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Fray Luis de Granada
Meditaciones y oraciones

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17-12-2009

18B3M10

Meditaciones para el miércoles en la noche. Tratado de la consideración de la muerte

Valencia 1851.

Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 150-159
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.

Meditaciones para el miércoles en la noche.

Tratado de la consideración de la muerte
donde se trata más extenso la meditación pasada.

Capítulo décimo.

De tres cosas que ayudan en gran manera para la meditación de la muerte.

Para muchas cosas es en gran manera provechosa la consideración de la muerte, y especialmente para tres: la primera, para alcanzar la verdadera sabiduría, que es saber el hombre regir y ordenar su vida: porque, como dicen los filósofos, en las cosas que se ordenan a algún fin, la regla y medida para encaminarlas se toma del mismo fin; y por esto los que edifican, los que navegan, y finalrnente, todos los que algo quieren hacer, siempre ponen los ojos en el fin que pretenden, y conforme a él encaminan todo lo demás.

Pues como entre los fines y términos de nuestra vida, uno de ellos sea la muerte, a donde todos vamos a parar, el que quisiere acertar a encaminar bien su vida, ponga los ojos en este blanco, y conforme a él encamine todo lo que hubiere de hacer. Mire cuán pobre y desnudo ha de salir de aquí, y cuán rigoroso juicio ha de pasar allí, y cuán hollado y olvidado ha de estar en la sepultura, y conforme a esto, mire cómo ordena su vida.

De esta manera la ordenaba un filósofo, que decía: desnudo nací del vientre de mi madre y desnudo tengo de volver a la sepultura. Pues ¿para qué quiero perder tiempo en adquirir riquezas, si el fin ha de ser desnudo? De no meditar este fin nacen todos nuestros yerros. De aquí nace nuestra presunción, nuestra soberbia, nuestra codicia, nuestros regalos y las torres de viento que edificamos sobre arena; porque si pensásemos cuáles nos habemos de ver de aquí a pocos días en aquella pobre casa, más humilde y más templada sería nuestra vida.

¡Cómo tendría presunción quien allí mirase, como es, polvo y ceniza? ¿cómo tendría por Dios a su vientre quien allí mirase como es manjar de gusanos? ¿quién levantaría tan altos sus pensamientos, viendo cuán flaco es el cimiento sobre que se fundan? ¿quién andaría perdido buscando riquezas por mar y por tierra, viendo que le han de hacer allí pago con una pobre mortaja? Finalmente, todas las obras de nuestra vida se corregirían, si todas las midiésemos con esta regla.

Por esto decían los filósofos que la vida del sabio no era otra cosa sino un contínuo pensamiento de la muerte. Porque esta consideración enseña al hombre lo que es algo y lo que es nada; lo que debe seguir y lo que debe huír, conforme al fin en que ha de parar. De aquellos filósofos que llamaban brahmanes se escribe, que eran tan dados a este pensamiento, que tenían las sepulturas abiertas a las puertas de sus casas, para que entrando y saliendo por ellas, siempre se acordasen de este paso.

Al profeta Jeremías dijo Dios, (Jer. 18, 1. Jer. 28) que descendiese a la casa donde se labraba el barro, porque quería hablar allí con él. Bien pudiera Dios hablar en otro cualquier lugar con su Profeta; mas quisole hablar en este, para dar a entender que la casa del barro, que es la sepultura, es la verdadera sabiduría, donde Dios suele enseñar a los suyos su doctrina. Allí les enseña cuán grande sea la vanidad del mundo, la miseria de la carne, la brevedad de la vida, y sobre todo, allí les enseña a conocerse a sí mismos, que es una de las más altas filosofías que se pueden saber.

Desciende, pues, o hombre, con el espíritu a esta casa, y ahi verás quién eres, de qué eres, en qué has de parar, y en qué para la hermosura de la carne y de la gloria del mundo; y así aprenderás a despreciar todo lo que el mundo adora, por no saber mirarlo, pues no mira más que la cara de Jezabel, (3 Reg. 16; 2 Reg 9, 30.) que asoma por la ventana muy compuesta, y no a los extremos miserables de ella, los cuales después de comido el cuerpo, quiso Dios que quedasen enteros, para que por aquí viésemos cuán otra cosa es el mundo de lo que parece, y para que de tal manera le mirásemos a la cara, que también nos acordásemos de los extremos dolorosos en que pára su gloria.

Lo segundo, aprovecha esta consideración para apartarnos del pecado, según lo testifica el Eclesiástico, diciendo: (Eccl. 7, 40. Eccl. 12.)

Acuerdate de tus postrimerías, y nunca jamás pecarás.

Gran cosa es no pecar, y gran remedio es para esto, acordarse el hombre que ha de morir. San Juan Clímaco escribe de un monje que, siendo gravemente tentado de la hermosura de una mujer que él habia visto en el mundo, como viniese a saber que era ya muerta, fuese a la sepultura donde estaba, y refregó un pañuelo en el cuerpo hediondo de la difunta; y todas las veces que el demonio le volvía a combatir con aquel mal pensamiento, poníase aquel pañuelo a las narices, y decía:

Cata aquí, miserable, lo que amas, y cata aquí en que paran los deleites y hermosuras del rnundo.

Gran remedio era este para vencer el pecado; no es menor la profunda consideración de la muerte, según aquello que dice San Gregorio:

No hay cosa que así mortifique los apetitos de esta carne perversa, como considerar qué tal ha de estar ella misma despues de muerta.

El mismo Santo cuenta de otro monje, que teniendo ya la mesa puesta para comer, y dar un poco de refrigerio al cuerpo fatigado, le sobrevino a deshora la memoria de la muerte, y como si este pensamiento fuera un alguacil, de tal manera le atemorizó y sobresaltó que finalmente le hizo dejar la comida. Mira cuánto puede en el corazón del justo la memoria de esta cuenta, pues le hace abstener de una obra tan lícita y necesaria para conservar la vida.

Verdaderamente una de las cosas rnás espantosas que hay en el mundo, es saber los hombres tan de cierto la cuenta que en esta hora se les ha de pedir, y tener tanta facilidad en pecar. Si un caminante que no lleva más que un solo maravedí en la bolsa, entrase en una venta y, sentado a la mesa pidiese al ventero perdices, gallinas y capones, finalmente, todo cuanto hay en la posada, y cenase muy a su placer, sin acordarse que había de haber hora de cuenta, ¿quién no tendría a este por burlador o por loco?

Pues ¿qué mayor locura que la de aquellos que tan desenfrenadamente se derraman por todos los vicios, duermen tan a sabor en ellos, sin acordarse que de ahí a poco espacio, al salir de la posada, se les ha de pedir tan estrecha cuenta de toda aquella soltura?

Por esto es de creer que el demonio trabaja cuanto puede por hacernos perder esta memoria, porque sabe él muy bien cuánto ganaríamos con ella. Porque de otra manera, ¿cómo sería posible olvidarse los hombres de una cosa tan terrible y tan espantosa, y que de tan cierto saben que ha de venir por sus casas? Un recelo de una pérdida muy pequeña de hacienda o de otra cosa semejante nos trae muchas veces desvelados, y nos hace perder el sueño y la salud; pues ¿cómo no hace esto la memoria de la muerte, que, así para el cuerpo como para el alma, es la cosa más horrible de cuantas nos pueden venir? Por grandísima maravilla tengo que estando los hombres tan cuidadosos en cosas de paja, vivan tan descuidados en lo que tanto va.

Lo tercero, aprovecha esta consideración, no sólo para bien vivir, como está dicho, sino a más de esto para bien morir. Grande ayuda es el apercibimiento para las cosas árduas y dificultosas; un tan grande salto, como es el de la muerte, que llega desde esta vida a la otra, no se puede bien saltar, si no se toma muy de atrás y de muy lejos la corrida. Ninguna cosa grande se hace bien a la primera vez; y pues tan grande cosa es el morir, tan necesario el bien morir, muramos muchas veces en la vida, para que acertemos a morir bien aquella vez en la muerte.

La gente que ha de pelear tiene primero sus estudios y ejercicios, con los cuales aprende en tiempo de paz lo que ha de hacer en tiempo de guerra. El caballo que ha de pasar la carrera, primero la pasa y anda toda, y reconoce los pasos de ella, por no hallarse torpe al tiempo de la corrida. Y pues a todos nos es forzoso, (Psalm. 88.) pasar por esta carrera, pues no hay hombre que viva que no haya de ver la muerte, y el camino es tan obscuro y tan fragoso, como todos sabemos, y el peligro tan grande, que el que cayere ha de ir a dar consigo en el profundo del infierno, bien será que paseemos ahora por él y miremos todos los pasos que haya, uno por uno, porque en todos ellos hay mucho que considerar.

Y no nos contentemos con mirar solamente lo que pasa por defuera al derredor de la cama del doliente, sino mucho más debemos trabajar por entender  lo que pasa dentro de su corazón.

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