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ESPAÑA - HISTORIA |
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A. Palacio Valdés |
La Conquista de Granada
1492 |
Armando Palacio Valdés: Los Cármenes de Granada, sin año, p. 40 - 42 |
Cuenta Don Enrique de Aguilar:
No se
puede leer la conquista de Granada por nuestros Reyes Católicos sin sentirse
conmovido. Es una página tan gloriosa de
nuestra historia, que no hay otra que se la pueda comparar. ¡Qué hombres
aquellos los que la llevaron a feliz
término, el marqués de Cádiz, el de Villena, don Antonio de Aguilar, su hermano
Gonzalo de Córdoba, el conde de Tendilla, el de Cabra, el de Ureña, qué caballeros
sin tacha, qué intrépidos guerreros!
¡Pero
sobre todo qué reina aquella que la que fué el alma, la vida, el soplo divino
que encendió los corazones! Esa reina sí que merece ser cantada por los poetas,
y no vuestras Lindarajas y Zoraimas. Mujer singular como ha habido pocas en el
mundo, tesoro de caridad, de firmeza, de inteligencia, de actividad, de
nobleza, de prudencia, de dignidad se cierne sobre nuestra nación como una nube
radiante, al lado de la cual palidecen todas nuestras glorias. Ella fué la que
conquistó a Granada, la que realizó la unidad nacional, la que dió a Europa un
nuevo mundo, la reina heroica y justiciera que puede servir de modelo a todos
los monarcas de la tierra…
Era
el 2 de enero de 1492. Al salir el sol resonaron por
la vega de Granada tres cañonazos disparados en la Alhambra. Era la señal
convenida para que los reyes de Castilla y Aragón saliesen de Santa Fe a tomar
posesión de nuestra ciudad. El ejército
español, vestido de gala, avanzó grave, silencioso, con la alegría en el corazón,
por la Vega hasta llegar a las puertas de Granada. Sin entrar en ella, porque
la caridad de la reina quiso excusar a sus afligidos habitantes esta gran
tristeza, allí se detuvo.
El
Cardenal Mendoza con tres mil infantes y algunos escuadrones de caballería se
destacó del ejército, atravesó el Genil y subió por la Cuesta de los Molinos a
la explanada de los Mártires.
Allí
le esperaba el rey Boabdil a pie rodeado de numerosa servidumbre. Apeóse el Cardenal, hablaron ambos unos instantes y éste
le ofreció su magnífica tienda en el Real de Santa Fe para que en ella se
alojase el tiempo que estuviere. Los dos
reunidos bajaron después a la margen del Genil donde les esperaba el rey
Fernando. Triste y conmovedora ceremonia cuando el rey moro entregó las llaves
de la ciudad.
Boabdil
avanzó después adonde estaba nuestra incomparable reina, que le recibió con
semblante bondadoso y señales de emoción, entregándole el hijo que teníamos en
rehenes hasta el cumplimiento del compromiso y ordenando que una lucida escolta
de caballería escoltase al desgraciado moro hasta los reales de Santa Fe, donde
se le había preparado espléndido hospedaje.
Mientras
tanto el Gran Cardenal y su comitiva entraron en la Alhambra y ocuparon el
palacio y la fortaleza. Se tardó en
esta ocupación más de lo que se presumía. La reina Isabel, con los ojos puestos
en las torres de la Alhambra, esperaba impaciente la apetecida señal. Vivo
recelo atormentaba su corazón. ¿Habría ocurrido algún suceso que retardase la
entrega? Por fin la cruz de plata brilló en lo alto de la torre de la Vela.
¡Momento sublime como no ha habido otro en la historia de España! La reina cayó de rodillas y lágrimas de alegría surcaron
sus mejillas. Todo su acompañamiento cayó también y las lágrimas bañaron
igualmente aquellos rostros atezados por la intemperie y los trabajos. España
estaba libre.