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28B6P1 |
Léon Tolstoy |
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Léon Tolstoy: Placeres crueles - Los Comedores de
Carne,
Casa Editorial Maucci, Barcelona, sin
año, sin nota ©
Traducción de Augusto Riera
Prefacio. La alimentación y el lujo. Los comedores
de carne.
La guerra. La caza. La dicha. Profesión de fe.
En todas las doctrinas morales,
existe una escala que, como dice la
sabiduría china, va de la tierra al cielo
y cuya ascensión no puede realizarse de otro modo que empezando por el primer
escalón. Prescriben la misma regla los bramines, los buddhistas y los
partidarios de Confucio; hállase también en las doctrinas de los sabios de
Grecia.
Todos los
moralistas, así los deístas como los materialistas, reconocen la necesidad de
una sucesión definitiva y metódica en las asimilación de las virtudes sin las
cuales no hay vida moral posible.
Esta necesidad se desprende de
la misma esencia de las cosas, y parece, por lo tanto, que todos debieran
aceptarla. Pero ¡cosa extraña! desde que el cristianismo se ha convertido en
sinónimo de Iglesia, la conciencia de esta necesidad tiende a borrarse y sólo se conservan los ascetas y los frailes. (p.
34)
II
El paganismo considera la
abstinencia como una virtud, cuando el cristianismo no la admite más que como
un medio de encaminarse hacia el sacrificio, condición primera de una vida moral.
Sin embargo, no todos los
hombres consideran la doctrina de Jesucristo como una tendencia continua hacia
la perfección; la mayoría la ha comprendido como una doctrina redentora;
la redención del pecado por la gracia divina, transmitida por la Iglesia, entre
católicos y ortodoxos, y la creencia en la redención entre los protestantes y
calvinistas.
Esta
doctrina ha hecho desparecer la sinceridad y la seriedad de la (hasta aquí p. 39) actitud de los
hombres respecto de la moral cristiana. Los representantes de estos
organismos podrán predicar hasta la saciedad que tales medios de salvación no
impiden al hombre aspirar a una vida moral, sino que, por el contrario, a ello
le inducen; pero ciertas situaciones engendrán por sí mismas ciertas
conclusiones, y ningún argumento podrá impedir que los hombres las acepten.
He aquí por qué el hombre que
esté imbuído en esta creencia de redención, no tendrá energía suficiente
para asegurar su salvación por medio de sus propios esfuerzos: hallará
mucho más sencillo aceptar el dogma que se le ha enseñado, y esperar que la
gracia divina le perdone las faltas que haya podido cometer.
Esto es lo que ha ocurrido a la
mayoría de los adeptos del cristianismo. (p. 40)
III
Tal es la causa principal de la
relajación de las costumbres. ¿Para qué conformarse con ciertos hábitos? ¿Para
qué privarse de tal o cual cosa, ya que el resultado ha de ser el mismo? ¿Para
qué dejar costumbres agradables, ya que la recompensa ha de venir de todos
modos?
Recientemente ha publicado el
Papa una encíclica sobre el socialismo. En este documento, el jefe de la
Iglesia, después de una pretendidad refutación de la doctrina socialista sobre
la ilegitimidad de la propiedad, dice expresamente que "nadie tiene la
obligación de socorrer al prójimo si no tiene más que lo necesario para sí o su
familia, si, o para hacerlo, ha de disminuir en algo aquello que exigen las
conveniencias mundanas. Nadie, en efecto, debe vivir prescindiendo de tales
conveniencias". (Esto está tomado de Santo Tomás: Nullus enim inconveniénter débet vívere.) "Pero después de
haber satisfecho las necesidades y las convenienciuas exteriores - dice al fin
la encíclica - deber es de todos dar lo superfluo a los pobres."
Así predica el
jefe de la Iglesia más extendida (p. 41) hoy día; así predicaban los Padres de
la Iglesia, que creían insuficiente la salvación por medio de la acción.
Junto a la predicación de esta
doctrina egoísta, que prescibe dar al prójimo aquello que no le es a uno
necesario, se predica el amor a ese mismo prójimo, y siempre se citan con
énfasis las célebres palabras pronunciadas por Pablo en el capítulo XIII de su
primera Epístola a los corintios.
Aun cuando la doctrina evangélica esté llena de llamamientos a la
abnegación, y afirme que esta virtud es la primera de las
condiciones para alcanzar la perfección cristiana; aun cuando se diga que
!quien no lleve su cruz, quien no reniegue de su padre y su madre, quien no
arriesgue su vida..", estos hombres persuaden a los demás de que no es
necesario, para amar al prójimo, sacrificar aquello a que se está acostumbrado,
y que hasta dar lo que se juzgue conveniente.
Así hablan los Padres de la
Iglesia, y por lo tanto, aquellos que rechazan la doctrina de la Iglesia (en
todo lo que se refiere a manifestaciones exteriores del culto) piensan, hablan
y escriben de igual manera que los librepensadores. Estos hombres creen y hacen
creer a los otros que, sin necesidad de refrenar sus pasiones, se puede servir
a la humanidad y llevar una conducta moral. (p. 42)
Los hombres, después de rechazar las prácticas paganas, no han sabido asimilarse la verdadera doctrina cristiana; no
han admitido la marcha progresiva en el camino de la virtud, y han
permanecido estacionarios. (p. 43)
IV
En otro tiempo, antes de la
aparición del cristianismo, todos los grandes filósofos, empezando por
Sócrates, creyeron que la primera de las virtudes que debían adquirirse, era la
abstinencia, y que querer adquirir otra sin poseer ésta, era imposible.
Es evidente, en efecto, que el hombre que no sabe contenerse es fácil presa para todos
los vicios, y no puede llevar una vida moral. Antes de pensar en la generosidad, en el amor, en el
desinterés, en la justicia, es necesario que el hombre aprenda a dominarse y
que sea bastante fuerte para vencer sus apetitos.
Tal como hoy se mira,
todo esto es inútil; tenemos la convicción de que el hombre puede llevar una
existencia completamente moral, y, sin embargo, dejarse arrastrar por su pasión
por el lujo y los placeres. (p. 45)