Ratzinger y Wojtyla
propagan la herejía de Almerico, condenado por S. Alfonso M. de Ligorio, que el
cielo no sea un lugar. i Quieren robaros este cielo de Fray Luis de Granada!
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ETIKA E |
Fray Luis de Granada |
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18B3M15 |
La gloria del cielo |
Valencia 1851. Texto en alemán/deutsch |
18B3M16 Tratado de la consideración de la gloria del
paraíso
18B3M16A De la hermosura y
excelencia del lugar de la gloria
18B3M16B La compañia de los Santos
18B3M16C La visión clara
de Dios
18B3M16D La gloria del
cuerpo
18B3M16E La duración de la
eternidad de la bienaventuranza
Meditaciones
sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado
Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 280 - 288
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.
Fray
Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda
edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979. Páginas 162 - 166.
Capítulo quince.
Consideraciones de la gloria.
1 . Este día,
hecha la señal de la cruz con la preparación que se puso en el capítulo
segundo, podrás pensar en la bienaventuranza de la gloria. Esta consideración es
tan provechosa, que si fuese ayudada con lumbre de viva fe, bastaría para
hacernos dulces todos los trabajos y amarguras que pasamos por este bien.
Porque si el amor de la hacienda hace dulces los trabajos que se pasan por
ella, y el amor de los hijos hace desear á la mujer los dolores del parto, ¿qué
haría el amor de este soberano bien, en cuya ponderación todos los otros no son
bienes?
Y si del
patriarca Jacob se dice (Genes. 39.), que le parecían pocos los siete años de
servicio por el amor grande que tenía á Raquel, ¿qué haría el amor de aquella
infinita hermosura y de aquel eterno casamiento, si con ojos de fe viva se
contemplase?
2. Pues para
entender algo de este bien, puedes considerar estas cinco cosas, entre otros
que hay en él: conviene á saber, la excelencia del lugar; el gozo de la
compañía; la visión de Dios; la gloria de los cuerpos, y finalmente el
cumplimiento de todos los bienes que hay allí.
3. Primeramente
considera la excelencia del lugar, y
señaladamente la grandeza de él, que es admirable. Porque cuando el hombre lee
en algunos gravísimos autores, que cualquiera de las estrellas del cielo es
mayor que toda la tierra: y lo que es más, que algunas hay entre ellas de tan
notable grandeza, que son noventa veces mayores que toda ella; y con esto alza
los ojos al cielos, y vé en él tanta muchedumbre de estrellas y tantos
espacios, vacíos donde podrían caber muchas más, ¿cómo no se espanta? ¿cómo no
queda atónito y fuera de sí, considerando la inmensidad de aquel lugar, y mucho
más la de aquel soberano Artífice, que de nada lo crió?
4. Pues la
hermosura de él no se puede explicar con palabras; porque si en este valle de
lágrimas y lugar de destierro crió Dios cosas tan admirables y de tanta
hermosura, ¿qué habrá criado en aquel lugar, que es aposento de su gloria,
trono de su grandeza, palacio de su majestad, casa de sus escogidos y paraíso
de todos los deleites? (Dan. 7.)
5. Después de la
excelencia del lugar, considera la
nobleza de los moradores de él, cuyo número, cuya santidad, cuyas riquezas
y hermosuras excede á todo lo que se puede pensar.
San Juan dice (Apoc. 5,11 y 7,9): que es
tan grande el número de los escogidos, que nadie basta para poderlos contar.
San Dionisio dice, que son tantos los
Ángeles, que exceden sin comparación a todas cuantas cosas materiales hay en la
tierra.
Santo Tomás, conformándose con este parecer
(3. part. q. 50, art. 5. Quomodo
intelligatur explic. 3 p. q. 110, art 6. ad 2.), dice:
"que así como la grandeza de los cielos excede a la tierra sin
proporción, así la muchedumbre de aquellos espíritus gloriosos excede a la de
todas las cosas materiales que hay en este mundo, con esta misma ventaja y
proporcion."
¿Pues qué cosa
puede ser más admirable? Por cierto,
cosa es esta que si bien se considerase, bastaba para dejar atónitos a todos
los corazones. Y si cada uno de los
Ángeles, aunque sea el menor de ellos, es
más hermoso que todo este mundo visible, ¿qué será ver tanto número de
estos, tan hermosos, y ver las perfecciones y oficios que cada uno de ellos tiene
en aquella soberana ciudad?
Allí discurren
los Ángeles, ministran los Arcángeles, triunfan los Principados, alégranse las
Potestades, enseñoréanse las Dominaciones, resplandecen las Virtudes,
relampaguéan los Tronos, lucen los Querubines y arden los Serafines, y todos
cantan alabanzas a Dios.
(Job. 38) Pues si
la compañía y comunicación de los buenoses tan dulce y amigable, ¿qué será
tratar allí con tantos buenos, hablar con los Apóstoles, conversar con los
Profetas, comunicar con los Mártires, y finalmente con todos los escogidos?
6. Y si tan
grande gloria es gozar de la compañía de los buenos, ¿qué será gozar de la compañía y presencia de aquel a quien
alaban las estrellas de la mañana; de cuya hermosura el sol y la luna se
maravillan: ante cuyo acatamiento se arrodillan los Ángeles, y de cuya
presencia se glorian los hombres?
¿Qué será ver
aquel bien universal, en quien están
todos los bienes, aquel mundo mayor, en
quien están todos los mundos; y aquel, que siendo uno, es todas las cosas, y
siendo simplicísimo, abraza las perfecciones de todas?
Si tan grande
cosa fue oír y ver al Rey Salomon, que decía la Reina Sabá (1 Rey 10,8):
Bienaventurados los que asisten delante de tí y gozan de tu sabiduria,
¿qué será ver aquel
sumo Salomon, aquella eterna sabiduría, aquella infinita grandeza, aquella
inestimable hermosura, aquella inmensa bondad, y gozar de ella para siempre?
Esta es la gloria esencial de los Santos (1 Cor. 15.), este es el último fin y
centro de nuestros deseos.
7. Considera
después de esto la gloria de los cuerpos, en los cuales ninguna cosa habrá que no esté
glorificada, porque allí cada uno de los miembros y sentidos tendrá su
particular gloria y objeto en que se deleite; y allí los cuerpos gozarán de
aquellos cuatro singulares dotes, que son: sutileza,
ligereza, impasibilidad y claridad, la cual será tan grande, que cada uno
de aquellos cuerpos resplandecerá como el sol en el reino de su Padre. (Matth.
24. Sap. 3)
Pues si no más de
un sol, que está en medio de este cielo, basta para dar luz y alegría a todo el
mundo, ¿qué harán tantos soles y lámparas como allí resplandecerán?
8. Finalmente,
para abreviar, en esta gloria se hallarán en uno todos los bienes, y de ella
estarán desterrados
todos los males. Allí habrá
·
salud sin
enfermedad,
·
libertad sin
servidumbre,
·
hermosura
sin fealdad,
·
inmortalidad
sin corrupción,
·
abundancia
sin necesidad,
·
sosiego sin
turbación,
·
seguridad
sin temor,
·
conocimiento
sin error,
·
hartura sin
hastío,
·
alegría sin
tristeza y
·
honra sin
contradicción.
Allí será, dice
san Agustín, verdadera la gloria,
donde ninguno será alabado por error, ni por lisonja.
Allí será
verdadera la honra, la cual ni se negará al que la merezca, ni se dará a quien
no la mereciere.
Allí será
verdadera la paz, donde ni de sí, ni de otro será el nombre molestado.
El premio de la
virtud será el mismo que dió la virtud, y prometió a Sí por galardón de ella,
que es el mayor y mejor de todas las cosas.
Él será el fin de
nuestros deseos, el cual ser verá sin fin, se amará sin hastío, y será alabado
sin cansancio.
Allí el lugar es
ancho, hermoso, resplandeciente y seguro, la compañía muy buena y agradable; el
tiempo de una manera, no ya distinto en tarde y mañana, sino continuando con
una simple eternidad.
Allí habrá perpétuo verano,
que con el frescor y aire del Espíritu Santo siempre florece.
Allí todos se
alegran, todos cantan y todos siempre alaban a aquel sumo dador de todo, por
cuya largueza viven y reinen en su gloria.
¡O ciudad celestial, morada segura,
tierra donde se halla todo lo que deleita, pueblo sin murmuración, vecinos quietos y
hombres sin necesidad! i ó si se acabase ya esta contienda! i ó si se
concluyesen los días de mi destierro! i ó como se alarga el tiempo de mi
peregrinación! (Psalm 41.) ¿Cuándo llegará este día? ¿cuándo vendré y apareceré
ante la cara de mi Dios?
9. Acabada la
meditación, síguese luego el hacimiento de gracias, y el ofrecimiento y
petición, como se dijo en el capítulo segundo.
Capítolo 16 (también sobre el
cielo) - Index E18B - Index espanol