ETIKA E

Fray Luis de Granada
Meditaciones y oraciones

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23-1-2010

18B3M10C

Meditaciones para el miércoles en la noche. De como al morir se conocen los yerros y ceguedades de la vida pasada, y del temor de la cuenta

Valencia 1851.

Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 171-179.
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.

Meditaciones para el miércoles en la noche.

Tratado de la consideración de la muerte
donde se trata más extenso la meditación pasada.

Capítulo décimo.
Párrafo tercero.

De como al morir se conocen los yerros y ceguedades de la vida pasada, y del temor de la cuenta

Tras de esta congoja se sigue otra no menor, especialmente en aquellos que han vivido mal, que es venir a caer tarde en la cuenta de sus engaños y en los yerros de la vida pasada. iOh, cuán confusos se hallarán allí los malos, cuando les abra los ojos el dolor de la pena, los cuales había cerrado antes el sabor de la culpa! iQué claro verán entonces cuán falsos eran aquellos dioses a quienes servían , y cuán engañosos aquellos bienes tras que andaban, y cómo por el camino que pensaban hallar descanso, hallaron su perdición!

Fueron los criados del Rey de Siria a prender al profeta Eliséo, y como Dios los cegase a todos por la oración de aquel, después de ya ciegos díjoles el Profeta: (4 Reg. 6.)

“Andad acá conmigo y mostráos he lo que venís a buscar.”

Y dicho esto, llevólos en pos de sí hasta Samaria, y púsolos en la plaza de la ciudad, en medio de todos sus enemigos, e hizo otra vez oración, y dijo:

“Abre, Señor, los ojos de estos miserables, para que vean donde están.”

Dime pues: cuando estos abriesen los ojos y viesen donde habian venido a parar, creyendo que iban a hallar buen recaudo de lo que buscaban, ¡qué espantados quedarían y qué confusos! Pues, ¿qué cosa puede representar más al propio el discurso y los engaños de nuestra vida? Todos andamos en este mundo por el camino de nuestros apetitos y codicias: unos a buscar oro, otros honras, otros deleites, otros oficios y dignidades; y a cada uno le parece que va bien encaminado para alcanzar lo que desea; mas cuando la presencia de la muerte y el peligro de la cuenta descubre la vanidad de nuestras esperanzas, entonces vemos como nos hallamos alcanzados, conocemos claramente nuestro engaño y vemos que por el camino que pensábamos hallar descanso, hallamos nuestra perdición.

iO miserables de nosotros, qué ciegos andamos ahora, .y qué ojos tendremos entonces! iCuán diferentes serán allí los juicios, y cuán otros los pareceres!

·       Allí veremos cuán miserable cosa sea todo lo que hay en este mundo, cuán falsos sus bienes, cuán desvariados sus caminos, cuán mentirosas sus promesas, cuán amargos sus placeres y cuán breve su gloria.

·       Alli conoceremos, aunque tarde, como sus riquezas eran espinas y sus deleites ponzoña; y, finalmente, como cerrados los ojos, sin saber a donde ibamos, al cabo de la jornada nos hallamos en la plaza de Samária y en la tela del juicio divino, cercados de todos nuestros enemigos.

Pues, ¿cuán confusos se hallarán los malos en aquella hora y cuán burlados? ¿Cuán de veras podrá cada uno decir allí:

Miserable de mí, qué provecho me traen ahora todos mis placeres pasados, si no tener indignado contra mí para esta hora al Juez que me ha de sentenciar? iYa los placeres se acabaron, y no queda de ellos ni reliquia, ni memoria para alegrarme, no más, como si nunca fueran; por otra parte quedan espinas que atraviesan mi corazón, hacen mi causa dudosa, y atormentan ahora mi alma, y por ventura para siempre la atormentarán! ¿Éste es el fruto que he cogido de mis deleites? ¿ésta es la dentera que me causan ahora mis golosinas pasadas? Los deleites ya dejaron de ser, fuéronse y nunca más volverán; y por ventura, por deleites que duraron un punto, se me prepara eterno tormento.

Pues ¿qué ceguedad pudo ser mayor? ¿cuánto mejor me fuera nunca haber nacido que haber ofendido a quien para esta hora tanto había menester? ¿cuánto mejor fuera que la tierra se abriera y me tragára antes que pensára en ofenderle?

¡O día desdichado! ¡o hora malaventurada en que yo, Señor, te ofendí! ¿cómo no miré por esta hora? ¿cómo no me acordé de este juicio? ¿cómo se cegaron mis ojos con tan pequeño resplandor? ¿éste es el camino que yo tenía por acertado? ¿en esto paran las honras del mundo? ¿tan poco vale para esta hora todo lo que en él se estima?

De esta congoja se sigue otra no menor, que es el temor de la cuenta que se nos ha de pedir. Este es uno de los mayores trabajos que allí se pasan: porque además de ser cosa tan temerosa entrar en juicio con Dios, acrecientan los mismos demonios este temor en aquella hora, los cuales antes le deshacían con la esperanza de la misericordia divina.

Allí traen a la memoria la grandeza de los juicios de Dios y de su justicia, la cual muestran ser tan grande, que a su mismo Hijo no perdonó por los pecados ajenos: (Luc. 23.)

Pues si esto se hace en el madero verde, en el seco, dicen, ¿qué se hará?

Allí pues comenzael malo a temblar, y decir entre sí:

Miserable de , si es verdad lo que la Escritura clama, que Dios ha de dar a cada uno según sus obras: yo que tan malas obras tengo hechas, ¿qué espero recibir? Si el Evangelio dice, que conforme al fruto que diere el árbol, será juzgado, quien tan malos frutos tiene dados como yo, ¿qué juicio puede esperar? Si el Profeta dice, (Psalm. 23.) que no subirá al monte de Dios, sino el que tuviese las manos inocentes y el corazón limpio, yo que tan malas manos he tenido y tan sucio el corazón, ¿a dónde ire? Si el Sabio dice, (Prov. 28, 9.) que él que cierra sus orejas por no oír la ley, clamará y no sedo, ¿qué espera quien tan cerradas las ha tenido para Dios y tan abiertas para las mentiras del mundo?

Pues ¡o Dios mio! ¿con qué cara pareceré ahora delante de tí, y te pediré que me oigas, pues tú tantas veces llamaste a la mía, y te di con las puertas en la cara? ¿cómo te hallaré yo ahora al tiempo de necesitarte, pues tú tantas veces me buscaste y no me hallaste? ¿con qué título te pediré al cabo de la jornada, que me des el cielo, habiendo empleado toda la vida en servicio de tu enemigo? O cuán justamente me podrás, Sor, allí decir:

Al mundo y demonio serviste; vé a esos que te den el galardón.

De esta manera respondió el profeta Eliseo al Rey Acab (Joram), el cual habiendo empleado toda la vida al servicio y culto de los ídolos, en el tiempo de la necesidad acogióse al siervo de Dios para que le diese remedio, al cual el santo Profeta le respondió:

¿Qué tienes tú que ver conmigo, Rey Acab (Joram)? Corre, vé a los profetas de tu padre y madre a quienes has seguido, y pídeles que te den ahora remedio. ¡O cuántos imitamos a este mal Rey en vida y en muerte! En la vida servimos al mundo y en la muerte llamamos a Dios. Pues, ¿qué respuesta esperamos en aquella hora, si no lo que tiene él ya respondido en semejante causa? ¿Qué tienes tú que ver conmigo, pues nunca me seguiste? corre y vé a los consejeros que creiste, y a los ídolos a quienes amaste, serviste y adoraste, y diles que te den el pago de tu servicio.

Cuando clamares, dice Dios por Isaías, vengan a socorrerte tus valedores, los cuales soplará el·viento, y se los llevará el aire a todos.

Aquí comienza el hombre a desear espacio de penitencia, y parecerle, si se lo diesen, que no se contentaría con cualquier penitencia, sino que haría la más áspera vida del mundo; y como ve que no se le dan, y se acuerda del tiempo y de los avisos que antes tuvo para esto, y como los dejó pasar en vano, duélese en gran manera de esta pérdida, y conoce que tal castigo merece quien tan mal cobro puso en lo que tenía.

¡Oh, a cuántos de nosotros acontece este mismo engaño! que gastamos el tiempo que Dios nos da en vanidades y burlerías, y después viene a faltarnos, cuando más era menester: y así nos sucede como a los pagecillos o mozos de palacio, que les dan una vela para acostarse, y ellos stanla para jugar toda la noche, viniendo a acostarse a oscuras.

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