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SAN FRANCISCO DE ASÍS

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9-10-2003

E12F419

De cómo la viña del cura de Rieti, en cuya casa oró san Francisco, con motivo de la mucha gente que corría tras él quedó destrozada y fueron cogidas muchas uvas, y de cómo después esta viña dió milagrosamente más vino que nunca, como había prometido san Francisco. Y de cómo Dios reveló a san Francisco que aquél se salvaría.

Las Florecillas de san Francisco. Versión castellana, previo cotejo de los más antiguos Códices italianos, por Francisco Sureda Blanes. Madrid, 1934.Cap. XIX. p. 96 - 99

Estando san Francisco una vez gravemente enfermo de los ojos, monseñor Hugolino, cardenal protector de la Orden, por el gran amor que la profesaba, le escribió que fuese a Rieti, donde había médicos muy expertos en curar las enfermedades de la vista.

Tan pronto como san Francisco recibió la carta del cardenal fuése sin perder tiempo a San Damián, donde estaba santa Clara, devotísima esposa de Cristo, para darle algún consuelo e irse en seguida a verse con el cardenal.

Estando allí san Francisco, a la noche siguiente, empeoró tanto de los ojos que nada veía, y como no podía irse, santa Clara le hizo una celdilla de cañas en la cual pudiese descansar mejor.

Pero san Francisco, por el dolor de la enfermedad y por la multitud de ratones que le causaban grandísima molestia, en manera alguna podía descansar ni de dí ni de noche.

En tanta pena y tribulación comenzó a pensar y conocer que aquello era un castigo de Dios por sus pecados, y dando gracias a Dios con el corazón y con los labios, decía en alta voz:

- Dios mío, yo soy digno de esto y de cosas peores. Señor mío Jesucristo, Pastor bueno que a nosotros nos has mostrado tu misericordia en darnos varias penas y angustias corporales, concede gracia y virtud a esta tu ovejuela para que en ninguna enfermedad, angustia o dolor me aparte de Tí.

Y en esta ocasión oyó una voz del Cielo que decía:

Francisco, contéstame: si toda la tierra fuese oro, y todos los mares, fuentes y ríos fuesen bálsamo y todos los montes y collados y rocas fuesen piedras preciosas, y tú encontrases otro tesoro más noble que estas cosas, cuanto el oro es más noble que la tierra y el bálsamo más que el agua, y las piedras preciosas más que los montes y las rocas, y te fuese dado todo este tesoro en lugar de la enfermedad que padeces ¿no deberías estar muy contento y alegre?

Respondió san Francisco:

- Señor, yo soy indigno de tan precioso tesoro.

Y la voz de Dios le dijo:

- Regocíjate, Francisco, porque aquel es el tesoro de la bienaventuranza, de la cual es prenda la enfermedad que ahora padeces.

Entonces san Francisco llamó a su compañero con grandísima alegría por la gloriosa promesa recibida y dijo:

- Vayamos a ver al cardenal.

Y consolando primero a santa Clara con buenas exhortaciones y despidiéndose de ella humildemente, tomó el camino de Rieti.

Y cuando estaba cerca de la ciudad fué tanta la multitud de gente que le salió al encuentro, que no quiso entrar en ella, por lo que se dirigió a una iglesia que estaba cerca de la ciudad, como a 2 millas de distancia.

Al saberlo los ciudadanos acudieron a dicho sitio, y fué tan numeroso el concurso, que la viña que poseía aquella iglesia fué pisoteada, y le quitaron todo su fruto, de lo que el capellán se dolía mucho en su corazón, arrepintiéndose de haber recibido a san Francisco en su iglesia.

Los pensamientos del capellán fueron revelados por Dios a san Francisco, por lo que éste le mandó llamar y le dijo:

- Carísimo padre: ¿Cuántas cargas de vino o produce esta viña en los años más abundantes?

El cura contestó:

- Doce cargas.

San Francisco añadió:

- Pues os ruego, padre, que sufráis con paciencia el que yo permanezca aquí algunos días, porque hallo en este sitio mucho descanso, y deja comer a todo el mundo de las uvas de tu viña por amor de Dios y del pobrecito que te lo ruega, y yo te prometo, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, que este año te ha de producir 20 cargas.

Y esto lo hizo san Francisco por permanecer allí, donde alcanzaba muchos frutos de las gentes que venían a verle, las cuales partían de allí embriagadas del divino amor y muchas dejaban el mundo.

Confiado el capellán en la promesa de san Francisco dejó libremente la viña a disposición de los que venían a verle.

¡Cosa admirable! La viña fué por completo desojada sin que apenas quedase un racimo completo; pero llegado el tiempo de la vendimia, el capellán recogió los pocos racimillos que habían quedado, los metió en el lagar, los prensó y, según la promesa de san Francisco, produjeron 20 cargas de exquisito vino.

En este milagro claramente se da a entender que, así como por los méritos de san Francisco la viña despojada de uvas produjo abundante vino, en tal guisa el pueblo cristiano, estéril de virtudes por el pecado, por los méritos de san Francisco, muchas veces había de lograr verdadera penitencia.

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