ETIKA E

FRAY LUIS DE GRANADA

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18-5-2014

18B7B29D

Milagros referidos por los Sanctos Doctores

Madrid 1730
p. 682-689

Fray Luis de Granada: Introduccion del Symbolo de la Fè. Madrid 1730.
Segunda Parte, Cap. XXIX.

De la Decimaquinta excelencia de la Religion Christiana: que es,
ser confirmada con muchos, y muy grandes milagros.
§ IV.
Milagros referidos por los Sanctos Doctores.

DEspues de estos milagros contaré otros, que ningun hombre cuerdo, aunque sea infiel, puede con razon negar. Porque entre infinitos cuentos de milagros, que están llenas todas las historias de las vidas de los Sanctos (con los quales está fundada nuestra Religion) no pondré aqui mas que unos pocos, de muchos, que Doctissimos, y Sanctissimos, y gravissimos Padres cuentan aver visto con sus proprios ojos. Porque de tales personas (cuya Sanctidad, y authoridad conoscemos por sus escripturas, quales fueron Augustino, Hieronymo, Chrysostomo, Ambrosio, Cypriano, Bernardo, y otros tales) quien podrá creer, que fingieron milagros falsos, siendo esto un linage de blasphemia, y cosa tan agena, y tan indigna de su Sanctidad, y authoridad.

Mas antes que entre en la historia de estos milagros, será bien declarar el fructo de ellos; para que con mas gusto, y edificacion sean leídos. El primero de los quales, y que mas haze á nuestro proposito, es confirmacion de la Fé, la qual por virtud de ellos fue recibida en el mundo, como adelante veremos. De modo, que assi como quando queremos hincar un clavo en un madero, con cada martillada se hinca mas, y mas: assi cada milagro es como una martillada, con que el Espiritu Sancto confirma, y arrayga mas el habito de la Fé en las animas. Y quanto son mas los milagros, y mas evidentes, tanto este nobilissimo habito se fortifica, hasta venir á hazerse una Fé robustissima: la qual nos haze quasi vér con los ojos, y palpár con las manos los Mysterios, que ella predica: que es cosa de inestimable fruto, como adelante veremos.

Mas no solo este el fructo de los milagros, como algunos piensan: porque con este se juntan otros. Cá muchos vezes haze nuestro Señor milagros, para acudir á algunas grandes necesidades de sus siervos, que solo él puede remediar, y para curar algunas enfermedades incurables de ellos. En lo qual resplandesce singularmente la grandeza de la Bondad, y Misericordia, y la Providencia paternal, que tiene de ellos, acordandose dende el Throno de su Magestad de sus necessidades, y proveyendoles de remedio sobrenatural: con lo qual los inflamma grandemente en su amor.

Otras vezes haze milagros, para honrar sus Sanctos: queriendo, que no solo las Reliquias de sus huessos; sino tambien los pedazos de sus vestidos obren maravillas, y curen enfermedades incurables: para que por este indicio se entienda la grandeza del amor, que él tiene á sus fieles servos, y el deseo de honrar aquellos, que le honraron; pues haze esta grande honra, no solo á ellos, sino tambien á las cosas, que tocaron en sus cuerpos.

De esta manera el pañizuelo de narizes de S. Pablo sanaba todo genero de enfermedades: y el agua, con que se avia lavado las manos S. Eduardo, Rey de Inglaterra, daba vista á los ciegos.

Este es un muy señalado fruto de los milagros: porque nos dá conoscimiento de quan buen Señor tenemos, y quan amigo, y fiel para con los suyos: y, mueve los corazones devotos á amar, y servir á un Señor, que assi honra; y trata aun en esta vida á sus siervos: por donde veen, lo mucho que de tan poderoso, y rico Señor, pueden esperar en la otra. Pues estos tres fructos tan señalados cogerá el piadoso Lector de esta lectura de milagros.

Entre los quales pondré en el primer lugar los del Apostol S. Pablo: el qual trae por testigos aquellos, á quien escrivia de los milagros, que entre ellos obró. Y assi, escriviendo á los de Thessalonica (I. Thess. I), les dice, que se acuerden, que no les persuadió la doctrina de su Evangelio con sólas palabras; sino tambien con milagros, y con el favor, y gracia del Espiritu Sancto, que en esta obra entrevino. Y aun dá mas claro testimonio de estos milagros, escriviendo á los de Corintho (I. Cor. 9.), probando con este argumento su Apostolado por estas palabras (2. Cor. 12): Si no soy Apostol para los otros, á lo menos soylo para vosotros: los quales vistes las señales de mi Apostolado con los trabajos, que suffrí con mucha paciencia, y con los milagros, y señales, y prodigios, que obré entre vosotros. Arguyo pues agora aqui, de la manera que argumenté en los milagros referidos: Si esto, que el Apostol dice, no fuera assi, el mismo se desacreditaba, y deshonraba. Porque dixeran luego los de Thessalonica, y los de Corintho: Esto es una grande falsedad: porque ningun milagro heziste tu entre nosotros.

Mas las cosas de este Apostol son tales, y tan grandes, que todas ellas fueron miraculosas. Miraculosa su conversion, miraculoso el fructo de su predicacion, miraculoso el fructo de su predicacion, miraculosa la alteza de su doctrina, y la pureza de su vida, miraculosa la paciencia de sus trabajos; pues siete vezes en diversos lugares, y tiempos, fue azotado, y muchas mas vezes preso, y encarcelado, y otras tantas de Judios (2. Cor. 11), y de Gentiles perseguido. Y sobre toodo esto fue miraculosa su Charidad: pues haze juramente solemne, que deseaba ser anathéma de Christo por aquellos, que tantas vezes lo avian azotado, y perseguido. Finalmente, tales fueron las cosas de este Apostol, que solas ellas (aunque mas no huviera) bastaban para confirmacion de nuestra Fé. Lo qual podrá veer, quien quisiere leer un sermon nuestro en la fiesta de S. Pedro, y S. Pablo.

Despues de estos pondré un famosissimo milagro, que cuenta S. Chrysostomo en la segunda homilía, de cinco que hizo contra la perfidia Judayca (Prop. fin. tom. 5 Item Homil. 4. ex c. 1. Matth. infrá init. tom. 2.) En el principio de la qual se maravilla de tan gran concurso de gente, como avia acudido á aquel sermon, que él tenia yá aplazado. Y entre otras cosas notables, refiere un señalado milagro, que acaesció en su tiempo: del qual dice él, que todos los que presentes estaban podrian ser testigos, por aver acaescido pocos años antes. Y fue assi, que el Emperador Juliano Apostata (que venció á todos los Tyrannos antecessore suyos en maldad) pretendió, que los Judios sacrificassen á sus Idolos: y para esto dixoles, que por qué no sacrificaban á Dios, como antes solian en el tiempo antiguo? Y deseaba él esto, paresciendole, que del uso de los sacrificios á Dios, los podria facilmente inducir á sacrificar á los Idolos.

A esto respondieron ellos, que no les era licito sacrificar fuera de Hierusalém, sopena de ser violadores de la Religion, offreciendo sacrificio en tierra agena. Por tanto, si quieres (dixeron ellos) que sacrifiquemos á nuestro Dios, es necessario reedificar el Templo en Hierusalém, y levantar alli altar: y assi sacrificaremos, como lo haziamos antiguamente. Agradó tanto esto á aquel apostata, que les ayudó con dineros para la obra, y juntamente mandó buscar muy primos officiales para ella. Acudieron á esto de  muchas partes los Judios: pareciendoles, que con este favor de el Emperador se les abria camino para restaurar su Republica, y su Templo, assi como avia acaescido en tiempo de el Rey Cyro, despues de el captiverio de Babylonia.

Y comenzando la obra (I. Esdr. I.), y abiertas las zanjas muy hondas, como convenia para tal edificio, y estando yá para comenzar á levantar las paredes, salió fuego de los mismos fundamentos, y echó de alli los officiales, y interrumpió la obra comenzada. Lo qual sabido por el Emperador, desistió de lo comenzado (puesto que entendia en esto con grande instancia) recelando, que por ventura aquel fuego vendria á dár sobre su cabeza. Y si agora (dice el Sancto Doctor) fueredes á Hierusalém, vereis los fundamentos abiertos, en testimonio de esta verdad, de la qual todos somos testigos; porque en nuestra edad acaesció esto pocos años ha. Y es de notar, (dice él) que esta maravilla no acaesció en tiempo de los Emperadores Christianos, quando alguno pudiera imaginar, que ellos avian hecho esto; sino en tiempo que nuestras cosas estaban muy caldas, y todos perdida la libertad, y en peligro de perder la vida: floresciendo entonces la Idolatria, y andando los Christianos, unos huídos por por los montes, y otros escondidos en sus casas, sin ossar parecer en publico. Lo susodicho es Chrysostomo. Pues quien avrá, que pueda sospechar, que un Doctor de tanta authoridad,y Sanctidad, en presencia de un tan grande auditorio, y de tantos testigos, avia de decir una cosa, que á no ser verdadera, todos quantos presentes estaban dieran vozes, y no faltará mas que apedrearlo?

(Eccl hist. lib 10. c. 11.) Este mismo milagro escrive Ruffino mas á la larga: el qual añade á lo dicho, que abiertas las zanjas, una noche antes del dia, que avian de comenzar á levantar los cimientos, vino un tan gran terremoto, que no solamente derramó las piedras, y pertrechos, que estaban junto á la obra, y en partes diversas; mas derribó muchas casas, y edificios de la Ciudad, y los portales del Templo (donde los Judios, que entendian en la obra, passaban) cayeron por el suelo, y tomaron debaxo á quantos alli hallaron. Venida la mañana, paresció á los que escaparon, que yá estaban libres del torvellino, y concurrieron todos, para sacar debaxo de la tierra los muertos. Avia tambien alli una casilla soterraña, cerca de los portales caídos, donde los officiales guardaban las herramientas, y otras cosas necessarias para la obra: y de alli salió subitamente un fuego terrible, y corrió por medio de la plaza, y á una parte, y á otra hiria, y abrasaba todos los que halló cercano.

Y de la misma manera salió muchas vezes, y á menudo en el mismo dia, castigando con sus llamas al pueblo incredulo. Del qual espanto, y terror, los que quedaron vivos confessaban, que á solo I E S U- Christo se avia de sacrificar. Y para que se conociesse, que él era la causa de este milagro, y no pareciesse, que acaso avia venido, apareció en la noche siguiente la señal de la Cruz en los vestidos de ellos, tan descubierta, y tan firme, que aunque algunos por su incredulidad la querian disimular, ó quitar, por ninguna arte podian. De esta manera espantados, no solamente desistieron de lo que intentaban, mas los que moraban en Hierusalém desampararon sus moradas.

Lo qual oyó Juliano, mas con corazon endurecido, como otro Pharaon, perseveró en su blasphemia. Todo esto escrive Rufino en el primero de dos libros, que acrescentó á la historia Ecclesiastica de Eusebio: el qual escrivió esta historia tan notoria á todo el mundo, pocos años despues que ella acaesció. Por donde era impossible fingir nada: porque á ser esti fingido, tuviera contra sí por testigos á muchos, de los que estaban entonces vivos, quando esta maravilla acontesció. Vease, pues, quan grande argumento, y testimonio sea este de nuestra Fé, y del cumplimiento de la Prophecía de Daniel (Dan. 9.): el qual dice, que Hierusalém despues de la muerte de Christo avia de ser assolada, y destruída, y que esta destruícion avia de durar hasta la fin.

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Nota: En vez del accento ` escribimos ´. (etika.com)

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