|
ETIKA E |
Fray Luis de Granada |
www.etika.com |
|
18B3M10 E |
Meditaciones para el miércoles en la noche. De la fealdad del
cuerpo muerto, sepultura, y salida del alma |
Valencia 1851. |
Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado
Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 184-194.
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.
Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda
edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.
Meditaciones para el miércoles en la noche.
Tratado de la consideración de la muerte
donde se trata más extenso la meditación pasada.
Capítulo décimo.
De la fealdad del cuerpo
muerto, sepultura, y salida del alma
Finalmente, acabada ya esta tan
larga contienda, arráncase el alma de las carnes, y sale de su·antigua morada,
quedando el cuerpo despojado de todo el bien que tenía: ahora consideremos,
cual sea la suerte que a cada una de estas dos partes ha de caber.
Primeramente considera, qué tal
queda el cuerpo, después que el alma se aparta de él. ¿Qué cosa más apreciada,
que el cuerpo de un Príncipe cuando vive? ¿y qué cosa más desestimada y más
vil, que el mismo cuerpo cuando muere? ¿dónde está aquella antigua majestad,
aquella gentileza, aquella autoridad, aquel temblar todos delante de él, y
aquel hablarle de rodillas y con tantas reverencias? ¿qué presto desaparece
toda aquella pompa, como si fuera una cosa soñada o un negocio de farsa, que se deshace en una hora?
Luego se previene la mortaja, que
es la más rica joya que se puede sacar de esta vida, con la que se hace pago al
más rico de los hombres en aquella hora. Por lo cual, con mucha razon dijo el
Profeta (Psalm. 38.)
“No temas, cuando el hombre
enriqueciere mucho, y vieres que se multiplica la gloria de su casa: porque
cuando muriere, no llevará consigo sus cosas ni descenderá con el su gloria.”
Luego abren un hoyo de siete u ocho pies en largo,
aunque sea para Alejandro Magno, que no cabía en el mundo; y con sólo esto se
da allí el cuerpo por contento. Allí se le da casa para siempre; allí toma
solar perpétuo en compañía de los otros
muertos; allí le salen a recibir los
gusanos, y finalmente lo depositan en una pobre sábana, cubierto el rostro
con un sudario, y atados los pies y manos, aunque en balde, porque bien seguro
está que no huirá de la cárcel.
Allí lo recibe la tierra en su
regazo, le dan paz los huesos de los finados, le abrazan los polvos de sus
antepasados, y le convida la mansión constituida para todo viviente. La
postrera honra que le puede hacer el mundo en aquella hora, es echarle encima una capa de tierra,
cobijarle muy bien con ella, para que no vean las gentes su hediondez y su
deshonra: y el grande beneficio que le puede allí hacer el mayor de sus amigos,
es honrarle con un puñado de tierra. Por esto los fieles suelen usar de esta
ceremonia con los difuntos, porque Dios depare quien haga otro tanto con ellos.
¿Qué mayor confesión se puede tomar de nuestra miseria que ver aquí los hombres
prevenirse con tiempo, para no carecer de un tan pequeño beneficio? ¡O avaricia
de vivos y pobreza de muertos, cómo desea tanto para tan breve vida, quien con
tan poco espera contentarse en aquella hora!
Luego el enterrador toma la azada y pisón, y comienza a trastornar huesos sobre huesos, y echar encima la
tierra: de manera, que el más lindo rostro del mundo, y más guardado del sol y
aire, andará allí debajo del pisón del rústico sepulturero, que no guardará
atención de darle con él en la frente, quebrarle los cascos, y sumirle ojos y narices, porque quede bien aplastado en
la tierra.
Y sobre el otro gentil-hombre,
que cuando vivía no le había de tocar el aire, ni caer un pelito en la ropa,
sin que luego anduviese el cepillo por encima, le echarán aquí un muladar de basura. Y el otro que andaba
lleno de ámbar y olores, se verá aquí cubierto de hediondez y de gusanos. Este
es pues el paradero de las galas y de toda la gloria del mundo.
De esta manera le dejarán
aposentado sus amigos en aquella casa tan estrecha, en aquella tierra de olvido
y en aquella cárcel tenebrosa, en la cual quedará acompañado de perpétua
soledad.
O mundo! ¿y qué es tu gloria?
Riquezas, ¿qué es de vuestro poder? Amigos, ¿dónde me habéis dejado? ¿Cómo
desapareció tan presto una tan antigua compañía? ¿Cómo se deshizo tan presto la
rueda de la tan grande felicidad?
Los que vieron a la Reina Jezabel, por justos juicios de
Dios, comida de perros, y que no
quedó otra cosa más de toda aquella su hermosura que la calavera (4. Reg. 9.) y los extremos de los pies y manos; cómo la
habían conocido antes en tanta gloria, y entonces la veían en tal figura,
maravillados de tan gran mudanza, preguntaban: ¿Esta es aquella Jezabel? Todos
cuantos pasaban por aquel camino, y la miraban en aquella situación en que
estaba, repetían la misma exclamación, diciendo: ¿Esta es aquella Jezabel?
¿Esta es aquella gran Reina y señora de Israel? ¿Esta es aquella tan poderosa,
que se enseñoreaba de las haciendas de sus vasallos con la sangre de sus
dueños? ¿A tan baja suerte
puede traer la muerte a los poderosos?
Pues desciende tu ahora, hermano,
con el espíritu a la sepultura de los Príncipes y grandes señores que habrás oído
o conocido en este mundo;·mira aquella tan horrible y disforme figura que allí
se muestra, y verás cómo tienes razón para exclamar con las mismas palabras, y
decir: ¿Esta es aquella Jezabel? ¿Esta es aquella cara que yo conocí tan viva? ¿Estos
aquellos ojos claros? ¿Esta aquella lengua tan ligera? ¿Este aquel cuerpo tan
pulido? ¿En esto paran los cetros y las coronas? ¿Este es el fin de la gloria
del mundo?
¡O cuántas veces, dice un
sabio, me acaece entrar en los sepulcros
de algunos muertos! y maravillado y atónito de lo que veo, pongo los ojos en
aquella figura, meneo los huesos, junto las manos, concierto los labios, y me ponga
a decir entre mí:
¡mira aquellos pies, cuántos
caminos anduvieron! ¡aquellas manos, cuánto apañaron y guardaronl ¡aquellos
ojos, cuántas vanidades miraron! ¡para
aquella boca, cuántas golosinas se guisaron! ¡aquellos huesos de la cabeza, cuántas
torres de viento fabricaron! ¡por el deleite de aquellos polvos y pellejos tan
sucios, cuántos pecados se hicieron, por los cuales el alma de este cuerpo por
ventura estará ahora penando para siempre!
Salgo despues de aquel lugar atónito,
y encontrando con algunos hombres, pongo los ojos en ellos, y miro que estos tambien,
y yo con elllos, nos hemos de ver presto de aquella manera y en aquella misma
vileza. Pues, ¡o miserable de mí! ¿para qué son las riquezas, si aquí me tengo
de ver tan desnudo? ¿para qué las galas y atavíos, pues aquí me tengo de ver
tan feo? ¿para qué los deleites y comidas, pues aquí tengo que ser manjar de
gusanos?
Ahora dejemos el cuerpo en el
sepulcro, y veamos el camino que lleva el alma por aquel nuevo mundo, que es como
otro emisferio, donde hay cielo nuevo, tierra nueva, otra suerte de vida, y otro
modo de entender y conocer. Salida pues de la carne, entra en esta nueva región,
por donde jamás anduvieron los vicios, llena de espanto y de sombras de muerte.
Pues ¿qué hará aquí el nuevo peregrino en tierra tan extraña, si no tiene
merecida para este tiempo la guarda y la defensión angélica?
¡O ánima mia! dice San Bernardo, ¿cual será aquel día,
cuando sola entrarás en aquella región no conocida, donde te saldrán al camino
aquellos mónstruos tan temerosos y tan terribles? ¿quién volverá por tí? ¿quién
te defenderá? ¿quién te librará de aquellos leones, que rabian de hambre, y están
preparados para tragar?
Temeroso es por cierto este
camino, mas lo es mucho más el juicio que allí
se ha de celebrar. ¿Quién podrá declarar cuán estrecha sea la tela de
este juicio, cuán recto el Juez, qué solicitos los acusadores, cuán pocos los
padrinos, cuán menuda la cuenta, y cuán largo el proceso de nuestra vida?
Pues si el justo, como dice San
Pedro, apenas se salvará, el
pecador y malo ¿dónde parará? y es cosa muy para notar, que en esta tan grande
necesidad, donde parece que las cosas que más amamos y por quienes más hicimos,
nos habían de ayudar, no solamente no nos ayudarán, sino antes ellas serán las
que más allí nos apretarán.
La cosa que más amaba y
apreciaba aquel hermoso Absalón eran
sus cabellos; (2 Reg. 14 et 18.) y estos mismos, ordenó Dios, por justo juicio,
que le causasen la muerte. Este mismo juicio se prepara a los malos en aquella hora,
que las cosas que más amaron en esta vida, y por quienes más ofendieron a Dios,
esas vengan entonces a hacer su pleito más dudoso, y darles mayor tormento. Allí
los hijos, que por fas y por nefas procuraron enriquecer; allí la mala mujer, por cuyo amor quebrantaron
la ley de Dios; allí la hacienda, la honra, los deleites, que fueron nuestros ídolos,
(Isai. 60.), se harán nuestros
verdugos y nos atormentarán más crudamente; allí hará Dios su juicio en todos los dioses de Egipto, ordenando
que aquellas mismas cosas en que nosotros teníamos puesta nuestra gloria, esas
vengan allí a ser causa de nuestra perdición.
Pues el golpe de
aquella sentencia divina, si es conforme a nuestras culpas, ¿quién lo podrá esperar?
Decía uno de aquellos padres del yermo, que de tres cosas vivía siempre con grande temor:
1.
la primera cuando había su alma de salir de
las carnes;
2.
la segunda, cuando había de ser presentada
ante el juicio de Dios,
3.
y la tercera, cuando había de ser pronunciada
la sentencia de su causa.
Pues ¿qué será
sobre todo esto, si al cabo se da por sentencia, que sea siempre condenado? ¿qué
angustias serán aquellas para tí? ¿y qué día
de fiesta para tus enemigos? ¿cómo se cumplirán entonces aquellas palabras
del Profeta, que dicen:
“Abrieron su boca sobre tí tus
enemigos; y silbaron y regañaron con sus dientes, y dijeron: tragarémosle; este
el el día que esperábamos: (Psalm. 12.) hallámoslo,
vímoslo.”
Mas tú, o buen Jesús, alumbra
los ojos de mi alma, para que no duerma yo en la muerte, y para que nunca diga
mi enemigo: He prevalecido contra el alma.
En lengua alemana – Deutscher
Text - Index E18B - Index espanol