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Fray Luis de Granada
Meditaciones y oraciones

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17-11-2009

18B3M7

Meditaciones para el martes en la noche. Las miserias de la vida humana

Valencia 1851.

Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 82 - 89
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.

Meditaciones para el martes en la noche.

Capítulo séptimo.

De la condición y miserias de la vida humana.

Este día, hecha la señal de la cruz con la preparación que se puso en el capítulo segundo, pensarás en la condición y miserias de esta vida, para que por ellas veas cuan vana sea la gloria del mundo, pues se funda sobre tan flaco cimiento, y en cuán poco se debe temer el hombre a sí mismo, pues a tantas miserias está generalmente expuesto.

Para esto considera primeramente la vileza del orígen y nacimiento del hombre: conviene a saber: la manera de su concepción; las angustias y dolores del parto, la fragilidad y miserias de su cuerpo, según que adelante se tratará.

Lo segundo considera las grandísimas miserias de la vida que vives, y señaladamente en estas siete siguientes.

Primera, considera cuán breve sea esta vida, pues el más largo término de ella es setenta u ochenta años; porque todo lo demás, si algo queda, es trabajo y dolor. Y si de aquí se saca el tiempo de la niñez, que más es vida de bestia que de hombre, y el que se gasta durmiendo, cuando no usamos de los sentidos ni de la razón, hallaremos aún ser más breve de lo que parece. Y si sobre todo esto lo comparas con la eternidad de la vida venidera, apenas te parecerá esta un solo punto. Por donde verás cuán desvariados son los vivientes que por gozar de este soplo de vida tan breve se ponen a perder el descanso de aquella que para siempre durará.

Segunda, considera cuán incierta sea esta vida, que es otra miseria sobre la pasada; porque no basta ser der suyo tan breve como es, sino que eso poco que hay de vida, no está seguro, sino dudoso; porque ¿cuántos llegarán a estos setenta u ochenta años que dijimos? ¿a cuántos se corta la tela en comenzándose a tejer? ¿cuántos se van en flor, como dicen, o en agráz? No sabéis, dice el Salvador, cuando vendrá vuestro Señor, si a la mañana, si al medio día, si a la media noche, si al canto del gallo: esto es, no sabéis si vendrá en el tiempo de la niñez, o de la mocedad, o de la juventud, o de la vejéz.

Aprovéchate para mejor sentir esto, acordándote de la muerte de muchas personas que habrás conocido en este mundo, especialmente de tus amigos y familiares, y de aquellas ilustres y señaladas, a las cuales asaltó la muerte en diversas edades, y dejó burlados todos sus propósitos y esperanzas. Conocía yo un sujeto que tenía hecho un memorial de todas las personas señaladas que en este mundo había conocido en todo género de estados, que eran ya difuntos; alguna vez lo leía o pasaba por la memoria, y en cada uno de ellos se le representaba sumariamente toda la tragedia de su vida, la burlería y engaño de este mundo, y el paradero y fin de las cosas humanas; por lo cual entendía con cuánta razón había dicho el Apóstol, que se pasa la figura de este mundo: (1. Cor. 7.) en lo cual quiso dar a entender el poco ser que tienen las cosas de esta vida, pues no las quiso llamar cosas verdaderas, sino solamente figuras que no tienen ser, sino parecer, por donde aún son más engañados.

Tercera, piensa cuán frágil y quebradiza sea esta vida, y hallarás que no hay vaso de vidrio tan delicado como ella es, pues un aire, un sol, un jarro de agua fría, un vaho de un enfermo basta para despojarnos de ella, como parece por las experiencias cotidianas de muchas personas, a las cuales en lo más florido de su edad bastó para derribarlas cualquiera ocasión de las sobredichas.

Cuarta, considera cuán mudable es, y cómo nunca permanece en un mismo ser, para lo cual debes meditar, cuánta sea la mudanza de nuestros cuerpos, los cuales nunca perseveran en una misma disposición, y cuanto mayor la de los ánimos, que siempre andan como el mar, alterados con diversos vientos y olas de pasiones, que a cada hora nos perturban; y finalmente, cuánta la de todo hombre que está sujeto a todos los vaivenes de la fortuna, la cual nunca permanece en un mismo ser, sino siempre rueda de un lugar a otro.

Y sobre todo esto considera cuán contínuo sea el movimiento de nuestra vida, pues día y noche nunca para, sino que siempre va perdiendo de su derecho, y gastándose como una vestidura con el uso, y acercándose cada hora más y más a la muerte. Según esto

·       ¿qué es nuestra vida sino una candela que siempre se está gastando, y mientras más arde y resplandece, más se gasta?

·       ¿qué es nuestra vida sino una flor que se abre a la mañana, y al medio día se marchita, y a la tarde se seca?

Así la comparó el Profeta en el salmo ochenta, cuando dijo:

“La mañana de la niñez se pasa como una yerba, a la mañana florece, luego se pasa, y a la tarde caésele la flor, endurécese y sécase.”

Quinta, considera cuán engañosa es, que por ventura es lo peor que tiene; porque por esta vida nos engañamos, pues siendo fea, nos parece hermosa, y siendo breve, a cada uno la suya le parece larga; y siendo tan miserable, parece tan amable, que no hay peligro, ni trabajo, ni pérdida, a que no se pongan los hombres por ella, aunque sea haciendo cosas, por donde vengan a perder la vida eterna.

Sexta, considera cómo a más de ser tan breve, etc. según está dicho, eso poco que hay de vida, está sujeto a tantas miserias, así del alma como del cuerpo, que toda ella no es otra cosa, sino un valle de lágrimas y un piélago de infinitas desdichas. Escribe San Gerónimo, que Xerxes, aquel poderosísimo Rey, que derribaba los montes y allanaba los mares, como se subiese a un monte alto a ver desde allí un ejercito que tenía juntado de infinitas gentes, después que lo hubo bien mirado, dice, que se puso a llorar. Preguntando ¿por qué lloraba? Respondió: lloro porque de aquí a cien años no estará vivo ninguno de cuantos aqui veo presentes.

Sobre lo cual dice San Gerónimo: si pudiésemos subir nosotros a alguna atalaya tan alta, que desde ella pudiésemos ver toda la tierra debajo de nuestros pies, desde allí veríamos las caídas y miserias de todo el mundo, y gentes destruídas por gentes, y reinos por reinos; veríamos cómo a unos atormentan; a otros matan; unos se ahogan en el mar; otros son llevados cautivos; aquí veríamos bodas; allá llantos; aquí nacer unos; allí morir otros; unos abundar en riquezas; otros mendigar; y finalmente, veríamos, no sólo el ejército de Xerxes, sino a todos los hombres del mundo que ahora viven, y de aquí a poco tiempo acabarán.

Séptima, discurre también por todas las enfermedades y trabajos de los cuerpos hermanos, y por todas las aflicciones y cuidados de los espíritus, y por los peligros que hay, así en todos los estados, como en todas las edades de los hombres; y verás aún más claro cuántas son las miserias de esta vida, para que viendo tan claramente cuán poco es todo lo que el mundo puede dar, más fácilmente lo menosprecies.

A todas estas miserias sucede la última que es el morir: lo cual, así para lo del cuerpo, como para lo del alma, es la última de todas las cosas terribles: pues el cuerpo será en un punto despojado de todas las cosas, y del alma se ha de determinar entonces lo que para siempre ha de ser.

Acabada la meditación, síguese luego el hacimiento de gracias y el ofrecimiento y petición, como se dijo en el capítulo segundo.

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