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Fray Luis de Granada
Meditaciones y oraciones

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2-4-2010

18B3M12D

Meditaciones para el jueves en la noche. Tratado de la consideración del juicio final.

Valencia 1851

Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 228-242.
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.

Meditaciones para el jueves en la noche.

Tratado de la consideración del juicio final
donde se trata más extenso la meditación pasada.

Capítulo doce.

Párrafo cuarto.

De la venida del Juez, suerte del juicio, y de los testigos y acusadores.

Estando ya todos resucitados y juntos en un lugar, esperando la venida del Juez, descenderá de lo alto aquel, a quien Dios constituyó por juez de vivos y rnuertos: (Act. 10. Luc. 11. Matth. 25.) y así como en la primera venida, vino con grandísima humildad y mansedumbre, convidando a los hombres con la paz, y llamándolos a penitencia, en la segunda vendrá con grandísima majestad y gloria, acompañado de todos los poderes y principados del cielo, amenazando con el furor de su ira a los que no quisieron usar de la blandura de su misericordia.

Aquí será tan grande el temor y espanto de los malos, que como dice Isaías, andarán a buscar las aberturas de las piedras y las concavidades de las peñas para esconderse en ellas, por la grandeza del temor del Señor y por la gloria de su majestad, cuando venga a juzgar la tierra.

Finalmente, será tan grande este temor, que, como dice San Juan, (Apocalypsis, 30.) los cielos y la tierra huyeron de la presencia del Juez, y no hallaron lugar donde esconderse.

Pues ¿por qué huís, cielos? ¿qué habéis hecho? ¿por qué teméis? Y si por cielos se entienden aquellos soberanos espíritus que moran en los cielos, vosotros bienaventurados espíritus, que fuisteis criados y confirmados en gracia, ¿por qué huís? ¿qué habéis hecho? ¿por qué teméis? No temen cierto su peligro, sino temen por ver en el Juez una tan grande majestad y saña, que bastará para poner en espanto y admiración a todos los cielos.

Cuando el mar anda bravo, todavía tiene su espanto y admiración el que está seguro a la orilla; y cuando el padre anda hecho un león por casa castigando al esclavo, todavía teme el hijo inocente, aunque sabe no es contra él aquel enojo. Pues ¿qué harán entonces los malos, cuando los justos así temerán? Si los cielos huyen, ¿qué hará la tierra? Y si aquellos que son todo espíritu tiemblan, ¿qué harán los que fueron del todo carne? Y si, como dice el Profeta, (Isaí. 6.) los montes en aquel día se derretirán delante la cara de Dios, ¿cómo nuestros corazones son más duros que las peñas, pues aun con esto no se mueven?

Delante del Juez vendrá el estandarte real de la cruz, para que sea testigo del remedio que Dios envió al mundo, y de como el mundo no lo quiso recibir. Y así la santa cruz justificará allí la causa de Dios, y a los malos dejará sin consuelo y sin excusa. Entonces, dice el Salvador, llorarán y plañirán todas las gentes de la tierra, y todas ellas se herirán y darán golpes en los pechos. ¡O cuántas razones allí tendrán que llorar y plañir! Llorarán, porque ya no pueden hacer penitencia, ni huir de la justicia, ni apelar de la sentencia. Llorarán las culpas pasadas, la vergüenza presente y los tormentos venideros. Llorarán su mala suerte, su desastrado nacimiento y su malaventurado fin. Por estas y por otras muchas causas llorarán y plañirán, y como atajados por todas partes, y pobres de consejo y remedio, darán golpes, y herirán, como dice el Evangelista, sus pechos. (Matth. 25.)

Entonces el Juez hará división entre malos y buenos, y pondrá los cabritos a la mano siniestra y las ovejas a la diestra. ¿Quiénes serán estos tan dichosos, que tal lugar y honra como esta recibirán? Atribúlame, Señor, aquí; aquí mata, aquí corta, abrasa, porque allí me pongas en tu mano derecha.

Luego comenzará a celebrarse el juicio, y tratarse de las causas de cada uno, según lo escribe el Profeta Daniel por estas palabras: (Dan. 7. Apoc. 5.)

“Estaba yo, dice él, atento, y ví poner unas sillas en sus lugares, y un anciano de días se sentó en una de ellas, el cual estaba vestido de una vestidura blanca como la nieve, y sus cabellos eran también blancos, así como una lana limpia. El trono en que estaba sentado, eran llamas de fuego, y las ruedas de él como fuego encendido, y un rio de fuego muy arrebatado salía de la cara de él. Millares de millares atendían en servirle, y diez veces cien mil millares asistían delante de él. Miraba yo todo esto en aquella visión de la noche; y ví venir en las nubes uno, que parecía hijo del hombre.”

Hasta aquí son palabras de Daniél, a las cuales añade San Juan, y dice:

“Y ví todos los muertos, así grandes como pequeños, estar delante de este trono, y fueron abiertos allí los libros, y otro libro se abrió que es el libro de la vida, y fueron juzgados los muertos, según lo contenido en aquellos libros y según sus obras.”

Mirad aquí, hermanos, el arancel por donde habéis de ser juzgados: mirad aquí las tasas y precios por donde se ha de apreciar todo lo que hicisteis, y no por el juicio loco del mundo que tiene el peso falso de Canaán en la mano, donde tan poco pesan la virtud y el vicio. En estos libros se escribe toda nuestra vida con tanto recaudo, que aún no se ha echado la palabra por la boca, cuando ya está apuntada y sentada en su registro.

Mas ¿de qué cosas, si piensas, se nos ha de pedir cuenta? Todos los pasos de mi vida tienes, Señor, contados, dice Job: no ha de haber ni una palabra ociosa, ni un solo pensamiento, de que no se haya de pedir cuenta en aquel juicio; y no sólo de lo que pensamos o hicimos, sino también de lo que dejamos de hacer, cuando éramos obligados.

Si dijeres: Señor, yo no juré, dirá el Juez: juró tu hija o tu criado, a quien tu debieras castigar; y no solo de las obras malas, sino también de las buenas daremos cuenta, con qué intención y de qué manera las hicimos.

Finalmente, como dice San Gregorio, de todos los puntos y momentos de nuestra vida se nos ha de pedir cuenta, en qué y cómo los gastamos. Pues si esto ha de pasar así, ¿de dónde nace, en los que esto creemos, tanta seguridad y descuido? ¿en qué confiamos? ¿con qué nos satisfacemos y lisonjeamos en medio de tantos peligros? ¿en qué va esto, que los que más tienen por qué temer, menos temen; y los que menos tenían por qué temer, vivían con mayor temor?

Justo era el bienaventurado Job, pues por tal fue pronunciado por boca de Dios; (Job, 1.)  y con todo esto vivía con gran temor, y decía:

Qué haré cuando se levantáre Dios a juzgar? Y cuando comience a preguntarme, ¿qué le responderé?

Palabras son estas de corazón grandemente afligido y congojado. Qué haré?, dice, como si dijese: un cuidado me fatiga contínuamente, un clavo traigo hincado en el corazón, que no me deja reposar. ¿qué haré? ¿a dónde iré? ¿qué responderé cuando entre Dios en juicio conmigo?

¿Por qué temes, bienaventurado Santo? ¿por qué te congojas? ¿no eres tú el que dijiste: Padre era yo de pobres, ojo de ciegos y pies de cojos? ¿No eres tú el que dijiste: (Job, 27.) que en toda tu vida tu corazón no te reprendió de cosa mala? Pues un hombre de tanta inocencia, ¿por qué teme? Porque sabía muy bien este Santo que no tenía Dios ojos de carne, ni juzgaba como juzgan los hombres, en cuyos ojos muchas veces resplandece lo que ante Dios es abominable. (Luc. 19.)

¡O verdaderamente justo, que por esto eres justo, porque vives con tan gran temor!

Este temor, hermanos, condena nuestra falsa seguridad: esta voz deshace nuestras vanas confianzas. ¿A quién habrá alguna vez quitado la comida o el sueño este cuidado? Pues los que esto sienten, como se debe sentir, algunas veces llegan a perder el sueño y la comida, y algo más. En las vidas de los padres leemos, que como uno de aquellos santos varones viese una vez reír a un discípulo suyo, le respondió ásperamente, diciendo:

¿Cómo! Y habiendo de dar a Dios cuenta delante del cielo y de la tierra, te osas reír?

No le parecía a este santo que tenía licencia para reírse quien esperaba esta cuenta.

Pues acusadores y testigos tampoco faltarán en esta causa, porque testigos serán nuestras mismas conciencias, que clamarán contra nosotros; y testigos serán también todas las criaturas, de quienes mal usamos; y sobre todo será testigo el mismo Señor, a quien ofendimos, como él mismo lo testifica por un Profeta, diciendo: (Jerem. 19. Malaq. 3.)

“Yo seré testigo apresurado contra los hechiceros, adúlteros y perjuros; y contra los que andan buscando calumnias para quitar al jornalero su jornal, y contra los que maltratan a la viuda y al huérfano, y fatigan a los peregrinos y extranjeros (1851: estrangeros) que poco pueden; y no miraron que estaba yo de por medio, dice el Señor.”

Acusadores tampoco faltarán, y bastará por acusador el mismo demonio, (Apocalypsis, 13.) que como San Agustín escribe, alegará muy bien ante el Juez de su derecho, y decirle ha:

Justísimo Juez, no puedes dejar de sentenciar y dar por míos a estos traidores; pues ellos han sido siempre míos y en todo han hecho mi voluntad. Tuyos eran ellos, porque tú los criaste e hiciste a tu imágen y semejanza, y redimiste con tu sangre; mas ellos borraron tu imágen y se pusieron la mía; desecharon tu obediencia y abrazaron la mía; menospreciaron tus mandamientos, y guardaron los míos. Con mi espíritu han vivido, mis obras han imitado, por mis caminos han andado, y en todo han seguido mi partido. Mira cuanto han sido mas míos que tuyos, pues sin darles yo nada, ni prometerles nada, y sin haber puesto yo mis espaldas en la cruz por ellos, siempre han obedecido a mis mandamientos, y no a los tuyos. Si yo les mandaba jurar, perjurar, robar, matar, adulterar y renegar de tu santo nombre, todo esto hacían con grandísima facilidad. Si yo les mandaba poner hacienda, vida y alma por un punto de honra, que yo les encarecía, por un deleite falso a que yo les convidaba, todo lo ponían a riesgo por mí; y por tí que eres su Dios, su Criador y su Redentor, que les diste la hacienda, la salud y la vida; que les ofrecías la gracia y les prometías la gloria; y sobre todo, que por ellos padeciste en una cruz, con todo esto, nunca se pusieron al menor de los trabajos del mundo por tí. Cuantas veces te aconteció llegar a sus puertas, llagado, pobre y desnudo, y darte con ellas en la cara, teniendo más cuidado de engordar sus perros y caballos, y vestir sus paredes de seda y oro, que de tí. Y puesto esto es así, justo es que algun día sean castigadas las injurias y desprecios de tan grande Majestad.

Pues oída esta acusación, pronunciará el Juez contra los malos aquella terrible sentencia que dice:

Id, malditos, al fuego eterno, que está aparejado para Satanás y para sus ángeles; porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber, etc.

y así irán los buenos a la vida eterna, y los malos al fuego eterno. ¿Quién podrá explicar aquí lo que los malaventurados sentirán con estas palabras? Allí es donde darán voces a los montes, para que caigan sobre ellos, y a los collados que los cubran. Allí blasfemarán y renegarán y pondrán su boca sacrílega en Dios, y maldecirán siempre el día de su nacimiento y su malaventurada suerte. Allí del todo se acabará su día, fenecerá su gloria y se volverá la hoja de su prosperidad; y en los cuerpos comenzará para siempre el día de su dolor, como lo significó San Juan en su Apocalípsis, debajo del nombre de Babilonia, por estas palabras:

“Llorarán y harán llanto sobre sí los Reyes de la tierra que gozaron de los regalos y deleites de Babilonia, y fornicaron con ella; cuando vean el humo que sale de sus tormentos, y ponerse tan lejos, por el temor de ellos, y dirán: ¡ay, ay de aquella ciudad grande de Babilonia, que en una hora le vino su juicio! Y los mercaderes de la tierra llorarán porque ya no habrá quien compre más sus mercadurías de oro, plata y piedras preciosas, y harán llanto sobre ella, y dirán: ¡ay, ay de aquella ciudad grande, que se vestía de olanda, grana y carmesí; se cubría de oro y piedras preciosas, que en una hora perecieron tantas riquezas!

Pues, o hermanos míos, si esto ha de pasar así, proveámonos con tiempo, y tomemos el consejo que nos da aquel que primero quiso ser nuestro abogado que nuestro Juez. No hay quien mejor sepa lo que es necesario para aquel día, que el que ha de ser Juez de nuestra causa. El pues nos enseña brevemente lo que nos conviene hacer, por estas palabras:

“Mirad, dice El por San Lucas, no se carguen y opriman vuestros corazones con demasiadas comidas y bebidas, y con cuidados y negocios de esta vida, y os venga de repente aquel temeroso día; porque así, como lazo de cazador, ha de venir sobre todos los que moran en la haz de la tierra. Y por esto, velad y haced oración en todo tiempo, porque merezcáis ser librados de todos estos males, que han de venir y padecer delante del hijo del hombre.

Pues considerando esto, hermanos, venid y levantémonos de este sueño tan pesado, antes que caiga sobre nosotros la noche obscura de la muerte, antes que venga ese tan temeroso día, de quien dice el Profeta: (Malaq. 3,1-2) Ya viene; y ¿quién lo esperará? ¿y quién podrá sufrir el día de su venida? Aquel por cierto podrá esperar el día del juicio, que hubiere tomado la mano al Juez, y juzgado primero a sí mismo.

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