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11.1.2008

28B6P1

Léon Tolstoy
Cristianismo sin moral

 

Léon Tolstoy: Placeres crueles - Los Comedores de Carne,
 Casa Editorial Maucci, Barcelona, sin año, sin nota ©
Traducción de Augusto Riera

Prefacio. La alimentación y el lujo. Los comedores de carne.
La guerra. La caza. La dicha. Profesión de fe.

Los comedores de carne

I

En todas las doctrinas morales, existe una escala que, como dice la sabiduría china, va de la tierra al cielo y cuya ascensión no puede realizarse de otro modo que empezando por el primer escalón. Prescriben la misma regla los bramines, los buddhistas y los partidarios de Confucio; hállase también en las doctrinas de los sabios de Grecia.

 

Todos los moralistas, así los deístas como los materialistas, reconocen la necesidad de una sucesión definitiva y metódica en las asimilación de las virtudes sin las cuales no hay vida moral posible.

 

Esta necesidad se desprende de la misma esencia de las cosas, y parece, por lo tanto, que todos debieran aceptarla. Pero ¡cosa extraña! desde que el cristianismo se ha convertido en sinónimo de Iglesia, la conciencia de esta necesidad tiende a borrarse y sólo se conservan los ascetas y los frailes. (p. 34)

 

II

El paganismo considera la abstinencia como una virtud, cuando el cristianismo no la admite más que como un medio de encaminarse hacia el sacrificio, condición primera de una vida moral.

 

Sin embargo, no todos los hombres consideran la doctrina de Jesucristo como una tendencia continua hacia la perfección; la mayoría la ha comprendido como una doctrina redentora; la redención del pecado por la gracia divina, transmitida por la Iglesia, entre católicos y ortodoxos, y la creencia en la redención entre los protestantes y calvinistas.

 

Esta doctrina ha hecho desparecer la sinceridad y la seriedad de la (hasta aquí p. 39) actitud de los hombres respecto de la moral cristiana. Los representantes de estos organismos podrán predicar hasta la saciedad que tales medios de salvación no impiden al hombre aspirar a una vida moral, sino que, por el contrario, a ello le inducen; pero ciertas situaciones engendrán por sí mismas ciertas conclusiones, y ningún argumento podrá impedir que los hombres las acepten.

 

He aquí por qué el hombre que esté imbuído en esta creencia de redención, no tendrá energía suficiente para asegurar su salvación por medio de sus propios esfuerzos: hallará mucho más sencillo aceptar el dogma que se le ha enseñado, y esperar que la gracia divina le perdone las faltas que haya podido cometer.

Esto es lo que ha ocurrido a la mayoría de los adeptos del cristianismo. (p. 40)

 

III

Tal es la causa principal de la relajación de las costumbres. ¿Para qué conformarse con ciertos hábitos? ¿Para qué privarse de tal o cual cosa, ya que el resultado ha de ser el mismo? ¿Para qué dejar costumbres agradables, ya que la recompensa ha de venir de todos modos?

 

Recientemente ha publicado el Papa una encíclica sobre el socialismo. En este documento, el jefe de la Iglesia, después de una pretendidad refutación de la doctrina socialista sobre la ilegitimidad de la propiedad, dice expresamente que "nadie tiene la obligación de socorrer al prójimo si no tiene más que lo necesario para sí o su familia, si, o para hacerlo, ha de disminuir en algo aquello que exigen las conveniencias mundanas. Nadie, en efecto, debe vivir prescindiendo de tales conveniencias". (Esto está tomado de Santo Tomás: Nullus enim inconveniénter débet vívere.) "Pero después de haber satisfecho las necesidades y las convenienciuas exteriores - dice al fin la encíclica - deber es de todos dar lo superfluo a los pobres."

 

Así predica el jefe de la Iglesia más extendida (p. 41) hoy día; así predicaban los Padres de la Iglesia, que creían insuficiente la salvación por medio de la acción.

 

Junto a la predicación de esta doctrina egoísta, que prescibe dar al prójimo aquello que no le es a uno necesario, se predica el amor a ese mismo prójimo, y siempre se citan con énfasis las célebres palabras pronunciadas por Pablo en el capítulo XIII de su primera Epístola a los corintios.

 

Aun cuando la doctrina evangélica esté llena de llamamientos a la abnegación, y afirme que esta virtud es la primera de las condiciones para alcanzar la perfección cristiana; aun cuando se diga que !quien no lleve su cruz, quien no reniegue de su padre y su madre, quien no arriesgue su vida..", estos hombres persuaden a los demás de que no es necesario, para amar al prójimo, sacrificar aquello a que se está acostumbrado, y que hasta dar lo que se juzgue conveniente.

 

Así hablan los Padres de la Iglesia, y por lo tanto, aquellos que rechazan la doctrina de la Iglesia (en todo lo que se refiere a manifestaciones exteriores del culto) piensan, hablan y escriben de igual manera que los librepensadores. Estos hombres creen y hacen creer a los otros que, sin necesidad de refrenar sus pasiones, se puede servir a la humanidad y llevar una conducta moral. (p. 42)

 

Los hombres, después de rechazar las prácticas paganas, no han sabido asimilarse la verdadera doctrina cristiana; no han admitido la marcha progresiva en el camino de la virtud, y han permanecido estacionarios. (p. 43)

IV

En otro tiempo, antes de la aparición del cristianismo, todos los grandes filósofos, empezando por Sócrates, creyeron que la primera de las virtudes que debían adquirirse, era la abstinencia, y que querer adquirir otra sin poseer ésta, era imposible.

 

Es evidente, en efecto, que el hombre que no sabe contenerse es fácil presa para todos los vicios, y no puede llevar una vida moral. Antes de pensar en la generosidad, en el amor, en el desinterés, en la justicia, es necesario que el hombre aprenda a dominarse y que sea bastante fuerte para vencer sus apetitos.

 

Tal como hoy se mira, todo esto es inútil; tenemos la convicción de que el hombre puede llevar una existencia completamente moral, y, sin embargo, dejarse arrastrar por su pasión por el lujo y los placeres. (p. 45)

 

 

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