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El Anticristo

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VICIOS DEL ANTICRISTO:
II. Espíritu de ódio del Anticristo

Madrid 1872
Publicado en Internet 14-11-2007

 

EL ANTICRISTO, SU PERSONA, SU REINADO, y consideraciones sobre su venida, segun las señales de la época presente. Obra escrita en francés por M. G. Rougeyron, Canónigo honorario de Clermont. Traducida por el Dr. D. Manuel Carbonero y Sol y Merás, Camarero Secreto de Capa y Espada de Su Santidad y Abogado de los Ilustres Colegios de Madrid y de Sevilla. Con licencia de la Autoridad Eclesiástica. Madrid. 1872. Pág.37 - 44.

II. - Espíritu de ódio del Anticristo.

Dios es esencialmente amor: Deus charitas est. (Epíst. I de San Juan, cap. IV, vers. 16)

El demonio, que es el adversario de su Creador, es esencialmente ódio. El Anticristo será su imágen viva y perfecta. El espíritu de ódio habitará, pues, en él como en su propia silla, é inoculará en sus sentimientos y en sus actos un veneno mortal que se manifestará contra todas las cosas, pero principalmente contra Dios Padre y contra Jesucristo, su Hijo, y por último, contra los hombres á quienes se han dignado crear y rescatar en su misericordia infinita.

El Anticristo, á la manera del espíritu de las tinieblas, su inspirador, sentirá unos celos horribles ante el Dios Grande, Creador y Señor del cielo y de la tierra: envidiará su eternidad, su grandeza infinita, su ciencia y su omnipotencia, pero no su justicia y su bondad suma, porque estos dos atributos inefables repugnarán á su alma perversa, de tal manera, que no podrá ni envidiarlos. Su espíritu sólo tendrá ódio y venganza. Sin embargo, viéndose obligado á reconocer que no podrá llegar jamás á las perfecciones divinas é incomunicables, que le causarán envídia, se irritará, rechinará sus dientes, rabiará de coraje (Salm. CXI, vers. 12) y profesará al mismo tiempo un ódio implacable á este Sér infinito, colocado sobre él á una altura tambien infinita.

Copiamos aquí las palabras del salmo CXI, porque segun algunos autores, el Anticristo, ó el hombre de pecado, era el que tenía ante su vista el real Profeta, cuando describia el furor del pecador, en rebelion abierta contra el Señor, y lleno de celos por el brillo de su gloria.

Si queremos tener una idea verdadera de este ódio extravagante contra Dios, descendamos en espíritu á los infiernos, y escuchemos, si es posible, las blasfemias y las imprecaciones de los demonios y de los condenados, contra el Señor, cuya mano los tiene encadenados á un suplicio horrible y eterno.

Esa misma pasion de ódio, todavía mayor acaso que su orgullo, será la que excite al hijo de perdicion, para trabajar con una actividad inconcebible, á fin de exterminar el culto, el amor, el servicio y el nombre de Dios sobre la tierra.

Diríjase una mirada retrospectiva sobre la historia de la Iglesia hácia la última mitad del siglo IV, y se encontrará una muestra de ese ódio contra Jesucristo en el reinado de Juliano el Apóstata, uno de los más famosos precursores del Anticristo.

¿Qué era lo que animaba é inspiraba las palabras y los hechos de este astuto perseguidor del cristianismo? El ódio implacable contra Nuestro Señor, contra su nombre, su Evangelio, su cruz, su culto, sus hijos, y sobre todo contra su sagrada persona; ódio que, por otra parte, le hacía amar y proteger en todo tiempo y en toda ocasion, á la idolatría, la mágia y la supersticion, á los falsos filósofos los judíos y los paganos, y á todo cuanto estaba en oposicion con Jesucristo.

El siglo XVIII ha producido tambien un hombre, en quien no fué menos vivo este espíritu de ódio contra el Salvador. Con su infatigable pluma, contínuamente empapada en hiel y blasfemia, hizo este hombre más daño al imperio de Jesucristo que Juliano el Apóstata; porque aunque éste poseyó el poder material, no pudo emplearlo largo tiempo para satisfacer su ódio, pues su reinado fué por fortuna muy corto.

En cambio aquel enemigo encarnizado de Jesus, Voltaire, en una palabra, que estaba ridículamente celoso del renombre y de la celebridad de Jesucristo, que escarnecia á sus ministros, tergiversaba su sagrada palabra, profanaba su Sacramento más augusto, ridiculizaba, mentía y escribia con el único fin de abolir su culto y su moral, su religion y su Iglesia, que él se atrevia á calificar de infame, no tenía tanto poder material como Juliano, pero hubiera causado mayores y más profundas llagas al Catolicismo, y no hubiera dejado nada que hacer á los malvados del año 93, si la justicia de Dios no le hubiera detenido en su guerra de esterminio.

Supónganse fundidos en un solo hombres estos dos famosos renegados da la fé cristiana, tan poderoso el uno por la fuerza material de que disponia, y el otro por la influencia del espíritu infernal á que obedecia, y se tendrá una idea de las proporciones monstruosas del ódio que devorara el alma del Anticristo, con relacion al Hijo de Dios.

Este hombre, veraderamente poseido del demonio, reunirá y condensará en su corazón todo el veneno que ha fermentado durante diez y ocho siglos en los innumerables enemigos de Nuestro Señor Jesucristo.

Hé aquí por qué trabajará principalmente por destruir la religiony la Iglesia Católica, que conocerá ser la única verdadera religion y la única verdadera Iglesia del Divino Redentor.

Todos los impíos han profesado este mismo ódio á la religion verdadera, porque aunque generalmente han estado divididos entre sí, sin embargo, han estado siempre conformes en perseguir al Catolicismo, y principalmente á su augusto Jefe nuestro Santo Padre el Papa Vicario de Jesucristo y Piedra fundamental de su edificio espiritual sobre la tierra.

En nuestros mismos dias esos revolucionarios que levantan con tanta soberbia su cabeza, y que hacen un alarde ridículo de su pretendido amor á la libertad, nos ofrecen á cada paso una curiosa reproduccion de sus predecesores, cuando ponen en práctica sus sistemas, que en realidad son de opresion y tiranía.

Todos estos fautores de desórdenes, todos estos súbditos del infierno, de cualquiera nacion que sean, parece obedecen á una misma voz de mando para combatir, menospreciar y burlarse de los dogmas, del culto, de la gerarquía y de la cabeza del catolicismo, al cual profesan tanto horror, porque es la verdadera doctrina de Jesucristo, la única religion que ha descendido del cielo, la única y verdadera sociedad espiritual que se ha establecido para perpetuar la salvacion de las almas hasta la consumacion de los siglos.

A ejemplo de sus predecesores de tan triste memoria, cuando luchan entre sí como adversarios implacables, no están de acuerdo más que en un solo punto: atacar la persona adorable de Jesús esforzándose por destruir la fé de sus discípulos.

Decimos que el Anticristo no seguirá un plan de conducta diferente, porque los revolucionarios y los impíos de todos los tiempos han sido sin duda alguna sus representantes legítimos, sus espías, digámoslo así, y acaso sus inmediatos predecesores.

El Anticristo será, por tanto, el jefe de los revolucionarios; los organizará y los colmará de riquezas y de honores, prometiéndoles además del saqueo y el pillaje de todo cuanto pertenezca al partido de la justicia y del órden que es el de Jesucristo.

Doblegados bajo la mano de hierro de su elegido hasta arrastrarse delante de su trono y besarle los piés, le ayudarán con todas sus fuerzas, porque verán concentrado en él, y armado con un poder inmenso, su ódio diabólico contra el Senor y contra su Cristo (Salm. II, vers. 2.)

No será ménor su ódio contra los hombres. El amor al prójimo tiene su fundamento en el amor de Dios y de su Hijo encarnado. El que ama á Jesucristo bajado del cielo para salvar á los hombres, ama tambien á los hombres rescatados con su sangre. El que por el contrario aborrece á Jesucristo hecho hombre, aborrece tambien á los hombres que han alcanzado por su gracia el título de hermanos é hijos suyos.

Los impíos y los revolucionarios predican pomposamente la fraternidad jactándose de ser los amigos sinceros de la humanidad cuando se aman solamente á sí mismos, y no pretenden más que hacer de los hombres otros tantos escalones para elevarse en poco tiempo á la celebridad, á la riqueza, á los honores y al poder.

Hace unos setenta años que hemos podido apreciar sus obras.

Libertad, igualdad, fraternidad, gritaban por todas partes y en todos los tonos, y al mismo tiempo mandaban á la guillotina millares de víctimas inocentes, cuyo único delito era no ser cómplices de sus vicios y de sus crímenes.

El ódio del Anticristo hácia los hombres, será todavía más violento y muy superior al de Couthon, Marat y Robespierre, porque los menospreciará, los tiranizará, los hollará como al lodo, y les hará perecer en masa sobre sus numerosos campos de batalla.

Cuando haya llegado á la cima de ese poder universal y absoluto á que aspirará, los enviará indistintamente por millares á morir á sus cárceles ó sobre sus innumerables cadalsos.

El ódio del homicida Satanás que desde Adan y Eva se ha satisfecho en su raza con horribles efusiones de sangre, se condensará en el alma feroz de su Hijo el Anticristo, á fin de reproducir en un breve espacio de tiempo las crueldades distribuidas en más de sesenta siglos, y de sobrepujarlas á todas para siempre por un último y supremo esfuerzo de destruccion, de violencia y de tiranía.

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