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Fray Luis de Granada |
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18B3M10A |
Meditaciones para el miércoles en la noche. De cómo es incierta
la hora de la muerte |
Valencia 1851. |
Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado
Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 159-164.
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.
Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda
edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.
Meditaciones para el miércoles en la noche.
Tratado de la consideración de la muerte
donde se trata más extenso la meditación pasada.
Capítulo décimo.
Párrafo primero.
De cómo es incierta la hora
de la muerte, y de la pena que da el apartamiento de todas las cosas que viven
con ella
Comenzando pues ahora desde el principio de esta batalla, mira cómo la
muerte, cuando haya de venir, vendrá
cuando más seguro estés y menos pienses en su venida, como suele acaecer a
muchos. El día del Señor, dice el Apóstol, vendrá como ladrón, el cual aguarda siempre a
venir, cuando los hombres están más descuidados y seguros, para hacer mejor su asalto. Pues así suele las más veces
acontecer, que al tiempo que el hombre menos piensa que ha de morir, y más olvidado está de este paso, echando sus cuentas adelante, y proponiendo
negocios de muchos días y años, súbitamente viene la muerte, y corta el hilo de
todas estas esperanzas y devanéos, dejando burlados todos los pensamientos
humanos. De esta manera viene a cumplirse lo que dijo aquel santo Rey: (Isaiae, 38, 12.)
Fue cortada mi vida así como la tela,
que el tejedor corta antes de tiernpo: apenas estaba comenzada a tejer, al
misrno tiempo que se urdía, se cortó.
El primer golpe con que suele herir la muerte es el temor de morir. Fuerte cosa es ésta
para él que ama la vida. Duele tanto esta palabra que muchas veces la disimulan
los amigos de la carne, aunque sea con perjuicio del alma miserable. Esforzado
ánimo tenía el Rey Saúl; (1. Reg.
28.) mas después que se le apareció aquella sombra de Samuel, y le dijo como
había de morir en la batalla, y al cabo añadió diciendo:
Mañana tu y tus hijos os vereis acá conmigo.
Fue tan grande el temor y espanto que recibió, que al
momento perdió todo el esfuerzo, y cayó en tierra como muerto. Pues ¿qué
sentirá el amador de esta vida cuando le den a él semejante nueva?
Allí luego se le representará el apartamiento y destierro
perpétuo de este mundo y de todo cuanto hay en él. Allí verá el hombre cómo ya
es llegada su hora y cómo amaneció aquel día por su casa, en que se ha de
apartar de todo lo que amaba en esta vida. El
cuerpo morirá una vez, mas el corazón morirá tantas
veces, cuantos amores de cosas piense perder, pues entre todas ellas pondrá
la muerte cuchillo de división.
Tanto más suele doler la muela al tiempo de sacarla,
cuanto más agarrada estaba en las encías. Pues como el corazón del malo está tan arraigado en el amor de las cosas de
esta vida, no puede dejar de sentir muy grave dolor, cuando vea que es llegada
ya la hora, en que se ha de apartar de cada una de ellas. Entonces las cosas
más amadas hieren más agudamente el corazón, y
lo que suele ser consuelo de los trabajos, en aquella hora es verdugo más
cruel.
Cuenta San Agustín
que al tiempo que deliberaba apartarse del mundo y de todos sus deleites, le parecía que todos ellos se le
ponían delante y le decían:
¿Cómo, y para siempre nos has de dejar? ¿y nunca más nos has de ver?
Pues mira tú, qué sentirá un corazón de carne cuando las cosas, que más ama se le pongan en
aquella hora delante, y se vea despojar de todas, de tal manera que le sea
forzoso decir:
Ya no habrá más mundo para mí, ni más aire, ni sol, ni cielo, ni más
hijos, ni mujer, ni regalos. Del todo quedo desnudo, del todo me ha de despojar
ahora la muerte. Llegada es ya mi vez, cumplido es el número de mis días: ahora
moriré a todas las cosas y todas ellas a mí. ¡O mundo! quedaos con Dios. Heredades y hacienda mía, quedaos,
adios. Amigos y mujer, e hijos míos, quedaos, adios, que ya en carne mortal no
nos veremos más.
Otro apartamiento hay aún más tenebroso después de este,
que es del alma y del cuerpo, compañía tan antigua y tan amada. De todas las
cosas había despojado el demonio al santo
Job, (Job 2, 4.) sino era de la vida, y parecíale, que en comparación de
este despojo, todos los otros eran livianos; y así dijo, piel por piel, y todo
lo que el hombre posee, dará por la vida.
Esta es la cosa que naturalmente más se ama, y cuyo apartamiento más se siente. Si el apartarse un
caminante de otro, cuando han viajado un poco de tiempo juntos, causa tristeza y soledad, ¿qué será el apartarse dos tan grandes amigos y
compañeros como son el alma y el cuerpo, que
juntos han caminado desde el vientre de la madre,
hasta aquella hora, y que con tan grandes beneficios se tienen obligados uno a
otro?
· ¿qué será cuando el
espíritu diga a la carne: sin tí me tengo de ver solo?
· Y la carne diga al
espiritu: pues ¿qué tal quedaré yo sin tí, que
todo el ser que tenía lo recibía de
tí?