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Fray Luis de Granada
Meditaciones y oraciones

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6-6-2013

18B3M14C

Meditaciones para el viernes en la noche.
Las penas del infierno

Valencia 1851

 

Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 269-271.
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.

 

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.

 

Meditaciones para el viernes en la noche

Tratado de la consideración de las penas del infierno, donde se expresa más por extenso la meditación pasada.

Capítulo catorce.
Párrafo tercero.

De la pena que llaman de daño.

¿Quién podrá creer que después de todas estas penas sobredichas queda más aún que padecer? pues es cierto que todas estas penas son como nada en comparación de lo que queda por decir. Mira tú cual será aquella pena; pues tan horribles tormentos como los referidos se llaman nada, comparados con ella.

Porque todas las penas que hasta aquí hemos dicho, pertenecen por la mayor parte a la pena de sentido; queda después de esta la pena de daño, que ya dijimos, que es sin comparación mayor: lo cual parece claro por esta razón; porque no es otra cosa pena, sino privación de algún bien que se poseía o se esperaba poseer; y cuanto es mayor este bien, tanto es mayor la pena que se recibe cuando se pierde; como parece claro en las perdidas temporales, que cuanto son mayores, tanto causan el dolor. Pues como Dios sea un bien infinito, y el más apreciable de todos los bienes, claro está que carecer de él será mal infinito, y el mayor de todos los males.

Demás de esto, como Dios sea centro del alma racional y el lugar donde ella tiene su reposo cumplido, de aquí nace que apartarse esta alma de Dios le es el más penoso dolor y apartamiento de todos cuantos pueden ser. Por lo cual dice San Juan Crisóstomo, que mil fuegos del infierno que se juntasen en uno, no darían al alma tanta pena como le ha de dar este apartamiento de Dios.

No se puede explicar con palabras hasta donde llega este dolor: no es nada el apartamiento que suele intervenir en las guerras y cautiverios, cuando quitan a los hijos de los pechos de sus madres, para lo que será aquella perpétua privación.

Pues para entender algo de esto, párate a mirar aquel tan horrible género de muerte con que algunos tiranos atormentaban a algunos mártires, los cuales hacían bajar hasta el suelo dos ramas de dos grandes árboles, y a las dos puntas de ellas mandaban atar los pies del santo mártir; hecho esto soltábanlas de presto, para que resurtiendo a sus lugares naturales, volase el cuerpo en alto y lo despedazasen en el aire, llevándose cada una de las ramas su pedazo colgado. Pues si esta separación de las partes del cuerpo entre sí mismas era tan grande tormento, ¿qué te parece que será aquel apartamiento de Dios, que no es la parte, sino el todo de nuestra alma, especialmente habiendo de durar no tanto tiempo cuanto es menester para subir las ramas, sino tanto, cuanto Dios fuere Dios?

 

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