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Fray Luis de Granada
Meditaciones y oraciones

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8-12-2009

18B3M8G

Meditaciones para el martes en la noche. De cuán miserable sea nuestra vida.

Valencia 1851.

Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 123-133.
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis. - Comparado con:

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.

Meditaciones para el martes en la noche.

Capítulo octavo.

TRATADO de la consideración de las miserias de la vida humana
en que se declara por más extenso la meditación pasada.

Párrafo séptimo.
De cuán miserable sea nuestra vida.

Aunque nuestra vida tiene todas estas miserias susodichas, si esto que hay de vida fuese todo vida, algo fuera. Mas lo que excede toda miseria es que eso tanto cuanto que hay de vida, está sujeto a tantas miserias y trabajos, así de espìritu como de cuerpo, que más se puede llamar muerte que vida; pues, como dice un poeta, no es vivir sino pasarlo bien de la vida. De manera, que aunque en todas cosas sea esta vida estrecha y breve, en sólo trabajos y miserias es rica y larga. Breve es sin duda para vivir, breve para gozar, y breve para alcanzar sabiduría: mas con ser para todas las cosas buenas breve, para una sola la hallo larga, que es para penar.

¡O peligroso estrecho, de cuánto tiempo menos de término en el espacio, tanto tienes más de peligro en el pasaje! Ciertamente si ojos tuviésemos para mirar, siempre habíamos de andar llorándonos, como hombres, por justo juicio de Dios, condenados a tan grandes males.

Mas porque por todas partes fuésemos miserables, esta miseria se había de añadir a las otras, que a manera de frenéticos, estando como estamos, no sintiésemos nuestro daño.

Mejor lo sentían aquellos dos filósofos, aunque gentiles, Heráclito y Demócrito, de los cuales el uno, dicen que siempre andaba llorando, y el otro siempre riendo, porque veían claro como toda nuestra vida no era otra cosa, sino para vanidad y miseria.

Si no dime: ¿cuántos son los cuidados en que viven los hombres, las congojas, los temores, las lágrimas, las pasiones, las sospechas, las malicias, con todas las otras tribulaciones y aflicciones del alma? A las cuales pasiones está el hombre tan sujeto, que muchas veces se apasiona sin causa y teme donde no hay que temer, y cuando le falta quien le atormente de fuera, él mismo se es tormento de dentro, como decía el santo Job: (Job, 14.):

“Por qué me pusiste, Señor, contrario a tí, y soy hecho pesado a mí mismo?”

Pues las miserias exteriores del cuerpo ¿quién las contará? ¿cuánto trabajo es menester para ganar un pedazo de pan, con que sustentar la vida? Los pajarillos y los brutos irracionales, sin ningún oficio ni trabajo se mantienen; y el hombre ha menester sudar noche y día, y revolver el mar y la tierra para este fin. Esta es aquella miseria que lloraba el profeta, cuando decía:

“Los días de nuestra vida (Psalm. 86.) gastamos como las arañas: porque así como este animal trabaja noche y día en aquella tela que hace, desentrañándose y consumiéndose por darle cabo, y todo este trabajo tan largo y tan costoso no se ordena a más que a hacer una red muy delicada para cazar moscas; así el hombre miserable, ninguna cosa hace sino trabajar noche y día con espíritu y cuerpo; y todo este trabajo no sirve más que para cazar moscas, que son cosas del aire y de muy poco valor. Y algunas veces sucede, después de muchos caminos y trabajos, acabada ya la tela, un viento recio que sobreviene se lleva la tela y a su dueño también con ella, y así perece el trabajo y el trabajador todo junto en un momento.”

Y aun si con todos estos trabajos estuviese la vida segura, no sería tan grande nuestra miseria. Mas ya que la vida esté segura de hambre, no lo está de pestilencia y de otros infinitos peligros y enfermedades que a cada paso lo asaltan. ¿Quién podrá contar cuántos géneros de enfermedades tiene prevenidas la naturaleza para el cuerpo de un hombre? Llenos están los libros de los médicos de enfermedades y de remedios; y cada día crece la doctrina con la novedad de los males; y excede ya el ingenio de los pasados en número de los males presentes. Y entre todos estos remedios apenas hay uno deleitable: y muchos hay más penosos que la misma dolencia: de manera, que no se puede desechar un tormento grande sin otro mayor.

Y si alguna complexión hay tan dichosa, que no haya lidiado con estos males, no está segura de otros acaecimientos, con que cada día peligran aquellos a quienes las enfermedades perdonan.

¿Cuántos millares de hombres se bebe cada día el mar? ¿cuántos se tragan las guerras? ¿cuántos han peligrado con temblores de tierra, con crecientes de ríos, con caídas de casas, con picaduras y heridas de bestias ponzoñosas? ¿cuántas mujeres en el parto compraron las vidas que dieron a los hijos con sus propias muertes?

Y ya que las bestias pelean contra nosotros, y casi todas las cosas que fueron criados para nuestro bien, no menos son para nuestro daño, que para nuestro servicio; antes parece que todas ellas se han conjurado contra nosotros: ya que esto es así, fuera algún remedio, si los hombres se hicieran a una, y fueran tan conformes en la paz, como lo son en la naturaleza. Mas no es así, que ellos mismos han vuelto sus armas contra sí mismos; y entre todas las criaturas no hay otra contra quien más se encruelezca el hombre, que contra el consorte de su misma naturaleza.

¿Cuántos géneros de máquinas, de municiones y de armas han inventado los hombres para ofender y defenderse de otros hombres? ¿a cuántos despoja cada día de la vida la espada cruel del enemigo? ¿cuántas amenazas, robos, injurias, heridas, muertes, deshonras y cautiverio padecen cada día unos hombres de otros hombres?

·       Ni la tierra, ni el mar, ni los caminos, ni las plazas públicas están seguras de ladrones, de salteadores, de corsarios y de enemigos.

A donde quiera halla prevención la ira cruel para tomar de su enemigo dulce venganza. ¿Qué quiere decir tanta espada, tanta artillería, tanta munición, tanta pólvora, tantos maestros e inventores de nuevos pertrechos y ardides de guerra, sino multiplicarse por todas partes las calamidades del género humano; para que, cuando el aire y el cielo nos perdonaren, nos persigan los compañeros de nuestra misma naturaleza?

De un solo hombre, llamado Julio César, que entre todos los Emperadores fue muy alabado por clemente, se escribe, que él solo con sus ejércitos, mató en diversas batallas un cuento y ciento y tantos mil hombres. Mira tú, cuanto más mal hiciera si fuera cruel; pues tanto hizo el celebrado por piadoso.

Tulio hace memoria de un filósofo insigne que escribió un libro de las muertes de los hombres, el el cual cuenta muchas cosas de mortandades que ha habido en el mundo: como fueron diluvios, pestilencias, destrucciones, concurso de bestias fieras, que viniendo súbitamente sobre algunas gentes, del todo las acabaron y consumieron; y después de esto viene a concluir, que mucho mayor número de hombres ha sido destruídos por otros hombres, que por todas las otras maneras de calamidades juntas en una. Pues ¿qué cosa puede ser de mayor dolor y admiración? ¿este es aquel animal político, sociable y racional, nacido sin uñas, sin armas, y sin pozoña, para vivir con los otros animales en paz y concordia?

Pues ¿qué será sobre todo esto, si discurrimos por las miserias de todas las edades y estados de esta vida? ¿cuán llena de ignorancia la niñez, cuán liviana la mocedad, cuán arrebatada la juventud y cuán pesada la vejéz? ¿qué es el niño, sino un animal bruto en figura de hombres? ¿qué es el mozo, sino un caballo desbocado y sin freno? ¿qué el viejo ya pasado, sino un saco de enfermedades y dolores? El mayor deseo que tienen los hombres es de llegar a esta edad, donde el hombre está más necesitado que en toda la vida y menos socorrido. Al viejo desampara el mundo, desamparan hasta sus deudos, y desamparan hasta sus miembros y sentidos: él mismo se desampara a sí; pues ya le falta el uso de la razón, y solamente le acompañan enfermedades. Este es el blanco en donde tiene puestos los ojos la felicidad humana y ambición de la vida.

De los estados no acabaríamos de decir el poco contentamiento que hay en ellos, y deseo que cada uno tiene de trocar el suyo por el ajeno, creyendo que en él tendrían más reposo.

Y así andan los hombres como el enfermo, que no hace sino dar vuelcos en la cama a una parte y a otra, creyendo que con estas mudanzas hallará más descanso del que tenía, y no lo halla, porque dentro de sí tiene la causa de su desasosiego, que es la dolencia.

Finalmente, tal es esta vida, que pudo con muy grande razón decir el Sabio:

Grande y pesado es el yugo que traen acuestas los hijos de Adán, desde el día que salen del vientre de sus madres, hasta el día de la sepultura, que es común madre de todos.”

Y San Bernardo osó decir, que le parecía a él poco menos mal esta vida, que la del infierno, si no fuera por la esperanza que en ella tenemos de poder ganar el cielo.

Y aunque todo esto fue castigo del pecado: pero fue castigo piadoso y medicinal: porque todo esto lo ordenó así aquella soberana providencia para apartar nuestros corazones del amor desordenado de esta vida. Por esto nos puso tanto acíbar en sus pechos, para destetarnos de ella: por esto nos la afeó tanto, porque no pusiésemos nuestro amor en ella: por esto quiso que recibiésemos tantos malos tratamientos en ella, porque de mejor gana la dejásemos y suspirásemos siempre por la vida verdadera.

Porque si aun con ser tal cual es, la dejamos de tan mala gana, y todavía  lloramos por sus frutos y carnes de Egipto: (Num 11.) ¿qué hiciéramos si toda ella fuera deleitable y a nuestro gusto? ¿quién la menospreciará por Dios? ¿quién la trocará por el cielo? ¿quién dijera con San Pablo: (Phil. 1.)

„Deseo ser desatado de esta carne y verme con Cristo.“

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