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ETIKA E |
Fray Luis de Granada |
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18B3M13 |
Las penas del infierno |
Valencia 1851 |
Meditaciones
sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado
Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 242 - 280
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.
Fray
Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda
edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979. Páginas 140 - 162.
Capítulo trece.
Consideraciones de las penas del infierno.
1 . Este día, hecha
la señal de la cruz con la preparación que se puso en el capítulo segundo, meditarás en las penas del infierno, para que con esta
meditacion también, como en la pasada, se confirme más tu alma en el temor
de Dios y aborrecimiento del pecado que allí dijimos.
2. Estas penas, dice San Buenaventura, que se
deben imaginar debajo de algunas figuras y semejanzas corporales que los Santos
nos enseñaron. Por lo cual será cosa conveniente imaginar el lugar del
infierno, según él mismo dice, como un lugar obscuro y tenebroso puesto
debajo de la tierra, y como un pozo profundísirno, lleno de fuego, o como
una ciudad espantable y tenebrosa, que toda arde en vivas llamas, en la cual no
suena otra cosa sino voces y gemidos de atormentados y atormentadores,
con perpétuo llanto y crujir de dientes.
3. En este malaventurado lugar se padecen dos penas principales: la una que llaman de sentido, y la otra de daño. En cuanto a la primera, piensa como no habrá allí sentido ninguno, dentro ni fuera del hombre, que no esté penando con su propio tormento.
Porque asi como los malos ofendieron a Dios con todos
sus miembros y sentidos, y de todos hicieron armas para servir al pecado, así ordenará él, de que todos
sean allí atormentados, y cada uno de ellos padezca su propio tormento, y pague
su merecido.
Allí pues los ojos deshonestos
y carnales serán atormentados con la visión horrible de los demonios;
los oidos con la confusión de las voces y gemidos que allí sonarán; las narices
con el hedor intolerable de
aquel sucio lugar; el gusto con rabiosísimo hambre y sed; el tacto de
todos los miembros del cuerpo con frío y fuego incomparable; la
imaginación padecerá con la aprensión de los dolores presentes; la
memoria, con la recordación de los placeres pasados; el entendimiento,
con la consideración de los bienes perdidos y de los males venideros.
4 . Finalmente,
allí hallarán en uno todos los males y
tormentos que se pueden pensar; porque como dice San Gregorio, allí
habrá frío que no se podrá sufrir, fuego que no se podrá apagar, gusano
inmortal, hedor intolerable, tinieblas palpables, azotes de atormentadores,
visión de demonios, confusión de pecadores y desesperación de todos los bienes.
Pues dime ahora: si el
menor de todos estos males, que se
padeciese acá por muy pequeño espacio de tiempo, sería tan duro de llevar, ¿qué
será padecer allí en un mismo tiempo toda esta muchedumbre de males de todos
los miembros y sentidos interiores y exteriores, y esto no por espacio de
una noche sola, ni de mil, sino de una eternidad infinita? ¿qué sentido,
qué palabras, qué juicio hay en el mundo, que pueda pensar ni encarecer esto
como es?
5. Aun no es esta la mayor de las penas que allí se
pasan; hay otra sin comparación mayor, que es la que llaman los teólogos pena
de daño, la cual es haber de carecer
para siempre de la vista de Dios y de su gloriosa compañía. Aunque esta
pena sea común a todos los condenados, pero mucho más grave será a aquellos que mayor prevención tuvieron para gozar de este bien, como son primeramente
todos los cristianos, a quienes se predicó el Evangelio; y después, todos los
malos religiosos y sacerdotes, los cuales, asi como tuvieron más a la mano
este bien, así se angustiarán más por haberle perdido.
6. Estas son las penas que generalmente competen a todos los
condenados. Mas allende de estas penas generales hay otras particulares que
allí padecerá cada uno conforme a la calidad de su delito. Porque una
será allí la pena del soberbio, otra la del envidioso, otra la
del avariento y otra la del lujurioso, y así de los demás.
En lo cual resplandecerá maravillosamente la sabiduría y justicia divina, la cual en tan grande infinidad de culpas y de culpados, sabrá tan perfectamente todos los excesos de cada uno y medirá, como con una balanza la pena de su delito, como dijo el Sabio:
“Los juicios del Señor son peso y medida.”
¡ O qué cosa tan dolorosa para los malos, ver como allí
se los acertará Dios en las coyunturas; y qué cosa tan deleitable para los
buenos, ver aquella tan maravillosa proporción y consonancia de penas en tan
grande muchedumbre de culpas!
·
Allí se tasará el
dolor conforme al deleite recibido; la confusión,
conforme a la presunción y soberbia; la desnudez, conforme a la demasía; el
hambre y sed, conforme al regalo y a la hartura pasada.
Así mandó Dios que fuese castigada aquella mala mujer del
Apocalipsis, que estaba sentada sobre las aguas del mar, con un cáliz en la
mano lleno de ponzoñosos deleites, contra la cual se fulminó aquella sentencia
del cielo, que decía:
“Cuanto se ensalzó y gozó de sus deleites, tanto
le dan de tormento y llanto.”
7. A todas estas penas
acompaña la eternidad del padecer, que es como el sello y llave de todas
ellas. Porque todo esto sería tolerable si fuese finito; porque ninguna cosa
es grande si tiene fin.
Mas pena que no tiene
fin, ni alivio, ni declinación, ni mudanza, ni hay esperanza que se acabará
jamás, ni la pena, ni el que la da, ni el que la padece, sino que es como un
destierro perpétuo, y como un sambenito irremisible, que nunca jamás se quita;
esto es cosa para sacar de juicio a quien atentamente lo considera.
8. De aquí nace aquel odio rabiosísimo que
los malaventurados tienen contra Dios, y aquellos reniegos y blasfemias que dicen
contra él. Porque como ellos tienen perdida ya la esperanza de su amistad, y
saben que ya no han de volver más en su gracia, ni se les ha de aflojar nada de
la pena, y ven que Dios es el que los azota, y el que los enclava desde
lo alto, y el que los tiene presos en aquella cadena; embravécense en tanta
manera contra él, que de día y de noche nunca cesan de blasfemar su santo
nombre.
9. Acabada la meditación, síguese luego el hacimiento de gracias, el
ofrecimiento y petición, como ya se dijo en el capítulo segundo.