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Fray Luis de Granada |
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18B3M10 |
Meditaciones para el miércoles en la noche. Tratado de la
consideración de la muerte |
Valencia 1851. |
Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado
Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 150-159
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.
Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda
edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.
Meditaciones para el miércoles en la noche.
Tratado de la consideración de la muerte
donde se trata más extenso la meditación pasada.
Capítulo décimo.
De
tres cosas que ayudan en gran manera para la meditación de la muerte.
Para muchas cosas es en gran manera
provechosa la consideración de la muerte, y especialmente
para tres: la primera, para alcanzar la verdadera sabiduría, que es saber el
hombre regir y ordenar su vida: porque,
como dicen los filósofos, en las cosas que se ordenan a algún fin, la regla y
medida para encaminarlas se toma del mismo fin; y por esto los que edifican,
los que navegan, y finalrnente, todos los que algo quieren hacer, siempre ponen
los ojos en el fin que pretenden, y conforme a él encaminan todo lo demás.
Pues como entre los fines y
términos de nuestra vida, uno de ellos sea la muerte, a donde todos vamos a
parar, el que quisiere acertar a encaminar bien su vida, ponga los ojos en este
blanco, y conforme a él encamine todo lo que
hubiere de hacer. Mire cuán pobre y desnudo ha de salir de aquí, y cuán
rigoroso juicio ha de pasar allí, y cuán hollado y olvidado ha de estar en la
sepultura, y conforme a esto, mire cómo ordena su vida.
De esta manera la ordenaba un filósofo, que decía: desnudo nací del
vientre de mi madre y desnudo tengo de volver a la sepultura. Pues ¿para qué quiero perder tiempo en adquirir
riquezas, si el fin ha de ser desnudo? De no meditar este fin nacen todos
nuestros yerros. De aquí nace nuestra presunción, nuestra soberbia, nuestra
codicia, nuestros regalos y las torres de viento que edificamos sobre arena;
porque si pensásemos cuáles nos habemos de ver de aquí a pocos días en aquella
pobre casa, más humilde y más templada sería nuestra vida.
¡Cómo tendría presunción quien
allí mirase, como es, polvo y ceniza?
¿cómo tendría por Dios a su vientre
quien allí mirase como es manjar de gusanos? ¿quién levantaría tan altos
sus pensamientos, viendo cuán flaco es el cimiento sobre que se fundan? ¿quién
andaría perdido buscando riquezas por mar y por tierra, viendo que le han de
hacer allí pago con una pobre mortaja? Finalmente, todas las obras de nuestra
vida se corregirían, si todas las midiésemos con esta regla.
Por esto decían los filósofos
que la vida del sabio no era otra cosa
sino un contínuo pensamiento de la muerte. Porque esta consideración enseña
al hombre lo que es algo y lo que es nada; lo que debe seguir y lo que
debe huír, conforme al fin en que ha de parar. De aquellos filósofos que
llamaban brahmanes se escribe, que
eran tan dados a este pensamiento, que tenían las sepulturas abiertas a las puertas de sus casas, para que entrando y
saliendo por ellas, siempre se acordasen de este paso.
Al profeta Jeremías dijo Dios, (Jer. 18, 1. Jer. 28) que descendiese a la casa
donde se labraba el barro, porque quería hablar allí con él. Bien pudiera Dios
hablar en otro cualquier lugar con su Profeta; mas quisole hablar en este, para
dar a entender que la casa del barro, que es la sepultura, es la verdadera sabiduría, donde Dios suele enseñar a los
suyos su doctrina. Allí les enseña cuán grande sea la vanidad del mundo, la
miseria de la carne, la brevedad de la vida, y sobre todo, allí les enseña a
conocerse a sí mismos, que es una de las más altas filosofías que se pueden
saber.
Desciende, pues, o hombre, con
el espíritu a esta casa, y ahi verás quién eres, de qué eres, en qué has de
parar, y en qué para la hermosura de la carne y de la gloria del mundo; y así
aprenderás a despreciar todo lo que el
mundo adora, por no saber mirarlo, pues no mira más que la cara de Jezabel, (3 Reg. 16; 2 Reg 9, 30.) que asoma por la
ventana muy compuesta, y no a los extremos miserables de ella, los cuales
después de comido el cuerpo, quiso Dios que quedasen enteros, para que por aquí
viésemos cuán otra cosa es el mundo de lo que
parece, y para que de tal manera le mirásemos a la cara, que también nos
acordásemos de los extremos dolorosos en que pára su gloria.
Lo segundo, aprovecha esta
consideración para apartarnos del pecado, según lo testifica el Eclesiástico, diciendo: (Eccl.
7, 40. Eccl. 12.)
Acuerdate de tus
postrimerías, y nunca jamás pecarás.
Gran cosa es no pecar, y gran remedio es para esto, acordarse el hombre que ha de morir. San Juan
Clímaco escribe de un monje que,
siendo gravemente tentado de la hermosura
de una mujer que él habia visto en el mundo, como viniese a saber que era
ya muerta, fuese a la sepultura donde estaba, y refregó un pañuelo en el cuerpo
hediondo de la difunta; y todas las
veces que el demonio le volvía a
combatir con aquel mal pensamiento, poníase aquel pañuelo a las narices, y
decía:
Cata aquí,
miserable, lo que amas, y cata aquí en
que paran los deleites y hermosuras del rnundo.
Gran
remedio era este para vencer el pecado; no es menor la profunda consideración
de la muerte, según aquello que dice San
Gregorio:
No hay
cosa que así mortifique los apetitos de esta carne perversa, como considerar
qué tal ha de estar ella misma despues de muerta.
El mismo
Santo cuenta de otro monje, que teniendo
ya la mesa puesta para comer, y dar un poco de refrigerio al cuerpo fatigado,
le sobrevino a deshora la memoria de la muerte, y como si este pensamiento
fuera un alguacil, de tal manera le atemorizó y sobresaltó que finalmente le
hizo dejar la comida. Mira cuánto puede en el corazón del justo la memoria de
esta cuenta, pues le hace abstener de una obra tan lícita y necesaria para
conservar la vida.
Verdaderamente
una de las cosas rnás espantosas que hay en el mundo, es saber los hombres tan de
cierto la cuenta que en esta hora se les ha de pedir, y tener tanta facilidad
en pecar. Si un caminante que no
lleva más que un solo maravedí en la bolsa, entrase en una venta y, sentado a la mesa pidiese al ventero perdices, gallinas y
capones, finalmente, todo cuanto hay en la posada, y cenase muy a su placer, sin acordarse que había de haber hora de
cuenta, ¿quién no tendría a este por
burlador o por loco?
Pues ¿qué
mayor locura que la de aquellos que tan desenfrenadamente se derraman por todos
los vicios, duermen tan a sabor en ellos, sin acordarse que de ahí a poco
espacio, al salir de la posada, se les ha de pedir tan estrecha cuenta de toda
aquella soltura?
Por esto
es de creer que el demonio trabaja cuanto puede por hacernos perder esta
memoria, porque sabe él muy bien cuánto ganaríamos con ella. Porque de otra
manera, ¿cómo sería posible olvidarse
los hombres de una cosa tan terrible y tan espantosa, y que de tan cierto saben
que ha de venir por sus casas? Un recelo
de una pérdida muy pequeña de hacienda o de
otra cosa semejante nos trae muchas veces desvelados, y nos hace perder el
sueño y la salud; pues ¿cómo no hace esto la memoria de la muerte, que, así
para el cuerpo como para el alma, es la cosa más horrible de cuantas nos pueden
venir? Por grandísima maravilla tengo que estando los hombres tan cuidadosos en
cosas de paja, vivan tan descuidados en lo que tanto va.
Lo
tercero, aprovecha esta consideración, no sólo para bien vivir, como está
dicho, sino a más de esto para bien morir. Grande ayuda es el apercibimiento
para las cosas árduas y dificultosas; un tan grande salto, como es el de la
muerte, que llega desde esta vida a la otra, no se puede bien saltar, si no se
toma muy de atrás y de muy lejos la corrida. Ninguna cosa grande se hace bien a
la primera vez; y pues tan grande cosa es el morir, tan necesario el bien
morir, muramos muchas veces en la vida, para que acertemos a morir bien aquella
vez en la muerte.
La gente
que ha de pelear tiene primero sus estudios y ejercicios, con los cuales
aprende en tiempo de paz lo que ha de
hacer en tiempo de guerra. El caballo que ha de pasar la carrera, primero la
pasa y anda toda, y reconoce los pasos de ella, por no hallarse torpe al tiempo
de la corrida. Y pues a todos nos es forzoso, (Psalm. 88.) pasar por esta
carrera, pues no hay hombre que viva que no haya de ver la muerte, y el camino
es tan obscuro y tan fragoso, como todos sabemos, y el peligro tan grande, que
el que cayere ha de ir a dar consigo en el profundo del infierno, bien será que paseemos ahora por él y miremos todos
los pasos que haya, uno por uno, porque en todos ellos hay
mucho que considerar.
Y no nos contentemos con mirar solamente lo que pasa por defuera al derredor de la cama
del doliente, sino mucho más debemos trabajar
por entender lo que pasa dentro de su corazón.
En lengua alemana – Deutscher Text
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