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ETIKA E |
Pedro Varela |
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1-4M1A |
EL MENSAJE |
cuatro partes |
Parte segunda – parte tercera – parte cuarta – alemán/deutsch
El tema de mi carta de hoy se
sale de lo común. Actuo así consciente de que, en palabras de Meinvielle, no
hay lugar sagrado, no hay tiempo sagrado en nuestra época.
Habiendo entrado nuestra madre
en el sueño eterno justo antes de Navidad y dado lo significativo de estas
fechas, el alma está ahora más dispuesta a un mensaje espiritual que cuando nos
encontramos inmersos en el mundanal ruido, absorbidos por asuntos urgentes que
no son importantes, olvidando que cuando lo importante es lo primero, todo lo
demás es lo segundo.
Hace ya siete u ocho años que
oí hablar por vez primera de Medjugorje, nombre que me resultaba totalmente
desconocido, distante y extraño y que nada me dijo en un principio. Por una
serie de concatenadas casualidades, pronto me llegó abundante información no
solicitada desde Norteamerica, luego desde Costa Rica. También un amigo en
Südtirol me había comentado el hecho, no sin advertirme que podría tratarse de
una falsificación.
Pero sería en enero de 1989
cuando, leyendo el informe realizado por una iniciativa civil hispanoamericana
llegué a la conclusión, pronto convicción, de que lo que ocurría en Medjugorje
era cierto y que, sobre todo, el mensaje de la Virgen era importante y urgente.
Desde entonces no he dejado de
interesarme por el tema, he leído con fruición todo lo que llegaba a mis manos
y me he preocupado por asistir a conferencias y ruedas de prensa. Hasta el
punto de solicitar a un amigo que realizara un viaje expreso a Croacia (cuyo
nombre viene de Cruzada) con el fin de poder vivir a los videntes y la
atmosfera que los rodea en persona, ofreciéndonos información de primera mano.
Pronto decidí resumir la
información que poseía y que aparentemente muy pocos conocen. Con largas
pausas, periódicamente el día de San Juan, aniversario de las apariciones, tras
escuchar en wagneriana tradición "Los Maestros Cantores de Nuremberg",
releía el presente resumen, que finalmente pongo a disposición de amigos e
interesados.
Bien es cierto que mi
predisposición a aceptar el mensaje de Medjugorje era real, pues desde muy
temprana edad me encontraba "en línea" espiritual con ello. Mi
iniciación sobre el tema de María en los años 1973/74, de manos de un buen
amigo, católico convencido residente en Louisiana, y la educación idealista
recogida durante todos los años de mi juventud, no han hecho sino servir de
campo abonado para ello.
Sin duda otros habrán tenido
vivencias y experiencias muy diferentes que incluso hayan apagado en su
interior todo resquicio de fe. Pero como se afirma en el presente trabajo, toda
persona tiene la capacidad de reconocer la existencia de Dios. Esa posibilidad
es consustancial con el ser humano.
La tradición mística española,
que nos ha dado a un San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Avila, Fray Luis de
Granada, San Francisco Javier, San Ignacio de Loyola, Santo Domingo de Guzmán,
etc; y la personalidad adusta y ascética del carácter popular español -cuando
menos en su parte más idealista y noble-, fielmente reflejado en nuestros
clásicos, hacen de esta tierra y este pueblo un campo tan apto para una visión
religiosa del mundo y de la vida como inversamente proporcional para el orden
social de las cosas, negocios y asuntos terrenales. Buenos soldados, guerreros
y santos en época de lucha y dificultades, pero normalmente poco dispuestos,
blandos y dejados en lo social y en épocas de paz.
Cervantes, Lope de Vega,
Calderón, vivieron y reflejaron en su creación toda la grandeza heróica, pero
también toda la tragedia del destino de su pueblo. ¿Dónde hallaríamos gente
igual? Son los poetas heróicos y poetas del heroismo. Son los héroes creyentes,
que como alimento vital absorbieron la religión de su pueblo y dieron su sangre
por la Santa Madre Iglesia. Sublimes transformaciones de su interior, que
abandonan el servicio a sus mujeres por el servicio al Rey y, por fin, éste por
el servicio del Altísimo. Creador hasta el fin, adorado por su pueblo, Lope
vivió como un penitente, ajeno al mundo que con tan exuberantes colores
describía y murió igual que había vivido, con los labios pegados al crucifijo.
"Sed hombres buenos"
es la última enseñanza que con avasalladora sencillez recuerda Cervantes en
"Don Quijote" a su época, que como la nuestra, ya no podía ser
salvada con ningún heroísmo como el suyo.
De Lope sabemos que en el
lecho mortuorio aseguró que cambiaría toda su fama de poeta por haber hecho una
sola buena obra más, no tenía en cuenta algo, que nosotros no queremos olvidar:
que toda su obra literaria fue en sí una obra buena. Así los describe el
especialista Ludwig Schemann.
En este mismo sentido la
sabiduría popular dice "Sed buenos y seréis más felices" y está
escrito que "La persona bondadosa se hace bien a sí misma". Los
maestros espirituales suelen recomendar que no hay medio más eficaz para
hacerse bueno que hacer el bien.
Cuan significativo es también
el que casi todos los grandes autores españoles se retirasen al estado religioso
en la segunda mitad de su vida, señala acertadamente Glasenapp.
¿Pero acaso fue diferente con
Verdaguer y Maragall? ¿Con la Renaixença? ¿Con Eiximenis, por no hablar de
Ramón Llull, cuyo espíritu, que es el nuestro, queda bellamente reflejado en
"El Libro del Orden de Caballería"? No, esa visión del mundo,
empapada de Dios, es quintaesencia de este pais. Y me atrevería a afirmar que
los pueblos de España, con Europa y en Europa, tendrán sentido siendo
católicos, o no serán. Si abandonan su identidad trascendente empezarán por
perder su propia autoestima y dejarán de dar valor a su existencia, porque
habrán perdido también su Norte y Guía.
Nadie posee sin embargo la
exclusiva de la Fé. Y si nuestro pueblo ha dado grandes muestras de amor a
ella, otros lo han hecho antes y después. ¿Acaso era otra vida la llevada por
los Minnesänger alemanes, desde Wolfram von Eschenbach y Tannhäuser a Walter
von der Vogelweide, caballeros, artistas y servidores del ideal religioso
simultáneamente?
E intimamente unido a todos
ellos encontramos al movimiento romántico, que recupera para sí el ideal
medieval de la caballería en su más noble acepción y, como retando la procaz
pero vana tentativa de la razón por invadir el reino del espiritu, regresa a la
Naturaleza, la Religión y la Patria. No es casual que Liszt acabara sus días
abrazando la vida mística y Wagner nos dejara el "Parsifal" como
testamento de una larga obra.
El amor, volviendo a aquel
mundo -el de Lope y Calderón, Wagner, los Minnesänger, Llull y Maragall- ya no
era lo que se llamó una vez amor platónico, sino lo que se llama todavía amor
caballeresco. Y es importante constatar que los grandes paladines del amor
caballeresco en lo humano, han sido también los grandes defensores del amor
divino en lo místico y grandes admiradores, dentro de una jerarquía estamental
de valores en la que el bellatores se supedita al oratores, de aquellos monjes
de la institución monástica y sus consejos de perfección, que tomaban forma en
los votos de castidad, pobreza y obediencia, objetivos extramundanos con los
que habían civilizado durante mucho tiempo a gran parte del mundo. Los monjes
habían enseñado al pueblo a labrar y sembrar tanto como a leer y a escribir.
Habían enseñado todo lo que sabían. Puede decirse, en verdad, que los monjes
eran severamente prácticos, en el sentido de que eran no sólo prácticos, sino
también severos; si bien solían mostrarse severos para con ellos mismos y
prácticos para con los demás, como observa acertadamente Chesterton. No es en
vano que, muy a pesar de denominarla maliciosamente Edad Oscura, las tres
cuartas partes de los más grandes hombres que han existido en el mundo saliesen
de aquellas peque"as ciudades medievales.
Parece concebible que hoy los
nuevos bárbaros del cine y los medios de comunicación puedan tratar de destruir
la caballerosidad en el amor, como ciertos bárbaros de la política destruyeron
la caballerosidad en la guerra. Y a pesar de ellos, incluso más de un guerrero
contemporáneo ha dejado muestras de esa misma convicción y deseo de servicio al
Todopoderoso que amamos en el arquetipo del héroe medieval. "Sólo una cosa
cuenta: tener una vida útil; perfilar el alma; estar pendiente de ella,
instante por instante; vigilar sus debilidades y exaltar sus impulsos; servir a
los demás; derramar a nuestro alrededor la dicha y la ternura; ofrecer el brazo
al prójimo, para elevarnos todos, ayudándonos los unos a los otros. Breve o
larga, la vida sólo vale la pena si en el instante de entregarla no tenemos que
sonrojarnos de ella... Los hombres están extenuados por el agobio y la angustia
o porque sus almas han dejado secar sobre ellas el beso de Dios. El dinero, los
honores ganados a fuerza de envilecerse, la pugna por conseguir una felicidad
terrenal, que se desvanece entre sus dedos y que se escapa para siempre, hacen
que el rebaño humano se convierta en horda pululante, que se agita y corre
hacia aquí y hacia allá, tropezando y destrozándose, en busca de una liberación
que nunca se encuentra. Y todos, todos vuelven la cara ante los bienes,
propicios a todos, de la moral universal y de la eternidad espiritual... Por
eso el pecado nos hace sufrir hasta el final de la vida. Con el primer pecado
aprendemos que ya no amaremos, nunca más, como hubiéramos podido amar. Y esto
es lo que hace que el arrepentimiento sea desgarrador: porque no tiene
solución... Los Santos nos enseñan que la perfección está al alcance de
cualquiera. Ellos fueron también hombres sencillos, mujeres sencillas, llenos
de flaquezas y, con frecuencia, de culpas. Pero han sabido sufrir. Se han
levantado después de cada caida, decididos a estar más alerta que antes, más
alerta cuato más débiles se sintieran. ¿Quien sufrirá, quién estará allí, junto
a Cristo, en los días de su nueva agonía? Se alza cada primavera, la Cruz del
Salvador... La salvación del mundo está en la voluntad de las almas que tienen
fe".
La renuncia de sí mismo sigue
siendo la clave para alcanzar un orden social justo, pues "Según se
convierte el egoísmo en regente de un pueblo, se aflojan las ataduras al orden;
y a la caza de su propia suerte, se precipitan los hombres irremisiblemente del
cielo hacia el infierno. La posteridad olvida a los hombres que sólo servían a
su propia utilidad, y glorifica a los héroes, que renuncian a su propia
suerte".
En definitiva, todo lo que no
se da, se pierde.
Cierto que un hombre cuanto
menos piensa en sí mismo más piensa en su buena fortuna y en todos los
beneficios de Dios.
Por otra parte no podemos
olvidar que la inmolación de los cristianos del Este de Europa, que durante
tres cuartos de siglo han sido el fertilizante para la nueva era que se
avecina, ha supuesto un martirio de proporciones que no se dieron ni en los
tiempos antiguos y donde el sufriente pueblo ruso ha dado muestras de esa fe
que no se extingue, muy a pesar de sus verdugos.
Habrá quien opine que lo aquí
expuesto no es serio, otros en su empecinada ofuscación me acusarán de
propaganda clerical, los de más allá simplemente -y están en su derecho-
decidirán no creerse ni una coma de lo expuesto.
Cada cual actúe según
conciencia.
Sólo puedo confirmar una
convicción. La mía. Me llegó no por la investigación científica y minuciosa,
racional y metódica. Sino simplemente por intución, por certeza interior, tal
vez por lo que yo llamo inteligencia trascendente. Pero en cualquier caso no
puedo negarme a mí mismo y por ello afirmo que creo.
Chesterton, el celebrado poeta
y agudísimo escritor inglés convertido al catolicismo, al igual que otros
insignes británicos como Bernard Shaw, lo reconoció perfectamente al afirmar
que "La gente no cree porque no quiere ensanchar su pensamiento".
Mientras pasaba mis días en la
prisión de Steyr, leí entre otros el "Libro de amigo y Amado",
enviado por una buena amiga y que Ramon Llull tuvo a bien regalarnos.
Reflexioné algún día sobre la oportunidad de dar a conocer, en mi calidad
política, un informe, el presente, más propio de eclesiásticos que de jóvenes a
las puertas del tercer milenio. Pensé, con Ramon Llull, "que fuerza de
amor no sigue mesura si el amigo ama muy fuertemente al Amado". Y continué
leyendo:
"Preguntaron al amigo:
-¿Cuáles son tus riquezas? -Respondi": -Las pobrezas que soporto por mi
Amado. -¿Y cual es tu reposo? -La fatiga que me da amor. -¿Y quien es tu
médico? -La confianza que tengo en mi Amado -¿Y quien es tu maestro?
-Respondi", y dijo que lo son los significados que las criaturas dan de su
Amado".
Dudé. ¿Habrá comprensión entre
aquellos que se interesan por el idealismo político, siempre profano, en un
tema exclusivamente sacro? ¿Lo sagrado y lo profano entremezclado, unido, tal
vez supeditado lo segundo a lo primero, o divorciado lo uno de lo otro? ¿Cuál
será la respuesta acertada? Esa es la gran cuesti"n que el mundo de la
política y generalizando la sociedad occidental en pleno tiene pendiente desde
la Revolución Francesa. Y continué leyendo:
"Cantaba el Amado y decía
que poca cosa sabía el amigo de amor si se avergonzaba de alabar a su Amado, y
si temía honrarlo en aquellos sitios donde era más afrentado; y poco sabe de
amar quien se incomoda de malandanza; y quien desespera de su Amado no hace
concordancia entre amor y esperanza"
"-Di, loco, ¿qué es amor?
-Respondió: -Amor es concordancia entre teórica y práctica hacia un fin, al
cual tiende la realización de la voluntad del amigo, a fin de hacer que la
gente honre y sirva a su Amado. ...Y se discute quién es más culpable: los
hombres que vituperan al Amado, o el amigo que callaba y no defendía a su
Amado".
Por mi parte creo que lo más
sencillo es que "No hagas gran caso de que alguien esté por tí o contra
tí; más haz por manera que sea Dios contigo en todo lo que haces".
Cuando acabemos de leer este
informe, puede asaltarnos el amor o el temor ante las admoniciones claras. Aquí
cabe añadir lo que Anna Katharina Emmerich, convencida de la existencia de los
milagros, definía como tales: "Una confianza viva, inocente y sencilla en
Dios lo realiza todo, todo lo hace sustancia". Esta afirmación nos da gran
enseñanza interior de que todo mal es evitable y llevadero si confiamos plenamente.
Chesterton no duda en afirmar
que es tan racional para un creyente admitir los milagros como para un ateo no
admitirlos.
En otras palabras: sólo existe
una razón inteligente por la que no pueda creerse en los milagros, y está en
creer en el materialismo. La mayor parte de las dudas a este respecto se
asientan en pormenores.
Los que tenemos la gracia de
creer, podemos intuir lo que significa para muchos empezar a creer. Nos lo
describe muy bien Tatiana Góricheva, convencida intelectual soviética,
recientemente convertida, dentro del gran proceso de renacimiento religioso de
Rusia que dió comienzo hace más de diez años: "Si alguien me pregunta qué
significa para mí el retorno a Dios, qué es lo que esa conversión me ha hecho
patente y cómo ha cambiado mi vida, puedo contestarle con toda sencillez y
brevedad: lo significa todo. Todo ha cambiado en mí y a mi alrededor. Y, para
decirlo con mayor precisión aún: mi vida empezó sólo después de haber
encontrado a Dios".
Si con las páginas que siguen
conseguimos llevar el mensaje de Nuestra Señora al corazón de uno sólo, y con
ello animarle a que arregle una cita con Dios para toda la vida, estaremos más
que satisfechos.
En un momento en que Occidente
busca refugio en la reencarnación, el orientalismo, la magia, el esoterismo, el
horóscopo, la cienciología, lo extraterrestre y la ufologia, las sectas, el
ocultismo o qué se yo cuantos cachibaches pseudointelectuales y
pseudoespirituales más, amontonados en el cuarto trastero de la polución
intelectual reinante, ya no podemos callarnos por más tiempo. Hay gente capaz
de pasarse noches en un lugar esperando durante horas la aparición de un OVNI,
para lo que hace falta gran "fe". Se habla en tono misterioso y
sugerente de tonterías, tanto en la publicidad como en el cine, de unos
"jeans" que nos abrirán el camino, de jabón en polvo para la ropa que
resulta imprescindible, de un automobil que nos dará la felicidad, de una marca
de champán exclusiva, cual si se tratase de las cosas más importantes e
imprescindibles. En cambio, hablar de otras cosas, que de hecho son
imprescindibles para todos -como el alma, el sentido de la vida, la redención-
es algo que aquí la gente no se atreve a hacer en público, y hasta los
sacerdotes se avergüenzan. ¡Es realmente un mundo pervertido y desquiciado! .
El periodismo comercial y el
periodismo del poder se olvidan de las cosas importantes y nos machacan con lo
aparentemente sensacional, lo pasajero y lo sórdido. Las pequeñas cosas que
hacen la vida hermosa, las noticias que pueden alegrar el corazón e incluso las
noticias realmente importantes, cual sería que la Madre de Dios trajera un
nuevo mensaje al mundo, son silenciadas lapidariamente.
De ahí la gran necesidad que
la gente tiene de un sentido de la vida, de un Dios vivo -no ideologizado- y al
alcance de la experiencia. Hay que responderles, a unos y a otros, con la
simplicidad de tantos que creen, muchas personas humildes y sencillas, que son
consideradas incultas, atrasadas, retrogrados intelectuales, pero que son
probablemente las personas más felices del mundo. Pienso en bellísimas personas
que en su gran sencillez y aún mayor bondad de corazón, son mucho más
inteligentes que aquellos otros que, atrincherados en la "razón", el
"conocimiento" y la ciencia, cuando no el dinero y el poder, creen
ser alguien.
"Lo que para el mundo es
necio lo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo que para el mundo es
débil, lo escogió Dios para avergonzar a los fuertes; y lo plebeyo del mundo y
lo despreciable que no cuenta, Dios lo escogió para destruir a lo que
cuenta" (1 Corintios 1,27).
Esas son las personas que
pertenecen a Dios por entero. "Bienaventurada la simplicidad, que deja la
senda de las cuestiones dificultosas y va por el camino llano y firme de los mandamientos
de Dios. Muchos perdieron la devoción, queriendo escudriñar las cosas altas. Fe
te piden y buena vida; no alteza de entendimiento ni profundidad de los
misterios de Dios. Si no entiendes, ni alcanzas las cosas que están debajo de
tí, díme ¿cómo entenderás lo que está sobre tí?... Dios no te engaña; mas el
que se cree a sí mismo demasiadamente es engañado. Dios con los sencillos anda,
descúbrese a los humildes, da entendimiento a los pequeños... La razón humana
flaca es y puede engañarse; mas la fe verdadera no puede ser engañada... Dios
anda con los sencillos, se manifiesta a los humildes y da inteligencia a los
pequeños; ilumina la mente de las almas puras y esconde su gracia a los
curiosos y a los soberbios" nos recuerda Kempis.
Lo ha reconocido muy bien
Peradejordi al escribir que "se niega a creer que haya que ser
inteligentísimo o cultísimo para poder buscar a Dios... encontrarle es un don
que sólo él puede concedernos"
Algo que se silencia: la
crueldad de la vida pervertida en una lucha diaria por mantenerse vivos y pagar
impuestos, que pretende no dejar tiempo para una vida trascendente. Lo resume
Willy Reichert en tan sencillas palabras: "Ruhe suchen kann man an
mancherlei Orten, Ruhe finden nur bei sich selbst" (Buscar la tranquilidad
se puede en muchos lugares, encontrar la tranquilidad sólo en tí mismo).
De ahí la importancia que
tiene despertar a la juventud occidental y darle a conocer lo sobrenatural,
porque lejos de volverlos lúgubres y deshumanizados, San Francisco de Asis y
todo el sentido de su mensaje a la humanidad nos confirma que este misticismo
hace al hombre alegre y humano. El sentido del humor que aliña todas las
historias de sus andanzas fue lo que le impidió endurecerse en el empaque de la
rectitud sectaria. No era únicamente un humanista, sino un humorista; un
humorista especialmente según el antiguo sentido inglés; un hombre que anda
siempre de buen humor, siguiendo su camino y haciendo lo que nadie más haría.
Lo que distingue a ese demócrata muy auténtico de un simple demagogo, es que
nunca engañó ni se engañó por la sugestión de las masas. Para él un hombre era
siempre un hombre, y no desaparecía en la espesa multitud, como no desaparecía
en el desierto.
Tanto si lo vemos como si no,
se encierra la verdad en este enigma: que el mundo entero es una cosa buena y
una mala deuda.
Y como dice Anna Katherina
Emmerich: "Todo está en los hijos de la Iglesia que creen, que esperan y
que aman".
Me pregunta una persona de
confianza el por qué de este largo prólogo al mensaje de Nuestra Señora. Al
lector de hoy, deshabituado a todo lo que supone el más allá y firmemente
encadenado al más acá, le puede ser de utilidad constatar que en todas las
épocas han habido personas pertenecientes a los más diversos estamentos
sociales con inquietudes religiosas, fueran estos poetas, guerreros, políticos,
músicos, caballeros, santos, filósofos, o gentes sencillas, que intentaron con
su arte, su saber y su mejor entender comunicar a los demás la fe. La juventud
de principios del Siglo XXI va a estar bien necesitada de estos ejemplos.
Francis Parker Yockey, el genial pensador y filósofo de la historia
norteamericano, anuncia clarividente: "La misión de esta generación es la
más difícil a que ha debido enfrentarse una generación Occidental. Debe romper
el terror que la mantiene en silencio, debe mirar hacia adelante, debe creer
cuando aparentemente no hay esperanza, debe obedecer sus impulsos internos aún
cuando ello signifique la muerte, debe luchar hasta el límite antes de
someterse. Debe fortalecerse con el conocimiento de que contra el Espíritu del
Heroísmo niguna fuerza materialista puede prevalecer".
Si la decisión interior de
formar parte de este ejército de creyentes no tuvo un instante de duda, el
hecho de propagar el Mensaje de Nuestra Señora en ambientes políticos requirió
una reflexión: Por una parte es sabio evitar la demasiada familiaridad con los
hombres y no tenerla sino con Dios. Pero en la Santa Iglesia prevalece la
dinámica, es decir el movimiento, la acción, la beligerancia apostólica que
vivimos en Santiago, en el continuo peregrinar de Nuestro Señor por las tierras
de la Palestina, en los viajes de San Pablo, en los Padres Misioneros del Siglo
XX, en los países que ha recorrido en estos años contemporáneos Nuestra Señora
de Fátima, que ha llenado el mundo de nuevas esperanzas y promesas. Donde
prevalece la dinámica sobre la estática inmóvil, muda, sorda, que es pecado por
omisión, por dejar de hacer el bien, tal como lo es el hacer el mal, que a
menudo se hace en lo estático, en lo inmóvil, en lo indiferente o cobarde,
amedrentados por lo que dicen los enemigos de la iglesia. Kempis cita como otro
principio importante de la Imitación de Cristo "resguardar el ánimo de la
apatía, " insensibilidad; pues hay quienes ponen la perfección en la
carencia de toda tentación, y que no es malo pues ser tentado" añadiendo
-muy en línea con el pensamiento de Schopenhauer- que "La suprema
sabiduría consiste en aspirar al reino de los cielos por medio del desprecio
del mundo".
Por otra parte bien es cierto
que con dificultad se abandona la antigua costumbre, y nadie se aparta con
gusto de su propio modo de pensar. Así que lejos de intentar convencer a nadie,
no hago sino de comunicador, poniendo al alcance de quien quiera aquello que
esté en mis manos dar a conocer, fiel al principio de que el que no desea
contentar a los hombres, ni teme desagradarles, gozará de mucha paz. Sea el
lector benévolo conmigo, pues el que aprecia todas las cosas por lo que son y
no por lo que se dice o se opina de ellas, es verdaderamente enseñado por Dios
más que por los hombres.
Para los que aún se pregunten
por qué diablos hablo de todo esto, hay mejor respuesta que la mía: "De lo
que el corazón está lleno habla la boca" (Mateo 12,34).