que avalan la distinción entre los dos juicios: el de la Parusía o final de los tiempos y el del Juicio Universal, o fin del mundo.

Padre J. J. Arteaga


Discípulos de los Apóstoles de los Últimos Tiempos
(D.A.U.T.)

Secretaria general en España
Francisco Hernández Yágüez
Apartado de Correos 536
E-45080 TOLEDO

Teléfono y Fax (925) 21-62-26
Internet: http://www.etika.com

- - - - Retour Index D.A.U.T. - - - - Retour ETIKA Start - - - - -