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Fray Luis de Granada
Meditaciones y oraciones

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6-6-2013

18B3M14B

Meditaciones para el viernes en la noche.
Las penas del infierno

Valencia 1851

 

Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 261-269.
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.

 

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.

Meditaciones para el viernes en la noche

Tratado de la consideración de las penas del infierno, donde se espresa más por extenso la meditación pasada.

Capítulo catorce.
Párrafo segundo.

Del tormento de los sentidos y potencias interiores del alma.

Gravísimas son estas penas de los sentidos exteriores del cuerpo; pero mucho mayores serán las de los sentidos interiores del alma, a los cuales ha de caber tanto mayor parte de la pena, cuanto fueron mas negligentes en atajar la culpa.

Primeramente la imaginación será allí atormentada con una tan vehemente aprehensión de aquellos dolores, que en ninguna otra cosa pensará ni podrá pensar: porque si vemos que cuando un dolor es agudo, no podemos, aunque queramos, apartar el pensamiento de él, porque el mismo dolor despierta a la imaginación, porque otra cosa no piense sino lo que le duele; ¿cuánto más acaecerá esto allí, donde el dolor es sin comparación más intolerable? de esta manera la imaginación avivará el dolor, y el dolor la imaginación, para que así por todas partes cerque el tormento al condenado.

Estas serán las meditaciones contínuas de aquellos que nunca quisieron, mientras vivían, acordarse de estas penas; para que los que no las pensaron aquí para freno de su vida, las padezcan allí para castigo de su culpa.

La memoria también por su parte los atormentará, cuando allí se les acuerde de su antigua felicidad y de sus deleites pasados, por los cuales vinieron a padecer tales tormentos.

Allí verán claramente cuán caro les costó aquella miserable golosina, y cuánta pimienta tenían aquellos bocados que tan dulces les parecían. Entre todas las maneras de adversidades, una de las mayores, dice un sabio, es haberse visto en prosperidad y después venir a miseria. Pues cuando los ricos y poderosos de este mundo vuelvan los ojos atras, y se acuerden de aquella primera prosperidad y abundancia en que vivieron, y vean como a aquella opulencia sucede tanta esterilidad, que no se les da una sola gota de agua, y que ya los regalos se trocaron en trabajos, las delicadezas en miserias, los olores en hedores y las músicas en gemidos, ¿qué tormento será tan grande el que con esta memoria recibirán?

Mas mucho mayor aun será, cuando se pongan a medir la duración de los placeres pasados con la de los dolores presentes, y vean como los placeres duraron un punto, y los dolores durarán para siempre.

Pues, ¿qué dolor será aquel, y qué gemidos, cuando echada bien esta cuenta, vean que todo el tiempo de su vida no fue más que una sombra de sueño, y que por deleites, que presto se acabaron, pasarán tormentos que nunca tendrán fin?

Estas son las penas que padecerán en la memoria, acordándose de la felicidad pasada; pero mucho mayores serán las que sufrirán en el entendimiento, considerando la gloria perdida. De aquí les nace aquel gusano remordedor de la conciencia, con que tantas veces amenaza la Escritura divina, el cual noche y día siempre morderá, y roerá, y se apacentará en las entrañas de los malaventurados. El gusano nace en el madero, y siempre esta royendo al madero de donde nació, y así este gusano nació del pecador, y siempre tiene pleito con el mismo pecador que lo engendró.

Este gusano es un despecho y una penitencia rabiosa que tienen siempre los malos cuando consideran lo que perdieron, y la causa por qué lo perdieron, y la oportunidad que tuvieron para no perderlo. Esta oportunidad nunca se les quita de delante: esta siempre, aunque en valde, les está comiendo las entrañas y los hace estar siempre diciendo:

¡O malaventurado de mí, que tuve tiempo para ganar tanto bien y no me quise de él aprovechar! Tiempo hubo en que me ofrecían este bien y me rogaban con él; me lo daban de valde, y no lo quise: por solo confesar y pronunciar por la boca mis pecados, me los perdonaban: por solo pedir a Dios el remedio, me lo otorgaba; por solo un jarro de agua fría, me daba la vida perdurable: ahora para siempre ayunaré y lloraré, y me apartaré de lo que hice, y todo será sin fruto.

¡O cómo ya se pasó aquel tiempo y nunca más volverá! ¿Qué me dieron, porque tanto aventure? Aunque me dieran todos los reinos y deleites del mundo, y que de ellos hubiera de gozar por tantos años, cuantas arenas hay en el mar, todo esto fuera nada en comparación de la menor pena que aquí se pasa. Yo, no dándome nada de esto, sino una pequeña sombra de placer fugitivo, por este tengo de llevar acuestas eterno tormento.

¡O malaventurado deleite, y malaventurado trueque y malaventurada hora y punto, que así me cegué! iO ciego de mí! ¡o miserable de mí! ¡o mil veces malaventurado de mí, que así me engañé! Maldito sea quien me engañó, y maldito quien no me castigó: maldito el padre que me regaló, maldita la leche que mamé, el pan que comí y la vida que viví: maldito sea mi parto, mi nacimiento y todo cuanto ayudó y sirvió para que yo tuviese ser: dichosos y bienaventurados los que nunca fueron, los que nunca nacieron, los vientres que no engendraron y los pechos que no criaron.

De esta manera los miserables maldecirán a todas las criaturas, y principalmente a aquellas que les fueron causa de su perdición.

Así leemos en las vidas de los Padres, de un santo varón, que vió en revelación un pozo muy hondo, lleno de grandes llamas de fuego, y en medio de ellas andaban un padre y un hijo, atados uno con otro, maldiciéndose entre sí, con grandísima rabia. El padre decía:

“Maldito seas, hijo, que, por dejarte rico, me hice usurero, y por eso me condené.” Y el hijo decía: “maldito seas, padre, que, pensando que me hacías  bien, me destruiste, pues me dejaste la hacienda mal ganada, por la cual me condené.»

Sobre todo esto, ¿cuáles serán los tormentos y dolores de la mala voluntad? ella estará siempre con una envidia rabiosa de la gloria de Dios y de sus escogidos, la cual les estará siempre royendo las entrañas, no menos que aquel gusano susodicho. De esta pena dice el Salmo:

“El pecador verá, y airarse ha; con sus dientes regañará, y deshacerse ha, y el deseo de los malos perecera.”

Tendrán otrosí un tan grande aborrecimiento y odio contra Dios, porque los detiene y castiga en aquel lugar; que así como el perro rabioso herido con lanzas se vuelve con más furia a dar bocados en ella, así ellos querrían, si les fuese posible, despedazar a Dios; porque saben que él es el que les hinca la lanza, y el que desde lo alto los hiere con la espada de su justicia.

Tienen también grandísima obstinación en lo malo, porque no les pesa, ni porque son malos, ni porque lo fueron; antes quisieran haber sido peores; y si les pesa por haber vivido mal, no es por amor que tengan a Dios, sino por su amor propio, y porque pudieron excusar aquellos tormentos, si de otra manera vivieran.

Con esto tienen también una perpetua desesperación, porque sienten tan mal de Dios y de su misericordia, que no esperan de ella que los podrá jamás perdonar; y aun porque están ciertos, que nunca tendrán fin ni remedio sus penas: y esta es la causa de sus blasfemias y de aquel deslenguamiento contra Dios; porque como ya no esperan nada de él, procuran vengarse en lo que pueden con sus lenguas rabiosas.

 

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