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EL CIELO |
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S. Alfonso M. de Ligorio |
Del estado de los bienaventurados
después del juicio (I): Si el cielo empíreo es la mansion de los
bienaventurados |
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La Verdad de la Fé, evidenciada por los caracteres
de su credibilidad: obra escrita en italiano por s. Alfonso M. de Ligorio, y
traducida al castellano por el Pbro. D. Julian Gonzalez de Soto. Van añadidos
dos opúsculos y disertaciones teologico-morales acerca de la vida eterna. Por
el mismo santo Autor. Disertación IX. Del estado de los bienaventurados después
del juicio, p. 364 - 382. Con licencia. Pons Madrid/Barcelona 1847
(A) §. I. Si el cielo empíreo
es la mansion de los bienaventurados.
(B) §. II. En que consiste la beatitud eterna.
(C) §. III. De la vision
beatifica.
(D) §. IV. Del amor beatífico.
(E) §. V. De las dotes de las almas gloriosas.
(F) §. VI. De las dotes de los cuerpos gloriosos.
(G) §. VII. De la auréola de los bienaventurados
(A) § I. Si
el cielo empíreo es la mansion de los elegidos.
1. Opiniones érroneas de los herejes, de los gentiles, y de Mahoma. El
Evangelio demuestra que es el cielo.
2. Esplícase lo que sea el cielo empireo; que según Sto. Tomás es corpóreo y
muy refulgente.
3. Suéltanse algunas dificultades suscitadas acerca del fulgor del cielo
empíreo.
4. El cielo empíreo no participa del movimiento de los demás cielos.
(A) § . 1.
Si el cielo empíreo es la mansion de
los bienaventurados.
1. Otra de las herejías que anduvo
sembrando Almerico fué la de suponer, que los elegidos carecen de lugar fijo en
donde disfruten de su eterna felicidad, así como tampoco existe lugar
determinado de castigo para los condenandos á las eternas penas; antes bien,
dice, que las almas que están en gracia de Dios, gozan del paraíso en cualquier
parte en donde se hallan, al par que los infelices que están en desgracia de
Dios por todas partes hallan su infierno.
Opuestos á esta opinion andaban los filósofos y
poetas del gentilismo, quienes señalaban para los dichosos un lugar acá en la
tierra que llamaban Campos Eliseos, en donde, á su creer, los hombres
hallaban en abundancia despues de su muerte, las delicias terrenales; opinion
en que todos convenian, segun escribe Tertuliano. (Apol. Cap. 47.) No faltaba,
sin embargo, entre ellos quien opinára, que los hombres aun cuando hubiesen
alcanzado la bienandanza de los Campos Eliseos, debian en cierto período de
tiempo, regresar á la vida, y esponerse otra vez al riesgo de condenarse, si
quebrantaren las leyes.
A semejantes sistemáticos increpa S. Agustin su
insensatez, diciéndoles (l. 10 de civ. Dei, c. 30.) ser harto evidente que no
puede suponerse cumplidamente dichosa una vida que no está exenta de temores de
dejar de ser eternamente feliz.
Mahoma alucinó á sus secuaces prometiéndoles en el
Alcoran, que despues de la muerte, serán trasladados á un paraíso en donde
rebosarán en placeres sensuales, en frutos gratísimos al paladar, en vestidos
preciosos y otros semejantes placeres terrenos; á cuyo propósito, Guillermo de
París, llama el paraíso de Mahoma, volutabrum porcorum, non hominum.
Por lo demás el cristiano, instruido en las
verdades de la fe, cree que Dios colocó en el cielo el paraíso que tiene
preparado para los buenos, en donde gozarán de una felicidad cumplida y sin
término, segun la promesa de Jesucristo: Gaudete et exultate, quoniam merces
vestra copiosa est in coelis. (Mat 5, 12.)
2. Pero, como haya diversos cielos en el espacio,
pregúntase cual de ellos sea la mansion peculiar de los bienaventurados. Y se
responde, que no es el cielo empíreo; que bien lo indicó el Salmista en
aquellas palabras: Laudate eum, caeli caelorum (Ps. 148, 4.); y S.
Pablo, que hablando de Jesucristo, dice: Qui ascendit super omnes caelos. (Eph.
IV. 10.)
Supónese que no de otro cielo trató el Apóstol,
cuando dijo, que habia sido arrebatado al tercer cielo, tomando por primer
cielo el etéreo, por segundo al firmamento, y por tercero al empíreo; que
conforme dice Sto. Tomás (22. q. 175. art.3. ad 4.) segun la etimología griega,
significa lo mismo que cielo de fuego ó ardiente, por causa no del ardor que
despide, sino del fulgor que esparce.
Y tambien dice el mismo Santo (1.p q. 66, art.3),
que este cielo nos era desconocido antes de S. Basilio, Beda y Estrabon, quienes
convinieron en decir, que es la sede de los bienaventurados. Prueba además el
Angélico Doctor, en el lugar citado, que Dios creó el cielo empireo desde el
principio del mundo: y en otro pasaje, (in 2.q. 1. ad 1.) demuestra que el
cielo empíreo es corpóreo. Como que fué creado mas especialmente para el hombre
que no para los ángeles que carecen de cuerpo.
Ved ahí las palabras de St. Tomás: Et est
corpus quod principaliter ordinatum est, ut sit habitatio beatorum; et hoc
magis propter homines quorum etiam corpora glorificabuntur, quibus locus
debetur, quam propter angelos, qui loco non indigent.
3. Supuesto, pues, que el cielo empíreo brilla con
esplendor refulgente, como llevamos dicho en el número anterior, ¿por qué razon
el abismo no fue iluminado por este cielo, antes quedó sumido en las tinieblas?
Pues conforme dice el Génesis (I. 2.): Et tenebrae erant super faciem abyssi.
¿Y porqué, á pesar de lo esplendoroso de este cielo, no alcanzamos á verle,
como vemos la luz del sol?
A entrambas objeciones da la correspondiente
solucion Sto. Tomás diciendo, que la luz del empireo no iluminaba el abismo y
nosotros no divisamos su resplandor porque: Caelum empyreum non habet lucem
condensatam, ut radios emittat, sicut corpus solis; sed magis subtilem: vel habet
claritatem gloriae, quae non est conformis cum claritate naturali. Otra
solucion, quizás mas comprensible, dan otros autores; diciendo, que el cielo
empíreo no fué creado para que iluminase las partes inferiores del universo,
sino únicamente la mansion de los bienaventurados, por cuyo motivo su
superficie intercepta los rayos de luz arrojados por él desde el principio del
mundo, y sigue todavia interceptándolos á nuestra vista.
4. Es opinion comun, que el cielo empíreo está
inmóbil, y en perpetua fijeza, en lo cual difiere de los otros cielos; y muy
señaladamente por ser el sitial de Dios, conforme está escrito en el salmo X.
5. Dominus in caelo: sedes ejus.
Fuera de que, como este cielo fué destinado para
mansion de los Santos, no fuera conveniente se sujetará á movimiento, y al
continuo cambio de situación; por eso se le apellida en el Apocalipsis, Civitas
in quadro posita (XXI, 16.); porque á toda figura cuadrada compete el estar
fija en un lugar, y sin movimiento.
Añádase además que, los otros cielos tienen
movimiento porque fueron creados para que con su influencia concurriesen á la
conservación de la vida de los hombres y de los animales, creados para servir
al hombre; mas los bienaventurados no han menester ya acudir á su influencia
para conservar la vida.
Sto. Tomás se espresa respecto á este
punto, diciendo únicamente (Quodlib. VI.
art. 19.) que, como el cielo empíreo vaya comprendido bajo el universo, deberá
influir, á su entender, en la solidez y estabilidad de los cuerpos inferiores
sin necesidad de movimiento.
Y entrando á hablar del estado beatífico, que es
el intento que nos hemos propuesto en esta disertacion, materia asaz vasta,
acerca de la cual los teólogos llevan escritos numerosos volúmenes; nos
ceñirémos á indicar aquí solamente aquellas cosas mas principales que puedan
robustecer nuestra fe y la esperanza de alcanzar un bien tan digno de ser
deseado, como la eterna beatitud.