|
ETIKA E |
SANTA TERESA |
www.etika.com |
|
95H7 |
Visión del
Infierno |
La Vida de la Santa Teresa de Jesús, cáp.
XXXII |
Después de mucho tiempo que el Señor me había hecho ya muchas de las
mercedes que he dicho, y otras muy grandes, estando un día en oración, me hallé
en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar metida en el infierno.
Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían
aparejado, y yo merecido por mis pecados. Ello fue en brevísimo espacio; mas,
aunque yo viviese muchos años, me parece imposible olvidárseme.
Parecíame la entrada a manera de un callejón muy largo y estrecho, a
manera de horno muy bajo y oscuro y angosto. El suelo me pareció de un agua
como lodo muy sucio y de pestilencial olor, y muchas sabandijas malas en él.
Al cabo estaba una concavidad metida en una pared, a manera de una alacena,
adonde me vi meter en mucho estrecho. Todo esto era deleitoso a la vista en
comparación de lo que allí sentí. Esto que he dicho va mal encarecido.
Estotro, me parece que, aun principio de encarecerse como es, no le puede haber,
ni se puede entender, mas sentí un fuego en el alma, que yo no puedo entender
cómo poder decir de la manera que es.
Los dolores corporales tan incomportables, que, con haberlos pasado en esta
vida gravísimos, y, según dicen los médicos, los mayores que se pueden acá
pasar (porque fue encogérseme todos los nervios cuando me tullí, sin otros
muchos de muchas maneras que he tenido, y aun algunos, como he dicho, causados
del demonio), no es todo nada en comparación de lo que allí sentí, y ver que
habían de ser sin fin y sin jamás cesar.
Esto no es nada, pues, nada en comparación del agonizar del alma, un
apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sensible y con tan desesperado
y afligido descontento, que yo no sé como encarecerlo. Porque decir que es un
estarse siempre arrancando el alma, es poco; porque aún parece que otro os
acaba la vida, mas aquí el alma misma es la que se despedaza.
El caso es que yo no sé cómo encarezca aquel fuego interior, y aquel
desesperamiento sobre tan gravísimos tormentos y dolores. No veía yo quién me
los daba, mas sentíame quemar y desmenuzar a lo que me parece, y digo que aquel
fuego y desesperación interior es lo peor.
Estando en tan pestilencial lugar, tan sin poder esperar consuelo, no hay
sentarse, ni echarse, ni hay lugar, aunque me pusieron en este como agujero
hecho en la pared, porque estas paredes, que son espantosas a la vista,
aprietan ellas mismas, y todo ahoga; no hay luz, sino todo tinieblas
oscurísimas.
Yo no entiendo cómo puede ser esto, que, con no haber luz, lo que a la
vista ha de dar pena, todo se ve. No quiso el Señor entonces viese más de todo
el infierno; después ha visto otra visión de cosas espantosas, de algunos
vicios el castigo. Cuando a la vista, muy más espantosos me parecieron, mas como
no sentía la pena, no me hicieron tanto temor, que en esta visión quiso el
Senor que verdaderamente yo sintiese aquellos tormentos y aflicción en el
espíritu como si el cuerpo lo estuviera padeciendo.
Yo no sé cómo ello fue, mas bien entendí ser gran merced, y que quiso el
Señor yo viese por vista de ojos de dónde me había librado su misericordia.
Porque no es nada oírlo decir, ni haber yo otras veces pensado en diferentes
tormentos (aunque pocas, que por temor no se llevaba bien mi alma), ni que los
demonios atenazan, ni otros diferentes tormentos que he leído; no es nada con
esta pena, porque es otra cosa. En fin, como de dibujo a la verdad, y el
quemarse acá es muy poco en comparación de este fuego de allá.
Yo quedé tan espantada, y aún lo estoy ahora escribiendolo, con que ha casi
seis años, y es así que me parece el calor natural me falta de temor aquí
adonde estoy. Y así no me acuerdo vez que tengo trabajo ni dolores, que no me
parezca nonada todo lo que acá se puede pasar; y así me parece, en parte, que
nos quejamos sin propósito.
Y así, torno a decir que fue una de las mayores mercedes que el Señor me ha
hecho, porque me ha aprovechado muy mucho, así para perder el miedo a las
tribulaciones y contradicciones de esta vida, como para esforzarme a padecerlas
y dar gracias al Señor, que me libró, a lo que ahora me parece, de males tan
perpetuos y terribles.
Después acá, como digo, todo me parece fácil en comparación de un momento
que se haya de sufrir lo que yo en el allí padecí. Espantábame como habiendo
leído muchas veces libros adonde se da algo a entender las penas del infierno,
como no las temía, ni tenía en lo que son.
¿Adónde estaba?, ¿cómo me podía dar cosa descanso de lo que me acarreaba ir
a tan mal lugar? Seáis bendito, Dios mío, por siempre. ¡ Y cómo se ha parecido
que me queríais! ¡Vos mucho más a mí que yo me quiero! iQué de veces, Señor, me
librasteis de cárcel tan tenebrosa, y óomo me tornaba yo a meter en ella contra
vuestra voluntad!
De aquí también gané la grandísima pena que me da las muchas almas que se
condenan (de estos luteranos en especial, porque eran ya por el bautismo
miembros de la Iglesia), y los ímpetus grandes de aprovechar almas, que me
parece, cierto, a mí que por librar una sola de tan gravísimos tormentos,
pasaría yo muchas muertes muy de buena gana.
Miro que, si vemos acá una persona, que bien queremos en especial, con un
gran trabajo o dolor, parece que nuestro mismo natural nos convida a compasión,
y si es grande, nos aprieta a nosotros. Pues ver a un alma para sin fin en el
sumo trabajo de los trabajos, ¿quién lo ha de poder sufrir? No hay corazón que
lo lleve sin gran pena; pues acá con saber que, en fin, se acabará con la vida
y que ya tiene término, aún nos mueve a tanta compasión; estotro, que no le
tiene, no sé cómo podemos sosegar, viendo tantas almas como lleva cada día el
demonio consigo.
Esto también me hace desear, que en cosa que tanto importa, no nos
contentemos con menos de hacer todo lo que pudiéramos de nuestra parte; no
dejemos nada, y plegue al Señor sea servido de darnos gracia para ello.
Cuando yo considero que, aunque era tan malísima, traía algún cuidado de
servir a Dios y no hacia algunas cosas que veo que, como quien no hace nada, se
las tragan en el mundo, y en fin, pasaba grandes enfermedades y con mucha
paciencia, que me la daba el Señor; no era inclinada a murmurar , ni a decir
mal de nadie, ni me parece podía querer mal a nadie, ni era codiciosa, ni
envidia jamás me acuerdo tener, de manera que fuese ofensa grave del Señor, y otras algunas cosas, que, aunque era tan ruín,
traía temor de Dios lo más continuo; y veo adónde me tenían ya los demonios
aposentada, y es verdad que, según mis culpas, aún me parece merecía más
castigo; mas con todo, digo que era terrible tormento, y que es peligrosa cosa
contentarnos, ni traer sosiego ni contento el alma que anda cayendo a cada paso
en pecado mortal, sino que, por amor de Dios, nos quitemos de las ocasiones,
que el Señor nos ayudará como ha hecho a mi.
Plegue a Su Majestad que no me deje de su mano para que yo torn a caer, que
yo tengo visto adónde he de ir a parar. No lo permita el Señor, por quien Su
Majestad es. Amén.
Andando yo despues de haber visto esto y otras grandes cosas y secretos
(que el Señor, por quien es, me quiso mostrar de la gloria que se dará a los
buenos y pena a los malos), deseando modo y manera en que pudiese hacer
penitencia de tanto mal, y merecer algo para ganar tanto bien, deseaba huir de
gentes, y acabar ya de en todo en todo apartarme del mundo.
No sosegaba mi espíritu, mas no desasosiego inquieto, sino sabroso; bien se
vela que era de Dios, y que le había dado Su Majestad al alma calor para
digerir otros manjares más gruesos de los que comía.
Pensaba que podría hacer por Dios y pensé que lo primero era seguir el
llamamiento que Su Majestad me había hecho a religión, guardando mi Regla con
la mayor perfección que pudiese. ...