ETIKA E

Fray Luis de Granada
Meditaciones y oraciones

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17-12-2009

18B3M9

Meditaciones para el miércoles en la noche. La muerte.

Valencia 1851.

Meditaciones sobre los principales misterios
de nuestra Santa Fe, y doctrina para la oración.
Por el V. P. M. Fr. Luis de Granada,
del sagrado Orden de Predicadores.
Valencia. Imprenta de D. Agustin Laborda. Año de 1851. Páginas 141-149.
Con aprobación y licencia de la Autoridad Eclesiástica de esta diócesis.

Fray Luis de Granada: Libro de la oración y meditación.
Segunda edición. Ediciones Palabra, S. A., Madrid, 1979.

Meditaciones para el miércoles en la noche.

Capítulo nono.

Consideración de la muerte.

Este día, hecha la señal de la cruz con la preparación que se puso en el capítulo segundo, pensarás en el paso de la muerte, que es una de las más provechosas consideraciones que un cristiano puede tener, así para alcanzar la verdadera sabiduría y para huír del pecado, como también para comenzar con tiempo a prepararse para la hora de morir.

Mas para que esta consideración te sea provechosa, debes pedir a Nuestro Señor te dé a sentir algo de lo que en esta última batalla se pasa, para que de tal manera ordenes tus cosas y tu vida, corno entonces querrías haber vivido: y para que mejor puedas sentir algo de esto, no lo pienses como cosa agena, sino como tuya propia, haciendo cuenta que estás acostado en una cama, desahuciado (1851: desauciado) ya de los médicos y entendiendo ciertamente que has de morir.

Piensa pues lo primero cuán incierta es aquella hora en que te ha de asaltar la muerte; porque no sabes en qué día, ni en qué lugar, ni en qué disposición te cojerá. Solamente sabes que has de morir, todo lo demás es incierto, sino que ordinariamente suele sobrevenir esta hora al tiempo en que el hombre esta más descuidado y olvidado de ella.

Lo segundo, piensa en el apartamiento que allí se ha de hacer, no sólo entre todas las cosas que se aman en este mundo , sino también entre el alma y el cuerpo, compañía tan antigua y tan amada. Si se tiene por grande mal el destierro de la patria y de los aires en que el hombre se crió, pudiendo el desterrado llevar consigo todo lo que ama: ¿cuánto  mayor será el destierro universal de todas las cosas, de la casa, de la hacienda, de los amigos, del padre, de la madre, de los hijos, de esta luz y aire común, y, finalmente, de todas las cosas? Si un buey da bramidos cuando le apartan de otro buey con quien araba, ¿qué bramido será el de tu corazon, cuando te aparten de todos aquellos, con cuya compañía llevaste acuestas el yugo de las cargas de esta vida?

Considera también la pena que el hombre allí recibe, cuando se le representa en lo que han de parar cuerpo y anima después de la muerte; porque el cuerpo ya se sabe que por muy honrado que haya sido, no puede tener otra suerte mejor que un hoyo de siete pies de largo en compañía de los otros muertos: mas del alma no se sabe cierto lo que será, ni qué suerte le ha de caber; porque aunque la esperanza de la divina misericordia lo esfuerza, la consideración de sus pecados lo desmaya.

Júntase también con esto la grandeza de la justicia de Dios y la profundidad de sus juicios, el cual muchas veces cruza los brazos y trueca las suertes de los hombres. El ladrón sube de la cruz al paraíso, (Luc. 23: Matt. 7: 2 Par. 30, et 33: 3 Reg. 11.) Judas cae en el infierno, de la cumbre del Apostolado; Manases halló lugar de penitencia después de tantas abominaciones, y Salomón no sabemos si lo halló después de tantas virtudes.

Esta es una de las mayores congojas que allí se·padecen: saber que hay gloria y pena para siempre, y estar tan cerca de lo uno y de lo otro, y no saber cuál de estas dos suertes tan desiguales nos ha de caber.

Tras de esta congoja se sigue otra no rnenor, que es la cuenta que allí se ha de dar, la cual es tal que hace temblar aun a los más esforzados. Del Abad Arsenio se escribe que, estando ya para morir comenzó a temer, y como sus discípulos le dijesen: Padre, ¿y tú ahora temes?, respondió: Hijos, no es nuevo en mí este temor, porque siempre viví con él.

Allí pues se le representarán al hombre todos los pecados de la vida pasada, como un escuadrón de enemigos que viene a dar sobre él, y los rnas grandes y en que mayor deleite recibió, estos se representarán más vivamente, y le serán causa de mayor temor.

·       Allí viene a la memoria la doncella deshonrada, la casada solicitada, el pobre despojado o maltratado, y el prójimo escandalizado.

Allí dará voces contra mí, no la sangre de Abel, sino la sangre de Cristo, la cual yo derramé y desprecié, cuando al prójimo escandalicé; y si esta causa se ha de sentenciar según aquella ley, que dice: Ojo por ojo, diente por diente y herida por herida: ¿qué espera quien echó a perder un alma, (Exod. 21, 24.) si lo juzgan por esta ley?

¡O cuán amarga es allí la memoria dei deleite pasado que en otro tiempo parecía tan dulce! Por cierto con mucha razón dijo el Sabio: (Prov. 23, 31.) No mires al vino cuando está dorado, y cuando resplandece en el vidrio su color, porque aunque al tiempo de beber parece blando, mas a la postre muerde como culebra y derrama su ponzoña como basilisco. iO si supiesen los hombres cuan grande verdad es esta que aquí se nos dice!

¿Qué picadura hay de culebra que así lastime, como aquí lastimará la memoria del deleite pasado? Estas son las heces (Apoc. 17.) de aquel brebaje ponzoñoso del enemigo; este es el dejo que tiene aquel cáliz (Jer. 51, 7.) de Babilonia por defuera dorado.

Después de esto suceden los Sacramentos de la confesión y comunión, al cabo el de la extrema-unción, que es el último socorro con que la Iglesia nos puede ayudar en aquel trabajo; y así en este como en los otros, debes considerar las ansias y congojas que allí el hombre padecerá por haber vivido mal; y cuánto quisiera haber llevado otro camino; y qué vida haría entonces si le diesen tiernpo para ello, y cómo allí se esforzará a llamar a Dios; mas los dolores y la prisa de la enfermedad apenas le darán lugar.

Mira también allí aquellos postreros accidentes de la enfermedad, que son como mensajeros de la muerte: cuán espantosos son y cuán para temer.

·       Levántase el pecho,

·       enronquécese la voz,

·       muerense los pies,

·       hiélanse las rodillas,

·       afílase la nariz,

·       húndense los ojos,

·       parece el rostro difunto,

·       la lengua  no acierta ya a hacer su oficio;

·       y finalmente, con la prisa del alma que se parte, turbados todos los sentidos pierden su valor y virtudes.

Mas, sobre todo, el alma es la que allí padece mayores trabajos, la cual está entonces batallando y agonizando, parte por la salida y parte por el temor de la cuenta, porque ella, naturalmente rehusa la salida, ama la estada, y teme la cuenta.

Salida ya el alma de las carnes, aún te quedan dos caminos que andar: el uno acompañando el cuerpo hasta la sepultura, y el otro siguiendo el alma hasta la determinacion de su causa, considerando lo que a cada una de estas partes acaecerá.

Mira, pues, cuál queda el cuerpo después que su alma lo desampara, cual es aquella noble vestidura que le preparan para enterrarlo, y cuán presto procuran echarlo de casa.

Considera su entierro con todo lo que en él pasará: el doblar de la campanas, el preguntar todos por el muerto, los oficios y cantos dolorosos de la Iglesia, el acompañamiento y sentimientos de los arnigos; y finalmente todas las particularidades que allí suelen acontecer hasta dejar el cuerpo en la sepultura, donde quedará en perpétuo olvido.

Y según vemos que se muda el curso de las cosas humanas, podrá ser algún tiempo venga a hacerse algun edificio junta a tu sepultura, por muy esclarecida que sea, y que saquen de ella tierra para hacer una pared, y vendrá tu pobre cuerpo, hecho tierra, a ser después una tapia, aunque ahora sea el más noble y regalado del mundo. Si no dime: ¿cuántos cuerpos de Reyes y Emperadores habrán venido a parar en esta dignidad?

Pues dejando el cuerpo ya enterrado, vete luego en pos del alma, y mira el camino que llevará por aquella nueva región, en lo que finalmente parará, y cómo será juzgada.

Imagina que estás ya presente a este juicio, que toda la corte del cielo está aguardando el fin de esta sentencia, donde se hará el cargo y descargo de todo lo recibido, hasta de los más mínimo. Allí se pedirá cuenta de la vida, de la hacienda, de la familia, de las inspiraciones de Dios, de los avisos que tuvimos para bien vivir, y sobre todo de la sangre de Cristo y del uso de sus Sacramentos: y allí será cada uno juzgado, según la cuenta que diere de lo recibido.

Acabada la meditación, síguese luego el hacimiento de gracias y el ofrecimiento y petición, como se dijo en el capítulo segundo.

En alemánDeutscher Text - Index E18B - Index espanol

!Alabado sea el Señor: Nos ha enseñado que ahora también aquí podemos copiar unos de los viejos textos con “scan”! 10-12-2009