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Fray Luis de Granada
Meditaciones y oraciones

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2-6-2005

18B3M16B

La gloria del Paraíso: La compañía de los Santos

Valencia 1851

 

Meditaciones sobre los principales misterios de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada, del sagrado Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 299 - 308
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.

 

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979. Páginas 172 – 178.

 

Tratado de la consideración de la gloria del paraíso
donde se expresa más por extenso la meditación pasada.

Capítulo diez y seis.

De lo que ayuda la meditación de la bienaventuranza de la gloria para animarnos a todos los trabajos que se han de pasar por ella.

Párrafo segundo.
Del segundo gozo que el alma recibirá con
la compañía de los Santos.

 

11. ¿Quién podrá después de este gozo declarar el que se recibirá con aquella tan dichosa compañía? Porque allí la unidad de la caridad está con toda su perfección, a la cual pertenece hacer todas las cosas comunes; y aquella petición del Salvador (Joann. 11.), que dice:

 

"Ruégote, Padre, que ellos sean una misma cosa por amor, así como nosotros lo somos por naturaleza",

allí es donde perfectamente se cumple, porque allí son todos entre sí más unidos que los miembros de un mismo cuerpo; porque todos participan de un mismo espíritu, el cual da a todos un mismo ser y una bienaventurada vida. Sino (si no) dime: ¿qué es la causa porque los miembros de un cuerpo tienen entre sí tan grande unidad y amor? La causa es, porque todos ellos participan de una misma forma, que es una misma alma, la cual da a todos ellos un mismo ser y una vida.

 

Pues si el espíritu humano tiene virtud para causar tan grande unidad entre miembros de tan diferentes oficios y naturaleza, ¿qué mucho es que aquel espíritu divino, por quien viven todos los escogidos, que es como alma común de todos, cause entre ellos otra mayor y más perfecta unidad, pues es más noble causa y más excelente virtud, que da más noble ser?

 

12. Pues dime ahora: Si esta manera de unidad y amor hace todas las cosas comunes, así las buenas como las malas, como lo vemos en los miembros de un mismo cuerpo, y en el amor de las madres para con los hijos, las cuales huelgan tanto con los bienes de ellos como en los suyos propios, siendo esto así, ¿qué gozo tendrá allí un escogido, de la gloria de todos los otros, pues a cada uno de ellas ama como a sí mismo?

 

Porque como dice San Gerónimo, aquella heredad celestial, para todos es una, para cada uno toda; porque de los gozos de todos recibe cada uno tan grande alegría, como si él mismo los poseyera. Pues ¿qué se sigue de aquí, sino que, pues es casi infinito el número de los bienaventurados, serán casi infinitos los gozos de cada uno de ellos? ¿Qué se sigue, sino que cada uno tendrá las excelencias de todos; pues lo que uno no tuviere en sí, tendrá en los otros?

 

Estos son especialmente (espiritualmente) aquellos siete hijos de Job, entre los cuales había tan grande amor y comunicación, que cada uno de ellos por su orden hacía un día de la semana su convite a todos los otros: de donde resultaba, que no menos participaría cada uno de la hacienda de los otros, que de la suya propia; y así lo propio era común de todos, y lo común propio de cada uno.

 

Esto obraba en aquellos santos hermanos el amor y la fraternidad. Pues ¿ cuánto mayor es la hermandad de los escogidos? ¿cuánto mayor el número de los hermanos? ¿y cuántos más bienes y riquezas de que gozar? (Luc. 19.)

 

Pues según esto, ¿qué convite será aquel que nos harán allí los Serafines, que son los más altos espíritus y más allegados a Dios, cuando descubran a nuestros ojos la nobleza de su condición, la claridad de su contemplación y el ardor ferventísimo de su amor?

 

¿Qué convite harán luego los Querubines, donde están encerrados los tesoros de la sabiduría de Dios? (Jer. 3.) ¿Cuál será el de los Tronos y Dominaciones, y de todos los otros bienaventurados espíritus?

 

¿Qué será gozar y ver allí señaladamente aquel ejército glorioso de los Mártires, vestidos de ropas blancas, con sus palmas en los manos y con las insignias gloriosas de sus triunfos?

 

¿Qué será ver juntas aquellas once mil vírgenes, y aquellos diez mil mártires, imitadores de la gloria y la cruz de Cristo, con otra muchedumbre innumerable?

 

¿Qué gozo será ver aquel glorioso Diácono con sus parrillas en la mano, resplandeciente mucho más que las llamas en que ardió desafiando los tiranos, y cansando los verdugos con paciencia inexpugnable?

 

¿Cuál será ver la hermosísima virgen Catarina (Catalina), coronado de rosas y azucenas, vencida la rueda de sus navajas con las armas de su fe y de la esperanza?

 

¿Cuál será ver aquellos siete macabeos con la piadosa y valerosa madre, (Mach. 8) despreciando las muertes y los tormentos, por la guarda de la ley de Dios?

 

¿Qué collar  de oro y pedrería será tan hermoso de mirar como el cuello del glorioso Bautista, que quiso antes perder la cabeza, que disimular la torpeza del Rey adúltero?

 

¿Qué púrpura resplandecerá tanto como el cuerpo del bienaventurado San Bartolomé, por Cristo desollado? (Matth. 14.)

 

Pues ¿qué será ver el cuerpo de San Estevan (Esteban) con los golpes de las piedras señalado, (Act. 8.) sino ver una ropa rozagante, sembrado de rubíes y esmeraldas?

 

Y vosotros, príncipes gloriosos de la Iglesia cristiana, ¿qué tanto resplandeceréis, el uno con la espada y el otro con el estandarte glorioso de Cristo, con que fuisteis coronados?

 

Pues ¿qué será gozar de cada una de todas estas glorias como si fuese propia?

 

iO convite glorioso! ¡O banquete real! ¡O mesa digna de Dios y de sus escogidos! Váyanse pues los mundanos a sus banquetes sucios y carnales, a romper los vientres con sus excesos y demasías. Tal convite como este convenía para Dios, donde tales manjares se sirviesen.

 

13. Sube aún más arriba sobre todos los coros de los Ángeles, y hallarás otra gloria singular, la cual maravillosamente alegra toda quella corte soberana, y embriaga con suavísima (maravillosa) dulzura la ciudad de Dios.

Alza los ojos, mira aquella Reina de misericordia llena de caridad y hermosura, de cuya gloria se maravillan los Ángeles, y de cuya grandeza se glorian los hombres. (Apoc. 12.) Esta es la Reina del cielo, coronada de estrellas, vestida de sol, calzada de la luna y bendita sobre todas las mujeres.

 

Mira pues ¿qué gozo será ver esta Señora y Madre nuestra, no ya de rodillas ante el pesebre, no ya con los sobresaltos (Luc. 2,35; Lc 3) y temores de lo que aquel santo Simeón le había profetizado; no ya llorando y buscando por todas partes al Niño perdido, sino con inestimable paz y seguridad, sentada a la diestra del Hijo, sin temor de perder jamás aquel tesoro? (Math. 2,21) Ya no será menester buscar el silencio de la noche secreta, para ocultar al Niño de las celadas de Herodes, huyendo a Egipto. Ya no se verá más al pie de la cruz, recibiendo sobre su cabeza las gotas de sangre que de los alto caían, y llevando en su manto perpétua memoria de aquel dolor. Ya no padecerá más el agravio de aquel triste cambio cuando le dieron al discípulo por el Maestro, y al criado por el Señor.

Ya no se oirán más aquellas tan dolorosas palabras que debajo de aquel árbol sangriento, con muchas lágrimas, decía:

"Quién me diese que yo muriese por tí, Absolon, hijo mío, hijo mío Absolon." (2. Reg. 18; 2 Sam. 18,33)

Ya todo esto se acabó, y la que en este mundo se vió más afligida que toda pura criatura, se verá ensalzada sobre todas ellas, (sobre toda criatura, Cant. 3, 4; 4) gozando para siempre de aquel sumo bien, y diciendo:

"Hallado he a aquel que ama mi ánima; téngole, no le dejaré."

 

14. Y si esto (éste) es tan grande gozo, ¿qué será ver aquella sacratísima humanidad de Cristo, y la gloria y hermosura de aquel cuerpo, que por nosotros fue tan afeado en la cruz?

 

"Cosa será por cierto como dice San Bernardo, llena de toda suavidad, que vean los hombres a un Hombre criador de los hombres."

 

Por honra propia tienen los deudos ver a uno de ellos (un deudo) hecho Cardenal o Papa.

 

Pues ¿cuánta mayor honra será ver aquel Señor, que es nuestra carne y nuestra sangre, sentado a la diestra del Padre, y hecho Rey de cielos y de la tierra? ¿Qué ufanos estarán los hombres entre los Ángeles cuando vean que el Señor de la posada, y el común criador de todos, no es Ángel sino hombre?

Si los hombres tienen por honra suya la que se hace a su cabeza por la grande unión que hay entre ellos y ella, ¿qué será allí, donde tan estrecha es la unión de los miembros y de la cabeza? ¿Qué será sino que todos tengan por suya propia la gloria de sus Señor? Este será un gozo tan grande, que ningunas palabras bastan a darle debido encarecimiento.

 

Pues ¿quién será tan dichoso, que merezca gozar de tanto bien?

i O quién me diese, hermano mío, que te mantienes de los pechos de mi madre, que te hallase yo allá fuera, y te diese pan (paz) con labios de devoción, (Cant. 11; 8,1) y te abrazase con labios de amor!

¡ O dulcísimo Señor! ¿cuándo será este día? ¿Cuándo pareceré delante de tu cara? ¿Cuándo me veré harto de tu hermosura? ¿Cuándo veré ese rostro en que (se) desean mirar los Ángeles?

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