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ESPAÑA - HISTORIA

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13-3-2001

A. Palacio Valdés

La Conquista de Granada 1492

Armando Palacio Valdés: Los Cármenes de Granada, sin año, p. 40 - 42

Cuenta Don Enrique de Aguilar:

 

No se puede leer la conquista de Granada por nuestros Reyes Católicos sin sentirse conmovido. Es una página tan gloriosa de nuestra historia, que no hay otra que se la pueda comparar. ¡Qué hombres aquellos  los que la llevaron a feliz término, el marqués de Cádiz, el de Villena, don Antonio de Aguilar, su hermano Gonzalo de Córdoba, el conde de Tendilla, el de Cabra, el de Ureña, qué caballeros sin tacha, qué intrépidos guerreros!

 

¡Pero sobre todo qué reina aquella que la que fué el alma, la vida, el soplo divino que encendió los corazones! Esa reina sí que merece ser cantada por los poetas, y no vuestras Lindarajas y Zoraimas. Mujer singular como ha habido pocas en el mundo, tesoro de caridad, de firmeza, de inteligencia, de actividad, de nobleza, de prudencia, de dignidad se cierne sobre nuestra nación como una nube radiante, al lado de la cual palidecen todas nuestras glorias. Ella fué la que conquistó a Granada, la que realizó la unidad nacional, la que dió a Europa un nuevo mundo, la reina heroica y justiciera que puede servir de modelo a todos los monarcas de la tierra…

 

Era el 2 de enero de 1492. Al salir el sol resonaron por la vega de Granada tres cañonazos disparados en la Alhambra. Era la señal convenida para que los reyes de Castilla y Aragón saliesen de Santa Fe a tomar posesión de nuestra ciudad. El ejército español, vestido de gala, avanzó grave, silencioso, con la alegría en el corazón, por la Vega hasta llegar a las puertas de Granada. Sin entrar en ella, porque la caridad de la reina quiso excusar a sus afligidos habitantes esta gran tristeza, allí se detuvo.

 

El Cardenal Mendoza con tres mil infantes y algunos escuadrones de caballería se destacó del ejército, atravesó el Genil y subió por la Cuesta de los Molinos a la explanada de los Mártires.

 

Allí le esperaba el rey Boabdil a pie rodeado de numerosa servidumbre. Apeóse el Cardenal, hablaron ambos unos instantes y éste le ofreció su magnífica tienda en el Real de Santa Fe para que en ella se alojase el tiempo que estuviere. Los dos reunidos bajaron después a la margen del Genil donde les esperaba el rey Fernando. Triste y conmovedora ceremonia cuando el rey moro entregó las llaves de la ciudad.

 

Boabdil avanzó después adonde estaba nuestra incomparable reina, que le recibió con semblante bondadoso y señales de emoción, entregándole el hijo que teníamos en rehenes hasta el cumplimiento del compromiso y ordenando que una lucida escolta de caballería escoltase al desgraciado moro hasta los reales de Santa Fe, donde se le había preparado espléndido hospedaje.

 

Mientras tanto el Gran Cardenal y su comitiva entraron en la Alhambra y ocuparon el palacio y la fortaleza. Se tardó en esta ocupación más de lo que se presumía. La reina Isabel, con los ojos puestos en las torres de la Alhambra, esperaba impaciente la apetecida señal. Vivo recelo atormentaba su corazón. ¿Habría ocurrido algún suceso que retardase la entrega? Por fin la cruz de plata brilló en lo alto de la torre de la Vela. ¡Momento sublime como no ha habido otro en la historia de España! La reina cayó de rodillas y lágrimas de alegría surcaron sus mejillas. Todo su acompañamiento cayó también y las lágrimas bañaron igualmente aquellos rostros atezados por la intemperie y los trabajos. España estaba libre.

 

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