ETIKA E

Fray Luis de Granada
Meditaciones y oraciones

www.etika.com
5-6-2013

18B3M14A

Meditaciones para el viernes en la noche.
Las penas del infierno.

Valencia 1851

 

Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 252-261.
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.

 

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.

Meditaciones para el viernes por la noche

Tratado de la consideración de las penas del infierno, donde se espresas más por extenso la meditación pasada.

Capítulo catorce.
Párrafo primero.

De dos maneras de penas que hay en el infierno.

Aunque sean innumerables las penas del infierno, todas estas finalmente, como ya dijimos, se reducen a dos, que son pena de sentido y pena de daño. Pena de sentido es la que atormenta los sentidos y cuerpos de los condenados, y pena de daño es haber de carecer para siempre de la visión y compañía de Dios.

Estas dos maneras de penas corresponden a dos males y desórdenes que hay en el pecado, el uno de los cuales es el amor desordenado de la criatura, y el otro es el menosprecio del Criador: pues a estos dos males corresponden estas dos maneras de penas. Al amor y deleite sensual, que se tomó en la criatura, corresponde la pena de sentido; para que el sentido, que se deleitó contra lo que Dios mandaba, pague con el dolor de la pena la golosina de su culpa; y al menosprecio de Dios corresponde el perder para siempre al mismo Dios; porque pues el hombre primero lo desechó de sí, justo es que sea para siempre desechado de él: y porque entre estos dos males, el postrero, que es el menosprecio de Dios, es sin comparación mayor que el primero, por eso la pena de daño, que a este mal corresponde, es sin comparación mayor que la de sentido.

Comenzando pues por las penas de los sentidos exteriores, la primera es fuego de tan grande ardor y eficacia, que, según dice San Agustín, este nuestro de acá es como pintado, si se compara con él. Este fuego atormentará, no solamente los cuerpos, sino también las almas; y de tal manera las atormentará, que no las consumirá para que así la pena sea eterna. Lo cual dice San Agustín que se hará por especial milagro; porque Dios, que dió su naturaleza a todas las cosas, dió esta propiedad a aquel fuego, que de tal manera atormente, que no consuma.

Pues mira tú ahora, ¿qué sentirán los malaventurados, estando siempre acostados en tal cama como esta? Y para que mejor esto puedas entender, párate a imaginar lo que sentirías si te echasen en una grande caldera, cuando ella estuviese más viva y más encendida, o en algún grande horno de fuego, cual era aquel que encendió Nabucodonosor en Babilonia (Dan. 3.), cuyas llamas subían cuarenta y nueve codos en alto; y por aquí podrás barruntar algo de lo que allí se pasará: porque si este nuestro fuego, que, segun dijimos, es como pintado, así atormenta, ¿qué hará aquel, que es verdadero? No me parece que sería necesario pasar adelante, si el hombre quisiese detenerse un poco en este paso, y hacer aquí una estación, hasta sentir esto como es.

Con esta pena se juntará otra contraria a ella, aunque no menos tolerable, que será un horrible frío, que con ninguno de los nuestros se puede comparar, el cual se dará por miserable refrigerio a los que arden en aquel fuego, pasándolos, como se escribe en Job, de las aguas de nieve a los calores del fuego, para que no quede ningún género de tormento para probar a los que ningun género de deleite quisieron dejar de gustar.

Y no solamente los mortificará el frío y el fuego, sino también los mismos demonios con figuras horribles de fieras y mónstruos espantables: los cuales con su vista atormentarán los ojos adúlteros y deshonestos, y a los que se pintaron con artificios y colores, para ser lazos hermosos y redes de Satanás.

Esta pena es mucho mayor de lo que nadie puede pensar, porque si nos consta que algunas personas han perdido el sentido, y aun muerto de espanto con la vista o imaginación de algunas cosas temerosas, y a veces la sospecha sola de ellas nos hace erizar los cabellos y temblar, ¿qué será el temor de aquel lago tenebroso lleno de tan horribles y espantosas quimeras, como allí se ofrecerán a los ojos de los malos? Especialmente si consideramos cuan horrible sea la figura del demonio, pues por tan terribles semejanzas nos la representa el mismo Dios en las Escrituras sagradas como cuando en el libro de Job dice así:

¿Quién descubrirá la luz de su vestidura? ¿quién será poderoso para entrar en su boca? ¿y quién abrirá las puertas con que se cubre su rostro? Al rededor de sus dientes está el temor: su cuerpo es como un escudo de acero, cubierto de escamas tan trabadas entre sí, que ni un poquito de aire puede colar por ellas: su estornudo es un resplandor del fuego, y sus ojos bermejean, como los arreboles de la mañana: de su boca salen hachas como de teas encendidas, y de sus narices sale humo, como de una olla que hierve: con su resuello hace arder las brasas y llamas que salen de su boca.

¿Pues qué tanto nos espantará allí la vista de un tan horrible mónstruo como por estas semejanzas es aquí figurado?

Al tormento de los ojos se añade otra pena terrible, para las narices, que será un hedor incomparable que habrá en aquel lugar para castigo de los olores y atavíos que los hombres carnales y mundanos buscaron en este mundo, como lo amenaza Dios por Isaías, diciendo:

“Porque se desvanecieron las hijas de Sion y anduvieron los cuellos levantados, halconeando con los ojos, y pavoneando en su pasear, haciendo alarde de sus pompas y riquezas entre los flacos y desnudos, por tanto el Señor les pelará los cabellos de la cabeza, con todos los otros atavíos profanos, y darles ha en lugar de los suaves olores, hedor; en lugar de la cinta, una soga; en lugar de los cabellos hondeados, la calva pelada; y en lugar de la faja de los pechos, un cilicio.”

Esta es la pena que se debe a los olores y atavíos de los hombres mundanos.

Para sentir algo de esta pena, párate a considerar aquel tan horrible género de tormento, que un tirano cruelísimo inventó para ajusticiar los hombres, el cual tomando un cuerpo muerto, mandábalo tender sobre un vivo, y atando muy fuertemente al vivo con el muerto, dejábalos estar así juntos, hasta que el muerto matase al vivo con su hediondéz y gusanos que de él salían. Pues si te parece muy horrible este tormento, dime: ¿qué tal será aquel que procederá del hedor de todos los cuerpos de los condenados, y de aquel tan abominable lugar, donde los malos están? Allí se dirán a cada uno de los miserables aquellas palabras de Isaías:

“Descendió hasta los infiernos tu soberbia, y allí cayó tu cuerpo muerto: debajo de tí se tenderá la polilla, y la cobija que tendrás encima, serán gusanos.”

Y si esta pena se da a las narices, ¿qué tal es la que se dará a las orejas, con las cuales se cometen mayores pecados? Estas, pues, serán atormentadas con perpetuas voces, clamores, gemidos y blasfemias que allí soñarán. Porque asi como en el cielo no suena otra cosa sino alleluya perpetua y alabanzas divinas, asi no suena otra cosa en esta infernal tienda de atormentadores, sino blasfemias y maldiciones de Dios, y una desordenada melodía de infinitas voces desiguales que alli se cantan al sonido de los martillos y golpes de los verdugos, en la cual será tanta la confusión y variedad de las voces, y tan grandes los alaridos de toda aquella miserable carcelería, que ni cuando Troya se perdió, ni cuando Roma ardía, es todo nada en comparación de lo que allí será.

Para sentir algo de esta pena, imagina ahora que pasases por un valle muy hondo, el cual estuviese lleno de una infinidad de cautivos, heridos y enfermos, y que todos ellos estuviesen dando gritos y voces, cada uno de su manera, así hombres, como mujeres, como niños y como viejos; dime ¿qué parecería este ruído tan grande y de tanta confusión? Pues, qué parecerá aquel espantoso ruído de tan gran numero de condenados, los cuales perpetuamente no hacen otra cosa que gritar y blasfemar, y renegar de Dios y de sus Santos? ¿qué galera hay en el mundo, que de tantos renegadores y forzados esté poblada?

Estos son los maytines que allí se cantan: esta es la triste capilla del príncipe de las tinieblas: estos sus laudes y cantores, de los cuales serán hermanos y cofrades todos los murmuradores y maldicientes, y los que dieron sus oídos a las mentiras del enemigo.

Ni tampoco faltará a la lengua y al gusto regalado su castigo: pues leemos en el Evangelio la sed que padecía aquel rico goloso entre las llamas de sus tormentos, y las voces que daba al Santo Patriarca (Luc. 25), pidiéndole una sola gota de agua para refrescar la lengua, que tenía tan abrasada.

 

Más sobre el inferno  - Index E18B - Index espanol