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Fray Luis de Granada
Meditaciones y oraciones

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22-5-2005

18B3M16A

La hermosura del
lugar de la gloria

Valencia 1851. Texto en alemán/deutsch

 

Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 292 - 298
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.

 

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.

 

Tratado de la consideración de la gloria del paraíso
donde se expresa más por extenso la meditación pasada.

Capítulo diez y seis.

De lo que ayuda la meditación de la bienaventuranza de la gloria para animarnos a todos los trabajos que se han de pasar por ella.

Párrafo primero.
De la hermosura y excelencia del lugar de la gloria.

 

4. Primeramente considera la hermosura del lugar, la cual en figura nos describe San Juan en el Apocalipsis por estas palabras:

 

"Uno de los siete Ángeles habló conmigo, diciéndome:

Ven, y mostrarte he la Esposa, mujer del Cordero.

Y levantóme en espíritu en un monte alto y grande, y mostróme la ciudad de Jerusalén, que descendía del cielo, la que resplandecía con la claridad de Dios, y la lumbre de ella era semejante al resplandor de las piedras preciosas.

Tenia esta ciudad un muro grande y alto, en el cual había doce puertas, y en las puertas doce Ángeles, según el número de las puertas.

Los cimientos de los muros de esta ciudad eran todos labrados de piedras preciosas; y las doce puertas de ella eran doce piedras preciosas, cada puerta de su piedra, y la plaza de esta ciudad era oro limpio, semejante a un vidrio muy claro.

Templo no ví en ella; porque el Señor Dios todopoderoso es el templo y el Cordero.

Y la ciudad no tiene necesidad de sol ni luna que le den lumbre, porque la claridad de Dios la alumbra, y la lámpara que en ella arde es el Cordero.

Y mostróme más el Ángel un río de agua viva claro así como un cristal, el cual salía de la silla de Dios y del Cordero; y en medio de la plaza, de una ribera del río y de la otra, estaba plantado el árbol de la vida, que llevaba doce frutos en el año, cada mes el suyo, y las hojas de este árbol eran para salud de las gentes.

Todo género de maldición nunca más allí se verá, sino la silla de Dios y del cordero allí estarán, y sus siervos le servirán, y ellos verán su cara, y tendrán el nombre de él escrito en sus frentes, y reinarán en los siglos de los siglos."

 

5. Mira aquí, hermano, dibujada la hermosura de esta ciudad, no para que hayas de pensar que hay en ella estas cosas, así materialmente como suenan las palabras, sino para que por estas entiendas otras más espírituales y excelentes, que por éstas se nos figuran.

 

6. El asiento de esta ciudad es sobre todos los cielos, su grandeza y anchura excede toda medida. Porque si cada una de las estrellas del cielo es tan grande como ya dijimos, ¿qué tan grande será aquel cielo que abraza todas las estrellas y todos los cielos? No hay grandeza en el mundo que con esta se pueda comparar; porque como dice un santo, desde los términos occidentales de España hasta los últimos de las Indias corre un navío, si hace buen tiempo, en pocos días: más aquella región del cielo, a estrellas más ligeras que rayos da que caminar por muchos años.

 

7. Pues si preguntas por las labores de su edificio, no hay lengua que esto pueda declarar: porque si esto que parece por defuera a los ojos mortales es tan hermoso, ¿qué será lo que allá está guardado a los ojos inmortales?

Y si vemos que por manos de los hombres se hacen aquí algunas obras tan vistosas y de tanta hermosura que espantan a los ojos de quien las mira, ¿qué será lo que tendrá obrado la mano de Dios en aquella casa real, y en aquel santo palacio y en aquella casa de solaz, que él edificó para gloria de sus escogidos?

 

i O cuán amables son, dice el Profeta (Psalm 82) tus tabernáculos, Señor Dios de las virtudes! Codicia y desfallece mi alma contemplando los palacios del Señor.

 

8. Lo que principalmente suele ennoblecer las ciudades es la condición de los ciudadanos, si son nobles, si son muchos y concordes entre sí. Pues, ¿quién podrá declarar en esta parte la excelencia de esta ciudad? Todos sus moradores son hijos-dalgos, y  ninguno hay entre ellos de baja suerte, porque todos son hijos de Dios.

 

Son tan amigables entre sí, que todos ellos son una alma y un corazón; y así viven en tanta paz, que la misma ciudad tiene por nombre Jerusalén, que quiere decir visión de paz.

 

Y si quieres saber el número y población de esta ciudad, a esto responderá San Juan en el Apocalipsis, diciendo:

"Que vió en espíritu tan grande compañía de bienaventurados, que no bastaría nadie para contarlos, la cual había sido recogida de todo linaje de gentes, pueblos y lenguas, los cuales estaban en presencia del trono de Dios, y de su Cordero vestido de ropas blancas y con palmas triunfales en las manos, cantando a Dios cantares de alabanza."

 

Con lo cual concuerda lo que el profeta Daniel significa de este sagrado número, diciendo:

"Millares de millares servían al Señor de su majestad, y diez veces cien mil millares asistían delante de Él."

 

9. Y no pienses que, por ser tantos, estén desordenados; porque no es allí la muchedumbre causa de confusión, sino la mayor órden y armonía: porque aquel que con tan maravillosa consonancia ordenó los movimientos de los cielos y los cursos de las estrellas, llamando a cada una por su nombre, ése ordenó todo aquel innumerable ejército de bienaventurados con tan maravilloso concierto, dando a cada uno su lugar y gloria, según su merecimiento.

 

Y así un lugar es el que allí tienen las Virgenes, otro los Confesores, otro los santos Mártires, y otro los Patriarcas y Profetas, otro los Apóstoles y Evangelistas, y así todos los demás.

 

Y de la manera que están repartidos y aposentados los hombres, así lo están en su manera los Ángeles divididos en tres gerarquías, las cuales se reparten en nueve coros, sobre todos los cuales reside el trono de la serenísima Reina de los Ángeles, que sola esta hace coro por sí, porque no tiene par ni semejante; y sobre todos, finalmente, preside aquella santa humanidad de Cristo, que está sentada a la diestra de la majestad de Dios en las alturas.

 

10. Tú, alma cristiana, discurre por estos coros: pasea por esas plazas y calles: mira el órden de estos ciudadanos, la hermosura de esta ciudad y la nobleza de estos moradores: salúdalos a cada uno por su nombre: pídeles el sufragio de su oración: saluda también esa dulce patria; y, como peregrino, que la ve aún desde lejos, envíale con los ojos el corazón, diciendo:

Dios te salve, dulce patria, tierra de promisión, puerto de seguridad, lugar de refugio, casa de bendición, reino de todos los siglos, paraíso de deleites, jardín de flores eternas, plaza de todos los bienes, corona de todos los justos y fin de todos nuestros deseos.

Dios te salve, madre nuestra, esperanza nuestra, por quien suspiramos, por quien hasta ahora damos gemidos y peleamos, pues no ha de ser en tí coronado, sino el que fielmente peleare.

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