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Fray Luis de Granada
Meditaciones y oraciones

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18-11-2009

18B3M8A

Meditaciones para el martes en la noche. Del origen y nacimiento del hombre.

Valencia 1851.

Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 91 - 97
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.

Meditaciones para el martes en la noche.

Capítulo octavo.

TRATADO de la consideración de las miserias de la vida humana
en que se declara por más extenso la meditación pasada.

Párrafo primero.

De las miserias de esta vida, del origen y nacimiento del hombre; y de las condiciones de la vida que vive.

Para que no caigas en este engaño, ni en otros mayores que de aquí se siguen, considera con atención lo siguiente.

Comenzando pues este negocio por sus principios, considera primeramente de qué materia se ha compuesto el cuerpo del hombre: porque de la nobleza o bajeza de la materia se suele muchas veces conocer la condición de la obra. Dice la Escritura divina, que crió Dios al hombre del cieno de la tierra. Entre todos los elementos, el más bajo es la tierra; y entre todas las partes de la tierra, la más baja es el cieno: según lo cual parece haber criado Dios al hombre de la más vil y baja cosa del mundo.

De manera que los Reyes, los Emperadores, y los Papas, por muy altos y esclarecidos que sean, cieno son. Entendían muy bien esto los egipcios, de los cuales se escribe, que celebrando cada un año la fiesta de su nacimiento, tenían en las manos unas yerbas que nacen en las lagunas cenagosas, para significar la semejanza y parentesco que los hombres tenemos con la paja y con el cieno, que es el común padre de entrambos. Pues si tal es la materia de que somos compuestos, ¿de qué te ensorbeces, polvo y ceniza? ¿de qué te ensorbeces, paja y cieno?

La manera y artificio con que se edificó la obra de esta materia, no es para decirse, ni para mirarse, sino para pasar adelante, cerrados los ojos, por no ver cosa tan fea. Si los hombres supiesen tener vergüenza de lo que era razón, de ninguna cosa se afrentarían más, que ver de la manera en que son concebidos. Solamente diré una cosa, y es, que aquel tan piadoso Señor que vino a este mundo a tomar sobre sí todas nuestras miserias para descargarnos de ellas, sóla esta fue la que en ninguna manera quiso tomar.

Y no pareciéndole cosa fea ser abofeteado, escupido y tenido por el más bajo de los hombres, sóla este le pareció indigna de su Majestad, si fuese concebido de la manera que ellos: pues ya la substancia de que se sustentan estos cuerpos antes que nazcen, no es tan limpia que se deba hacer memoria de ella, ni tampoco de otras muchas suciedades, que al tiempo de nacer se ven cada día.

Vengamos al punto: ¿qué cosa más miserable que ver parir a una mujer? ¿qué dolores tan agudos, qué vueltas, qué vaivenes tan peligrosos, qué ahullidos y gritos tan lastimosos? Dejo de decir de los partos monstruosos y reservados: porque esto sería nunca acabar.

·       Y con todo esto, ya que sale a luz la criatura, sale llorando, pobre, desnuda, flaca, miserable y necesitada de todas las cosas, e inhabilitada para todas.

Los otros animales salen calzados y vestidos, unos de lana, otros de escamas, otros de plumas, otros de cueros, otros de conchas; hasta los árboles nacen vestidos de cortezas, y estas a veces dobladas; sólo el hombre nace desnudo, sin ningún género de vestidura, sino una piel sucia y asquerosa en que sale envuelto. Con estos atavíos sale al mundo el que después de haber salido, por su soberbia no cabe en todo el universo.

Además de esto, los otros animales, a la hora que nacen, luego saben buscar lo que les cumple, y tienen habilitades para ello. Unos andan, otros nadan, otros vuelan, y cada uno finalmente, sin maestro sabe buscar lo que le es necesario.

Sólo el hombre ninguna cosa sabe ni puede hacer, sino en brazos ajenos. ¿Cuántos meses gasta en aprender a andar? Y aún esto, primero en cuatro pies que en dos. ¿Cuánto tiempo está sin hablar? Y no solamente hablar, más ni aún comer sabe, si no se lo muestran. Una sola cosa sabe hacer por sí mismo, que es llorar. Esta es la primera que hace, y la que sólo sabe hacer sin maestro, y el reír que por sí también lo entiende, aunque no lo suele hacer hasta los cuarenta días después de nacido, como quiera que siempre llore; para que entiendas que más pronta está la naturaleza para lágrimas que para alegría.

¡O locura de los hombres, dice el Sabio, que con tales y tan bajos principios creen haber nacido únicamente para soberbia!

El mismo cuerpo del hombre, de que tanto se precian los vivientes, querría que mirases con buenos ojos, qué tal es por muy hermoso que por fuera parezca. Dime, ruégote, ¿qué otra cosa es el cuerpo humano, sino un vaso dañado, que todos cuantos licores echan en él, luego los aceda y corrompe? ¿qué es el cuerpo humano, sino un muladar cubierto de nieve, que por de fuera parece blanco, y dentro está lleno de inmundicias? ¿qué muladar hay tan sucio? ¿qué albañal, que tales cosas eche de sí por todos sus desaguaderos? Los árboles y las yerbas, y aún algunos animales dan de sí muy suave olores; mas el hombre tales cosas echa de sí que no parece ser otra cosa sino un manantial de suciedad.

De un grande filósofo, llamado Plótino, se escribe que se afrentaba de la condición y bajeza de su cuerpo, y que oía de mala gana que se hablase de su linaje; y nunca se pudo lograr de él, que consintiese en sacar al natural un retrato de su figura, diciendo que bastaba traer consigo una cosa tan fea y tan indigna de la generosidad de su alma todo el tiempo de su vida, para no obligarse a que para siempre quedase memoria perpétua de su deshonra.

Del abad Isidoro se escribe, que estando una vez comiendo, no se podía contener las lágrimas; y preguntado, ¿por qué lloraba? Respondió: lloro porque me avergüenzo de estar aquí comiendo manjar corruptible de bestias, habiendo sido criado para estar en compañía de ángeles y comer con ellos el mantenimiento divino.

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