ETIKA E

Fray Luis de Granada
Meditaciones y oraciones

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7-6-2013

18B3M14E

Las penas del infierno

Valencia 1851

 

Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 274-280.
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.

 

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979. Páginas 140 - 162.

 

Meditaciones para el viernes en la noche

Tratado de la consideración de las penas del infierno, donde se expresa más por extenso la meditación pasada.

Capítulo catorce.
Párrafo quinto.

De la eternidad de las penas del infierno.

Si todas estas penas son tan grandes, ¿qué será si juntamos con todas ellas la eternidad de los tormentos, y el nunca haberse de acabar? Pasados diez mil años, añadirse han otros cien mil, y después de estos cien mil, añadirse han, tantos millares de millones de años cuantas estrellas hay en el cielo y cuantas arenas hay en el mar; y después de todo esto cumplido, comenzarán a padecer de nuevo, y así andarán siempre la rueda perpétua de su tormento.

“Aparejado está, dice Isaías, desde ayer el valle de Tofet, aparejado está por mandamiento del Rey: su mandamiento es fuego y mucha leña, y el soplo del Señor Dios de los ejércitos, así como un arroyo de piedra azufre corriente, soplará en él.”

Este valle es el abismo de los infiernos, aparejado desde ayer, conviene a saber, desde el principio del mundo, para castigo de los malos; su manjar es fuego, que abrasa y no acaba; y la materia que conserva este fuego, no es posible acabarse ni disminuirse con el tiempo.

Y porque estén seguros, que este fuego nunca se acabará, por esto tendrán los demonios siempre cargo de soplarlo y atizarlo: los cuales, como sean inmortales, jamás se cansarán de soplar. Y si ellos se cansaren, por esto está ahí el soplo de Dios eterno, que nunca se cansará. Gran cosa sería, si pudiesen los hombres entender algo de esta duración, como es; porque sin duda sería un gran freno de nuestra vida; y por esto no será fuera de propósito traer aqui algunos ejemplos de cosas semejantes, para que por ellos se pueda entender algo de lo que es.

Párate pues a pensar aquel cruel suplicio que se usa en algunas naciones, donde queman vivos a los malhechores, y cuanto mayor es su delito, tanto les mortifican con menor fuego, para que así sea mas largo su tormento.

Mas ¿qué tanto será lo que con esta tan ingeniosa crueldad se podrá añadir de espacio o de duración? apenas podrá ser un día natural: pues dime ahora, si tan terrible e inhumano castigo es el que aún no dura un día entero y con poco fuego, ¿qué tal será aquel que dura por una eternidad, y con fuego tan grande? ¿hay matemático en el mundo que pueda señalar aquí la ventaja que hay de uno a otro? Pues si por escapar un hombre de aquel suplicio, no habría peligro, ni camino, ni trabajo, a que no se pusiese, ¿qué sería razón que todos hiciésemos para escapar de este tormento?

Piensa también qué terrible martirio era aquel que inventó aquel cruelísimo tirano Falaris, de quien se escribe: que mandaba meter un hombre en el vientre de un toro de metal, y le hacía dar fuego por debajo, para que el miserable, con el calor se fuese poco a poco quemando, y ni pudiese huír, ni tuviese otro remedio, sino arder, bramar y voltearse en aquel tan estrecho aposento, hasta morir.

¿Quién oye decir esto que no se le estremezcan las carnes solo al pensarlo? Pues dime, cristiano: ¿Qué es todo esto en comparación de lo que aquí tratamos, sino un sueño de aire? Pues si solo pensar en ello nos espanta, ¿qué hará no pensar, sino padecer este tormento? Verdaderamente, fuerte cosa sería el pensar, que aunque no fuera más que uno solo entre todos los hijos de Adán el que de esta manera hubiese de fenecer, bastaba para hacernos temblar a todos. Porque no era más que uno entre los discípulos de Cristo el que le había de vender, cuando él dijo: “Uno de vosotros me ha de entregar;” (Matth. 24.) y todos comenzaron a temer y entristecerse, por ser aquel caso tan grave.

Pues ¿cómo no temblamos nosotros sabiendo cierto que es infinito el número de los locos, y que es estrecho el camino de la vida, y que el infierno ha dilatado sus senos para recibir los muchos que van a él? (Eccl. 1. Matth. 25. Isaí 5.)

Si esto no creemos, ¿dónde está la fe? y si lo creemos y confesamos, ¿dónde está el juicio y la razón? y si hay juicio y razón, ¿cómo no andamos dando gritos y voces por las calles? ¿cómo no nos vamos por esos desiertos, como hicieron muchos de los Santos, a hacer vida entre las bestias, por escapar de estos tormentos? ¿cómo dormimos de noche? ¿cómo no perdemos el seso imaginando en tan extraño peligro, pues otros menores acaecimientos han bastado no solo para desvelar y sacar de juicio los hombres, sino también para acabarles la vida?

Pues esta es la mayor pena de los miserables, saber que Dios y su pena corren a la par; y por esto su mal no tendrá consuelo, porque su pena no tiene fin. Si los malaventurados creyesen que despues de cien mil cientos de años su pena se había de acabar, la tendrían por grandísimo consuelo; porque, aunque tarde, tendría fin. Mas su pena no lo tiene; porque, como dice San Gregorio, dase allí a los malos muerte sin muerte, fin sin fin y defecto sin defecto; porque allí la muerte siempre vive, el fin siempre comienza y el defecto no sabe desfallecer. Por esto dijo el Profeta:

“Así como ovejas están puestos en el infierno, y la muerte los pacerá:” la yerba que se pace, no se arranca del todo; porque queda viva la raíz, que es el orígen de la vida, la cual la hace tornar a revivir, para que otra vez se pueda pacer; y por esto es inmortal el paso de los campos, porque siempre se pace y siempre revive.

Pues de esta manera se apacentará la muerte en los malaventurados, y así como la muerte no puede morir, así nunca se hartará de este pasto, ni se cansará en este oficio, ni acabará jamás de tragar este bocado; porque ella tenga siempre que comer, y ellos siempre que padecer.

 

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