ETIKA E

Fray Luis de Granada
Meditaciones y oraciones

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6-6-2005

18B3M13

Las penas del infierno

Valencia 1851

 

Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 242 - 280
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.

 

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979. Páginas 140 - 162.

 

Meditaciones para el viernes por la noche

Capítulo trece.

Consideraciones de las penas del infierno.

 

1 . Este día, hecha la señal de la cruz con la preparación que se puso en el capítulo segundo, meditarás en las penas del infierno, para que con esta meditacion también, como en la pasada, se confirme más tu alma en el temor de Dios y aborrecimiento del pecado que allí dijimos.

 

2. Estas penas, dice San Buenaventura, que se deben imaginar debajo de algunas figuras y semejanzas corporales que los Santos nos enseñaron. Por lo cual será cosa conveniente imaginar el lugar del infierno, según él mismo dice, como un lugar obscuro y tenebroso puesto debajo de la tierra, y como un pozo profundísirno, lleno de fuego, o como una ciudad espantable y tenebrosa, que toda arde en vivas llamas, en la cual no suena otra cosa sino voces y gemidos de atormentados y atormentadores, con perpétuo llanto y crujir de dientes.

 

3. En este malaventurado lugar se padecen dos penas principales: la una que llaman de sentido, y la otra de daño. En cuanto a la primera, piensa como no habrá allí sentido ninguno, dentro ni fuera del hombre, que no esté penando con su propio tormento.

 

Porque asi como los malos ofendieron a Dios con todos sus miembros y sentidos, y de todos hicieron armas para servir al pecado, así ordenará él, de que todos sean allí atormentados, y cada uno de ellos padezca su propio tormento, y pague su merecido.

 

Allí pues los ojos deshonestos y carnales serán atormentados con la visión horrible de los demonios; los oidos con la confusión de las voces y gemidos que allí sonarán; las narices con el hedor  intolerable de aquel sucio lugar; el gusto con rabiosísimo hambre y sed; el tacto de todos los miembros del cuerpo con frío y fuego incomparable; la imaginación padecerá con la aprensión de los dolores presentes; la memoria, con la recordación de los placeres pasados; el entendimiento, con la consideración de los bienes perdidos y de los males venideros.

 

4 . Finalmente, allí  hallarán en uno todos los males y tormentos que se pueden pensar; porque como dice San Gregorio, allí habrá frío que no se podrá sufrir, fuego que no se podrá apagar, gusano inmortal, hedor intolerable, tinieblas palpables, azotes de atormentadores, visión de demonios, confusión de pecadores y desesperación de todos los bienes.

 

Pues dime ahora: si el menor de todos estos males,  que se padeciese acá por muy pequeño espacio de tiempo, sería tan duro de llevar, ¿qué será padecer allí en un mismo tiempo toda esta muchedumbre de males de todos los miembros y sentidos interiores y exteriores, y esto no por espacio de una noche sola, ni de mil, sino de una eternidad infinita? ¿qué sentido, qué palabras, qué juicio hay en el mundo, que pueda pensar ni encarecer esto como es?

 

5. Aun no es esta la mayor de las penas que allí se pasan; hay otra sin comparación mayor, que es la que llaman los teólogos pena de daño, la  cual es haber de carecer para siempre de la vista de Dios y de su gloriosa compañía. Aunque esta pena sea común a todos los condenados, pero mucho más grave será a aquellos que mayor prevención tuvieron para gozar de este bien, como son primeramente todos los cristianos, a quienes se predicó el Evangelio; y después, todos los malos religiosos y sacerdotes, los cuales, asi como tuvieron más a la mano este bien, así se angustiarán más por haberle perdido.

 

6. Estas son las penas que generalmente competen a todos los condenados. Mas allende de estas penas generales hay otras particulares que allí padecerá cada uno conforme a la calidad de su delito. Porque una será allí la pena del soberbio, otra la del envidioso, otra la del avariento y otra la del lujurioso, y así de los demás.

 

En lo cual resplandecerá maravillosamente la sabiduría y justicia divina, la cual en tan grande infinidad de culpas y de culpados, sabrá tan perfectamente todos los excesos de cada uno y medirá, como con una balanza la pena de su delito, como dijo el Sabio:

“Los juicios del Señor son peso y medida.”

 

¡ O qué cosa tan dolorosa para los malos, ver como allí se los acertará Dios en las coyunturas; y qué cosa tan deleitable para los buenos, ver aquella tan maravillosa proporción y consonancia de penas en tan grande muchedumbre de culpas!

 

·        Allí se tasará el dolor conforme al deleite recibido; la confusión, conforme a la presunción y soberbia; la desnudez, conforme a la demasía; el hambre y sed, conforme al regalo y a la hartura pasada.

 

Así mandó Dios que fuese castigada aquella mala mujer del Apocalipsis, que estaba sentada sobre las aguas del mar, con un cáliz en la mano lleno de ponzoñosos deleites, contra la cual se fulminó aquella sentencia del cielo, que decía:

 

Cuanto se ensalzó y gozó de sus deleites, tanto le dan de tormento y llanto.”

 

7. A todas estas penas acompaña la eternidad del padecer, que es como el sello y llave de todas ellas. Porque todo esto sería tolerable si fuese finito; porque ninguna cosa es grande si tiene fin.

 

Mas pena que no tiene fin, ni alivio, ni declinación, ni mudanza, ni hay esperanza que se acabará jamás, ni la pena, ni el que la da, ni el que la padece, sino que es como un destierro perpétuo, y como un sambenito irremisible, que nunca jamás se quita; esto es cosa para sacar de juicio a quien atentamente lo considera.

 

8. De aquí nace aquel odio rabiosísimo que los malaventurados tienen contra Dios, y aquellos reniegos y blasfemias que dicen contra él. Porque como ellos tienen perdida ya la esperanza de su amistad, y saben que ya no han de volver más en su gracia, ni se les ha de aflojar nada de la pena, y ven que Dios es el que los azota, y el que los enclava desde lo alto, y el que los tiene presos en aquella cadena; embravécense en tanta manera contra él, que de día y de noche nunca cesan de blasfemar su santo nombre.

 

9. Acabada la meditación, síguese luego el hacimiento de gracias, el ofrecimiento y petición, como ya se dijo en el capítulo segundo.

 

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