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SAN FRANCISCO DE ASÍS

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9-10-2003

E12F424

De cómo san Francisco convirtió a la fe al sultán de Babilonia y a la meretriz que le inducía a pecado

Las Florecillas de san Francisco, versión castellana, previo cotejo de los más antiguos Códices italianos, por Francisco Sureda Blanes. Volumen primero, cáp. XXIV, Espasa-Calpe S. A., Madrid 1934, p. 112ss.

Movido san Francisco del celo por la fe del Crucificado , y el deseo del martirio, fuése cierta vez al otro lado del mar, con 12 de sus compañeros, con el fin de dirigirse al mismo sultán de Babilonia
(llamábase así uno de los barrios del Cairo, residente del sultán; era éste a la sazón Malek el-Kamel, el cual recibió benévolamente a san Francisco).

Y al pasar por una comarca de sarracenos donde esperaban a los caminantes ciertos hombres crueles para coger y matar los que fueran cristianos, fueron los santos viajeros sorprendidos; pero quiso Dios que no fuesen muertos, sino cautivos, golpeados y atados, y conducidos luego a la presencia del sultán.

Y hallándose en presencia de éste, san Francisco, inspirado por el Espíritu Santo, predicó tan divinamente la fe de Cristo, que por ella estaba pronto a sufrir el martirio del fuego.

Por lo que el sultán comenzó a sentir grandísima devoción hacia él, tanto por la constancia de su fe como por su desprecio del mundo que veía en él; porque ningún don quería recibir de sus manos, siendo pobrísimo, como no fuese el del martirio, que tanto ambicionaba.

Desde el primer día oyóle el sultán con agrado y le rogó fuese muchas veces a verle, concediéndole libremente a él y a sus compañeros que pudiesen predicar donde más les acomodase, dándoles al efecto una contraseña por la cual no pudiesen ser molestados por nadie.

Habida esta licencia, san Francisco envió a sus compañeros de dos en dos por diversas partes de los sarracenos para predicarles la fe de Cristo; y él, con otro compañero, escogió una comarca donde, al llegar, se entró a un mesón para descansar.

Había en este mesón una mujer bellísima de cuerpo, pero de alma sucia, y la maldita provocóle a pecar. Contestóle san Francisco:

- Si quieres que te dé gusto, debes tú también consentir lo que yo quiero.

Dijo ella:

- Yo acepto; vamos a la cama.

Y ella lo condujo a una habitación. Había allí un hogar con mucho fuego, y dícele san Francisco:

- Ven conmigo.

Y llevándola al hogar, con fervor de espíritu quitóse el hábito y se echó encima de las ascuas esparcidas por el suelo, convidándola para que también ella fuese y, desnudándose, se echase con él en aquella cama tan mullida y hermosa.

Y estando así san Francisco largo rato con alegre rostro, sin quemarse ni levemente chamuscarse, la mujer, espantada con el milagro y enternecido su corazón, no solamente se arrepintió de su pecado y mala intención, sino que también se convirtió a la fe de Cristo; y llegó a tal santidad, que por ella se salvaron en aquella comarca muchas almas.

Finalmente, viendo san Francisco el poco fruto que podía conseguir en aquella tierra, por divina revelación dispuso retornar con sus compañeros a tierra de cristianos; y, al efecto, reunidos todos los frailes, volvieron a ver al sultán para darle cuenta de su partida. Entonces, al verlos, dijo el sultán:

- Francisco: de buena gana me convertiría a la fe de Cristo; pero temo hacerlo ahora, porque si mis súbditos lo saben, te matarán a ti, a mí y a todos tus compañeros; y comprendiendo que tú todavía puedes hacer mucho bien, y que yo debo resolver cosas de gran peso, no quiero procurar tu muerte, ni la mía; pero enséñame qué debo hacer para salvarme, que yo estoy dispuesto a hacer todo lo que tú me mandes.

Entonces dijo san Francisco:

- Señor: yo me voy ahora de aquí; pero cuando haya llegado a mi país y, por la gracia de Dios, vuele al Cielo después de mi muerte, según le plazca a Dios, te mandaré dos frailes, de los cuales recibirás el santísimo bautismo de Cristo y serás salvo, según el mismo Señor me ha revelado. Y en este tiempo procura vivir santamente para que cuando venga a ti la gracia de Dios, te halle preparado a la fe y devoción.

Así prometió el sultán hacerlo, y así lo hizo.

Después de lo cual san Francisco volvió a su país con el venerable colegio de los 12 santos compañeros, y tras algunos años de vida corporal entregó su alma a Dios.

Enfermo el sultán, esperaba que se cumpliese la promesa de san Francisco, y tenía guardias apostados en los caminos con orden que si veían dos caminantes con hábito de san Francisco los trajesen inmediatamente a su presencia.

Por aquel tiempo se apareció san Francisco a dos frailes y les mandó que sin tardanza fuesen en busca del sultán y procurasen su salvación, como él le había prometido.

Los cuales frailes inmediatamente se pussieron en camino y pasaron el mar, y por la referida guardia fueron conducidos a presencia del sultán, que al verles se alegró mucho y dijo:

- Ahora comprendo que Dios me ha enviado estos siervos suyos para mi salud, según la promesa que san Francisco, por revelación divina, me dejó hecha.

Instruído en la fe de Jesucristo, recibió el santo bautismo de los referidos frailes; y así regenerado, murió de aquella enfermedad y salvó su alma por los méritos y oraciones de san Francisco.

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