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ETIKA E |
Fray Luis de Granada |
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18B3M10D |
Meditaciones para el miércoles en la noche. De la extrema-unción, y
agonía de la muerte |
Valencia 1851. |
Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado
Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 179-184.
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.
Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda
edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.
Meditaciones para el miércoles en la noche.
Tratado de la consideración de la muerte
donde se trata más extenso la meditación pasada.
Capítulo décimo.
De la
extrema-unción, y agonía de la muerte
Llegada ya
la enfermedad a lo postrero, comienza la Iglesia a ayudar a sus hijos con
oraciones y Sacramentos, y con todo lo que
puede; y porque la necesidad es tan grande, pues en aquel punto se ha de determinar lo que
para siempre ha de ser, dase prisa a llamar a todos los Santos, para que
todos le ayuden en tan gran peligro. ¿Qué otra cosa es aquella letanía que allí
se manda rezar sobre el que muere, sino que la Iglesia, como piadosa madre,
congojada por el peligro de su hijo, llama a todas las puertas del cielo, y da
voces a todos los Santos, para echarlos por rogadores ante el acatamiento
divino por la salud de aquel necesitado?
Luego el sacerdote unge todos
los sentidos y miembros del doliente con aquel sagrado oleo, pidiendo a Dios le
perdone todo lo que pecó con cualquiera de ellos. Así ungiendo los ojos, dice:
Por esta unción, y por su
divina misericordia, te perdone Dios todo lo que
pecaste con la vista;
y de esta manera unge todos los
demás. Pues si el pecador miserable ha sido suelto de la vista o de la lengua,
o de alguno de los otros sentidos, y se le representan en aquella hora todas
estas solturas pasadas, y ve el poco fruto que le queda, y el aprieto en que se
ve por ellas, ¿cómo podrá dejar de
sentir entrañable dolor? ¿qué diera por nunca haber alzado los ojos del suelo,
ni haber abierto la boca para hablar palabra mala?
Tras de esto llega la agonía de la muerte, que es la mayor de las batallas de la vida,
cuando ya encienden la candela y comienzan a prevenir (aparejar) el hábito o la
mortaja: y dicen al doliente, que es llegada ya la hora de la partida, que
trate de encomendarse a Dios y a su bendita Madre, que suele socorrer en
aquella hora a los que la llaman cuando ya comienzan a sonar en los oídos del
enfermo los gritos y gemidos de la
pobre mujer que presiente los daños de la nueva viudez y soledad: cuando ya
comienza a despedirse el alma de las carnes, y a este tiempo, cada uno de los
miembros hace sentimiento por su salida: entonces es cuando está ella
batallando y agonizando, no tanto por la salida, cuanto por la hora de la
cuenta, que se le va acercando. Aquí es el temer y temblar, aun de los más
esforzados.
Estando en este paso el
bienaventurado Hilarión, comenzó a
temblar y rehusar la salida, y el santo varón esforzábase, diciendo:
Sal fuera, alma, sal fuera: ¿de
qué temes? setenta años ha que sirves a Cristo, ¿y aún temes la muerte?
Pues si temía esta salida quien
tantos años había servido a Cristo, ¿qué hará quien
por ventura hace otros tantos le ofende? ¿a dónde irá? ¿a quién llamará? ¿qué consejo
tomará? ¡O si pudiesen los hombres entender hasta donde llega esta perplejidad
y congoja!
Ruégote imagines ahora, qué tal
estaría el corazón del patriarca Isaac,
cuando su padre le tenía sobre la leña (Genes. 22.) atado de pies y manos para sacrificarle. Encima de sí veía relucir
el cuchillo del padre: debajo de sí veía arder la llama del fuego: los mozos
que le pudieran socorrer habíanse quedado a la subida dei monte; él estaba atado
de pies y manos para no poder huir, ni defenderse: pues, ¿qué tal estaría entonces
el corazón de este santo mozo, cuando así se viese?
Pues mucho más apretada estará el alma del malo en esta
hora, porque a ninguna parte volverá los ojos, que no vea causas de turbación y
de temor.
Si mira hácia arriba, ve la espada de la divina justicia, que le
está amenazando; si mira hácia abajo ve la sepultura
abierta, que le está esperando; si mira dentro de sí, ve la conciencia, que le está remordiendo;
si mira alrededor, barrunta que están allí los
ángeles y los demonios aguardando, y esperando cada una de las partes a
quien ha de caber la presa.
Si vuelve los ojos hácia atrás,
ve como ya los criados, los parientes y los bienes de esta vida, que se quedan
acá, no son parte para socorrerle; pues él solo sale de esta vida, y todo lo
demás se queda en ella. Finalmente, si despues de todo esto vuelve los ojos hácia
dentro, y mira a sí mismo, espántase de verse, y si posible fuese, querría huir de sí.
· Salir del cuerpo,
le es intolerable; quedarse en él, es imposible; dilatar la salida, no le es
concedido.
· Lo pasado le
parecerá un soplo, y lo venidero como ello es, parece infinito.
Pues ¿qué hará el miserable,
cercado de tantas angustias? ¡O locura y ceguedad de los hijos de Adán, que
para tal trance no se quieren con tiempo prevenir!
En lengua alemana – Deutscher
Text - Index E18B - Index espanol