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Fray Luis de Granada |
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18B3M7 |
Meditaciones para el martes en la noche. Las miserias de la vida humana |
Valencia 1851. |
Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado
Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 82 - 89
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.
Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda
edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.
Meditaciones para el martes en la noche.
Capítulo séptimo.
De
la condición y miserias de la vida humana.
Este día, hecha la señal de
la cruz con la preparación que se puso en el capítulo segundo, pensarás en la
condición y miserias de esta vida, para que por ellas veas cuan vana sea la
gloria del mundo, pues se funda sobre tan flaco cimiento, y en cuán poco se
debe temer el hombre a sí mismo, pues a tantas miserias está generalmente
expuesto.
Para esto considera primeramente la vileza del orígen y nacimiento del
hombre: conviene a saber: la manera de su concepción; las angustias y dolores
del parto, la fragilidad y miserias de su cuerpo, según que adelante se
tratará.
Lo segundo considera las grandísimas miserias de la vida que vives, y señaladamente en
estas siete siguientes.
Primera, considera cuán breve sea
esta vida, pues el más largo término de ella es setenta u ochenta años; porque
todo lo demás, si algo queda, es trabajo y dolor. Y si de aquí se saca el
tiempo de la niñez, que más es vida de bestia que de hombre, y el que se gasta
durmiendo, cuando no usamos de los sentidos ni de la razón, hallaremos aún ser
más breve de lo que parece. Y si sobre todo esto lo comparas con la eternidad
de la vida venidera, apenas te parecerá esta un solo punto. Por donde verás
cuán desvariados son los vivientes que por gozar de este soplo de vida tan
breve se ponen a perder el descanso de aquella que para siempre durará.
Segunda, considera cuán incierta sea esta vida, que es otra miseria sobre la pasada;
porque no basta ser der suyo tan breve como es, sino que eso poco que hay de
vida, no está seguro, sino dudoso; porque ¿cuántos llegarán a estos setenta u
ochenta años que dijimos? ¿a cuántos se corta la tela en comenzándose a tejer? ¿cuántos
se van en flor, como dicen, o en agráz? No sabéis, dice el Salvador, cuando
vendrá vuestro Señor, si a la mañana, si al medio día, si a la media noche, si
al canto del gallo: esto es, no sabéis si vendrá en el tiempo de la niñez, o de
la mocedad, o de la juventud, o de la vejéz.
Aprovéchate para mejor sentir esto, acordándote de
la muerte de muchas personas que habrás conocido en este mundo, especialmente
de tus amigos y familiares, y de aquellas ilustres y señaladas, a las cuales
asaltó la muerte en diversas edades, y dejó burlados todos sus propósitos y esperanzas. Conocía yo un sujeto
que tenía hecho un memorial de todas las personas señaladas que en este mundo
había conocido en todo género de estados, que eran ya difuntos; alguna vez lo
leía o pasaba por la memoria, y en cada uno de ellos se le representaba
sumariamente toda la tragedia de su vida, la burlería y engaño de este mundo, y
el paradero y fin de las cosas humanas; por lo cual entendía con cuánta razón
había dicho el Apóstol, que se pasa la figura de este mundo: (1. Cor. 7.) en lo cual quiso dar a
entender el poco ser que tienen las cosas de esta vida, pues no las quiso
llamar cosas verdaderas, sino solamente figuras que no tienen ser, sino
parecer, por donde aún son más engañados.
Tercera, piensa cuán frágil y quebradiza sea esta vida, y hallarás que no hay vaso
de vidrio tan delicado como ella es, pues un
aire, un sol, un jarro de agua fría, un vaho de un enfermo basta para
despojarnos de ella, como parece por las experiencias cotidianas de muchas
personas, a las cuales en lo más florido de su edad bastó para derribarlas
cualquiera ocasión de las sobredichas.
Cuarta, considera cuán mudable es, y cómo nunca permanece en un mismo ser, para lo
cual debes meditar, cuánta sea la mudanza de nuestros cuerpos, los cuales nunca
perseveran en una misma disposición, y cuanto mayor la de los ánimos, que
siempre andan como el mar, alterados con diversos vientos y olas de pasiones,
que a cada hora nos perturban; y finalmente, cuánta la de todo hombre que está
sujeto a todos los vaivenes de la fortuna, la cual nunca permanece en un mismo
ser, sino siempre rueda de un lugar a otro.
Y sobre todo esto considera cuán contínuo sea el
movimiento de nuestra vida, pues día y noche nunca para, sino que siempre va perdiendo
de su derecho, y gastándose como una
vestidura con el uso, y acercándose cada hora más y más a la muerte. Según
esto
· ¿qué es
nuestra vida sino una candela que
siempre se está gastando, y mientras más arde y resplandece, más se gasta?
· ¿qué es nuestra vida sino una flor que se abre a la mañana, y al
medio día se marchita, y a la tarde se seca?
Así la comparó el Profeta en el salmo ochenta,
cuando dijo:
“La mañana de la niñez se pasa como una yerba, a la
mañana florece, luego se pasa, y a la tarde caésele la flor, endurécese y
sécase.”
Quinta, considera cuán engañosa es, que por ventura es lo peor que tiene; porque por
esta vida nos engañamos, pues siendo fea, nos parece hermosa, y siendo breve, a
cada uno la suya le parece larga; y siendo tan miserable, parece tan amable,
que no hay peligro, ni trabajo, ni pérdida, a que no se pongan los hombres por
ella, aunque sea haciendo cosas, por donde vengan a perder la vida eterna.
Sexta, considera cómo a más de ser tan breve, etc. según está dicho, eso
poco que hay de vida, está sujeto a tantas miserias, así del alma como del
cuerpo, que toda ella no es otra cosa, sino un valle de lágrimas y un piélago de infinitas desdichas. Escribe San Gerónimo, que Xerxes, aquel poderosísimo Rey, que derribaba los montes y allanaba
los mares, como se subiese a un monte alto a ver desde allí un ejercito que
tenía juntado de infinitas gentes, después que lo hubo bien mirado, dice, que se puso a llorar. Preguntando ¿por qué lloraba? Respondió: lloro porque
de aquí a cien años no estará vivo ninguno de cuantos aqui veo presentes.
Sobre lo cual dice San Gerónimo: si pudiésemos
subir nosotros a alguna atalaya tan alta, que desde ella pudiésemos ver toda la
tierra debajo de nuestros pies, desde allí veríamos las caídas y miserias de
todo el mundo, y gentes destruídas por gentes, y reinos por reinos; veríamos
cómo a unos atormentan; a otros matan; unos se ahogan en el mar; otros son
llevados cautivos; aquí veríamos bodas; allá llantos; aquí nacer unos; allí
morir otros; unos abundar en riquezas; otros mendigar; y finalmente, veríamos,
no sólo el ejército de Xerxes, sino a todos los hombres del mundo que ahora
viven, y de aquí a poco tiempo acabarán.
Séptima, discurre también por todas las
enfermedades y trabajos de los cuerpos hermanos, y por todas las aflicciones y
cuidados de los espíritus, y por los peligros que hay, así en todos los
estados, como en todas las edades de los hombres; y verás aún más claro cuántas
son las miserias de esta vida, para que viendo tan claramente cuán poco es todo
lo que el mundo puede dar, más fácilmente lo menosprecies.
A todas estas miserias sucede la última que es el morir: lo cual, así para lo del cuerpo, como para lo del alma, es
la última de todas las cosas terribles: pues el cuerpo será en un punto despojado
de todas las cosas, y del alma se ha de determinar entonces lo que para siempre
ha de ser.
Acabada la meditación, síguese luego el hacimiento de gracias y el
ofrecimiento y petición, como se dijo en el capítulo segundo.