ETIKA E

FAMILIA

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13-6-2001

30F5

La familia

Mensajes; Francisco Hernández Yágüez

I La Sagrada Familia como ejemplo (abajo)
II La familia (abajo)
III Divorcio
IV Sobre la mujer
V La familia en los tiempos actuales

I

LA SAGRADA FAMILIA COMO EJEMPLO

La familia es la célula pensada y puesta en práctica por Dios para que a través de ella aprendamos a amarle sobre todas las cosas. Es la mejor escuela de amor, porque el niño, según va teniendo uso de razón, va aprendiendo a amar. En la imagen del padre que cumple Su Voluntad aprende lo que es Dios-Padre. El primer motivo del amor humano es para que aprendiendo a amarnos, aprendamos a amar a Dios, del cual lo recibimos todo.

La familia perfecta, a la cual imitar, fueron José y María. José, el carpintero de Nazaret, que Dios había elegido por esposo de la Virgen María y padre adoptivo de su Hijo. María, la niña que a los 3 años entró en el Templo, entregada al Señor, formándose hasta los 15 años, donde hizo voto de virginidad.

Cuando el Sacerdote Zacarías propuso a María que había de tomar por esposo a José, ella, tímida y turbada por tal proposición, no sabía cómo había de explicar a José su secreto, pero supo contraponer su timidez a su promesa y le dijo:

“José, desde mi niñez me consagré al Señor. Sé que esto no se hace en Israel, pero oía una voz que me pedía mi virginidad como sacrificio de amor para que venga el Mesías. ¡Tanto tiempo hace que Israel lo espera…! Por eso no es mucho renunciar a la alegría de ser madre”.

José la mira y dice:

“Y yo uniré mi sacrificio al tuyo, y amaremos mucho al Eterno con nuestra castidad, para que Él envíe lo más pronto posible a la tierra el Salvador. Juremos amarnos como los ángeles.”

Y María y José se amaron como se aman los ángeles, sin deseos carnales. Ella, la nueva Eva, subió las etapas que ella bajó. Obediente a Dios en todo.

Y estando María desposada con José, envió Dios al ángel Gabriel y le dijo si quería ser Madre del Hijo de Dios; ella, turbada, contestó:

“¿Cómo, si no conozco varón?”

Pero María dio su “Sí” y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo. Pero cuando José vio que su esposa estaba embarazada, después de las promesas que ambos habían jurado a Dios, fue grande su duda y sufrimiento.

La Virgen así lo expresa:

“Queridos hijos; cuando cesó el éxstasis que me llenaba de alegría, el primer pensamiento que punzó mi corazón fue el pensar en José. Yo lo amaba; era mi santo custodio; junto a él había sentido que mi soledad de huérfana desaparecía. Era tan bueno como mi padre. Cerca de José me sentía más segura que un niño en brazos de su mamá; así estaba mi virginidad confiada a él.

Y ahora ¿Cómo iba a decirle que iba a ser madre?. Buscaba las palabras para darle la noticia, pero era difícil. No quería enorgullecerme del don de Dios. Yo oraba, y el espíritu, de quien estaba llena, me dijo: “Cálmate, déjame que yo te justifique ante tu esposo”. ¿Cuándo? ¿Cómo?. No se lo pregunté. Me confié a Él, pues jamás el Eterno me había dejado sin su ayuda. Por eso os digo, hijitos, confiad a Dios vuestros cuidados, Él velará por vosotros. Aún cuando todo el mundo se os opusiera, Él os defenderá y hará resplandecer la verdad” (Hombre Dios. Vol. no 1, pág. 103).

“José tuvo su gran sufrimiento. ¿Quién podrá describir con exactitud el dolor de José?: sus pensamientos, agitación de su alma cuando vio mi estado? Se veía un hombre traicionado, que se derrumbaba su buen nombre, su estima, que le señalaban con el dedo. En este punto, su santidad brilla más alta que la mía. Este hombre paciente y bueno, que no está separado del misterio de la Redención. Salvó el Salvador a costa de su scrificio y santidad. Si hubiera sido menos santo, hubiera obrado humanamente, denunciándome como adúltera para que fuese lapidada y muriera con mi Hijo. Si hubiese sido menos santo, Dios no le habría concedido sus luces como guías, en semejante prueba. Pero José era santo. Su espíritu limpio; vivía en Dios. Su caridad era grande y fuerte. Y por su caridad os salvó el Salvador. Tremendos fueron los tres días de pasión de José y mía. Yo no podía consolarlo, porque tenía que obedecer la orden del Señor que me había dicho: “No digas nada”. Encerrada en mi casa sóla, tuve que hacer frente al desconsuelo, y esperar y esperar, perdonar y perdonar… sobre todo las sospechas de José. Por eso os digo, hijitos, que es menester esperar, orar y perdonar, para obtener que Dios intervenga a nuestro favor. También vosotros vivís vuestra pasión. Os enseño a vencerla y transformarla en alegría: Esperad contra la desesperanza. Orad confiadamente. Perdonad para ser perdonados”. (Hombre Dios. Vol. 1. pág. 137).

Después de 3 días de suplicio, José vuelve a casa, el ángel le había puesto en sueños la verdad de lo sucedido y pide perdón:

“María, quiero que me perdones, desconfié de ti, ahora lo sé. No soy digno de tener un tesoro tan grande. Falté a la caridad, te acusé en mi corazón. Falté a la Ley de Dios porque no te amé como me habría amado a mí mismo. Falté al haber sospechado de ti, y una sola sospecha es ofensa. Por el dolor que he sufrido, por los 3 días de suplicio, pido que me perdones, María”.

María le dice con amor:

“No tengo nada que perdonarte, José. Soy yo quien te pide perdón por el dolor que te causé”.

José le dice:

“Por qué, María, has sido tan humilde en callar, en no decir a tu esposo tu gloria, y permitir que sospechara de ti?”.

María responde:

”Obedecí; Dios me pidió esa obediencia. Mucho me costó, por el dolor que sufrirías, pero tenía que obedecer. Soy la esclava del Señor, y los esclavos no discuten las órdenes que se les dan, las ejecutan, aún cuando hagan llorar lágrimas de sangre”.

José le dice:

“Cumpliremos con la ceremonia del matrimonio”.

María contesta:

“Todo lo que hagas, José, está bien. Eres el jefe de la casa, y yo tu sierva”. (Hombre Dios, Vol. 1, pág. 139).

La Virgen nos dice:

“Muchos matrimonios se convierten en separaciones por culpa, muchas veces, de la mujer, que no posee ese amor que es todo bondad, compasión, consuelo para con su marido.

Sobre el marido pesa el sufrimiento físico del trabajo, decisiones a tomar, responsabilidades ante los deberes con la familia.

¡Oj!, ¡Cuántas cosas pesan sobre el marido, y qué necesidad tiene de ser consolado!

Pero a veces el egoísmo es tal, que el marido cansado, sin fuerzas, humillado, preocupado; la esposa añade un peso más, con inútiles e injustos reproches.

Y todo porque es una egoísta, no ama. Amar no significa satisfacerse a sí mismo. Amar es dar contento a quien se ama, más allá de las exigencias de los sentidos o conveniencias.

También os quiero invitar a la confianza en Dios. Cualquier cosa que sucede, no puede suceder si Dios no lo permite. Por eso os pido: Si alguien os hace mal, no maldigáis jamás. Dejadlo en manos de Dios, sólo a Él toca maldecir o bendecir”. (Hombre Dios. Vol. 1, pág. 147).

 

Jesús nos dice: “Quiero hablaros un poco de la familia perfecta. ¡Cuánto podreéis aprender de ella! Estos dos esposos se amaron como ningún otro: José era la cabeza, su autoridad familiar era indiscutible. Ante esta autoridad se inclinaba la Esposa y Madre de Dios, y a ella se sujetaba el Hijo de Dios. Todo lo que José decidía, se aceptaba sin discusión. Su palabra era nuestra pequeña ley. Y a pesar de esto, ¡Cuánta humildad en él!. Jamás abusó de su poder. En aquella casa había serenidad, sonrisa y concordia;y de común acuerdo se trataba de hacerla más bella. Había un sólo pensamiento. No había nerviosismos, altercados, caras largas, ni reproches mutuos;y mucho menos se reprochó a Dios por no colmarlos de bienes materiales. José no echa en cara a María que sea la causa de su molestia, ni María a él de no proporcionarle mejores comodidades. Se amaban santamente, y esta es la razón. El verdadero amor mno es egoísta, y busca siempre el bien del cónyuge. El verdadero amor es casto, como el de aquellos esposos vírgenes. La castidad unida a la caridad trae consigo un cortejo de virtudes, y hace a dos perfectos santos.

 

En aquella casa se oraba; muy poco se ora en los hogares de ahora. En aquella casa había moderación en el comer, porque no se come para dar placer al cuerpo, sino para vivir. En los hogares de ahora se vive en opulencia, y ni siquiera se tiene un pensamiento para los que no tienen que llevarse a la boca.

En aquella casa se amaba el trabajo, porque con el trabajo el hombre obedece la orden del Señor: “Comerás el pan con el sudor de tu frente” (Gen. 3,19). Y también con el trabajo, el hombre se ve libre del vicio (2 Tes. 3,10).

En aquella casa reinaba la humildad. ¡Cuántas lecciones de humildad para vosotros! ¡Soberbios!. María enía miles de razones para ponerse soberbia y hacerse venerar de su esposo. Muchas mujeres lo hacen, tan sólo por ser más cultas, o más ricas que el marido.María es esposa  Madre de Dios y sin embargo ella “sirve”, y José es el jefe de la casa. Dios lo vió digno de ser el cabeza de familia.

En aquella casa se observaba el orden: sobrenatural y moral. Meditad en todo esto, vosotros que ahora sufrís mucho por haber faltado en muchas cosas contra Dios. Imitad a los Santos Esposos que fueron para mí: madre y padre. Donde nací oliendo a rosas en su fragancia de pureza. De mi padre adoptivo, aprendí, apenas llegué a la edad de poder usar los instrumentos, sin dejar que me entregara al ocio. Él me encaminó hacia el trabajo, haciéndome hacer objetos para mamá.

 

II

LA FAMILIA.

¿Dónde están hoy las familias en que se haga que los hijos amen el trabajo como un medio de agradar a sus padres?. Ahora los hijos son los déspotas del hogar. Crecen duros, indiferentes, malcriados para sus padres. Los tienen por sus criados, por sus esclavos. No los aman, ni tampoco ellos son amados. Porque mientras hacéis de vuestros hijos unos abusivos e iracundos, os separáis de ellos. Los hijos son de todos, menos de vosotros. ¡Oh padres del siglo XX!. Son de la profesora, de la nodriza, del colegio, de los compañeros, de la calle. Vosotras, las mamás, los engendráis y basta. Vosotros, padres, hacéis lo mismo. Un hijo no es sólo carne: es inteligencia, corazón, alma. Tened en cuenta que nadie mejor que un padre o una madre, tienen el derecho de formar esa inteligencia, ese corazón y esa alma.

 

La familia existe y debe existir. No hay teoría o progreso que pueda destruír esta verdad sin arrastrar a la ruina. De un hogar desquebrajado, no puede salir sino futuros hombres y mujeres cada vez más perversos y causa de mayores ruinas. Y en verdad os digo, que sería mejor que no hubiera más matrimonios y prole sobre la tierra, que el que haya familias menos unidas de lo que no son ni siquiera las tribus de los monos. Familias donde no existe la escuela de la virtud, del trabajo, del amor, de la religión, sino que son un caos en que cada uno vive para sí, y terminan por hacerse pedazos. Y así es. Y así estáis viviendo y soportando los frutos de este mal vuestro con que habéis despedazado vuestra vida social. Seguid así, si os place, pero no os lamentéis si esta tierra se convierte cada vez más en un infierno, en una cueva de monstruos que devoran familias y naciones. Lo quisisteis así, y así lo tenéis, y se haga vuestro deseo…” (Hombre Dios. Vol. 1, pág. 211 y 217).

 

La Virgen nos dice: Si los hombres imitasen la ciencia de Dios, las familias seguirían unidas. Los hombres han olvidado la unidad Sacramental del matrimonio. Por eso en sus corazones existe el odio infernal. Se aprovechan los demonios de la soberbia de las almas para introducirlas en la ceguera; y los hogares son !horribles!: casas de odios, discordias, rencillas, rencores, venganzas.

Sí, hijos, la mujer tiene que ser sumisa al esposo. Yo os doy mi ejemplo. El hombre tiene que entregarse a su mujer, y la mujer tiene que darse al esposo en humildad y mansedumbre. ¿Sabéis por qué en los hogares no hay paz?: por falta de sacrificio y oración. Los hogares están tibios por falta de amor. El enemigo hace ver a los hombres por su soberbia que son gravemente ofendidos por su pareja. Les hace ver que la ofensa es muy grave, para que no se arrastren a la pareja a pedir perdón. Mi esposo se arrodilló ante mí, con mansedumbre y humildad. Y la Madre de Dios se arrodilló ante el esposo que Dios le dió. (El Escorial. 02-01-88).

 

“La mayor parte de los hogares están en ceguera porque la pareja se ha unido sin amor, y su espíritu se ha degenerado en el pecado. Por tanto, la Gracia no puede entrar en su corazón. Satanás está construyendo una nueva sociedad, y los hombres quieren vivir en esa sociedad de odios, envidias, rencores. Las madres matan a sus hijos dentro de sus entrañas. Los hogares destruidos. Los padres dan mal ejemplo a sus hijos. Satanás se apodera de la humanidad, y lo hace tan invisiblemente, que los hombres no se dan cuenta que lo que quiere con su astucia es ir demoliendo el mundo. Mirad la juventud, los padres no se ocupan de su alma; sólo piensan en el cuerpo, y Satanás los introduce en el vicio de la carne, droga, alcohol. ” (El Escorial. 03-02-90)

 

“La situación del mundo es grave. Satanás se mete en las familias para destruirlas. A la juventud la arrastra al vicio. La juventud está enferma, con una enfermedad que no tiene remedio. A la mujer Satanás le tiende una trampa mortal. La conquista con modas inmorales y escandalosas para provocar a los hombres; y ambos en general caen en la lujuria, en la droga, alcohol, robo, crimen. Vosotros, jóvenes, que os dejáis arrastrar por el enemigo, ¿no véis la astucia de Satanás? ¡Cómo os muestra fácil el camino para vuestra perdición!. Madres, pedid por vuestros hijos; haced penitencia por ellos. Vosotras, madres, la mayoría de las veces sois culpables del pecado de vuestros hijos. Educadlos en el santo temor de Dios y exigidles penitencia y sacrificio. Vigiladlos; se han escapado de las manos de Dios; pero vosotras sois responsables y tendréis que dar cuenta de ello”. (El Escorial. 03-09-88, 05-05-90, 04-05-91)

 

Jesús nos dice: “Mi padre está indignado pues en los hogares no se habla ya de Dios. En los colegios tampoco. La juventud está enferma, con una enfermedad mortal que Yo podría curar. A los hijos se les educa en el escándalo, desunión, adulterio y vicios. La oración en las familias está muerta. Pido que haya paz en los hogares. ” (El Escorial. 04-01-86, 01-02-86)

 

Las Sagradas Escrituras dicen: “Las mujeres sean sumisas a sus maridos como si fuese el Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, del mismo modo que Cristo es cabeza de la Iglesia. Como la Iglesia está sujeta a Cristo, las mujeres deben estar sujetas a sus maridos. Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo amó a la Iglesia. El que ama a su mujer se ama a sí mismo, porque nadie odia su propia carne” (Ef 5,22).

“La mujer prudente edifica la casa, la necia la destruye” (Prov.14,1). “Honrado sea por todos el matrimonio e inmaculado sea también el lecho conyugal. Dios juzgará a los fornicarios y adúlteros” (Heb. 13,4). “Si alguno no mira por los de su propia casa, ha renegado de la fe y es peor que un infiel” (1 Tim. 5,8). “Que enseñen a las jóvenes a amar a sus maridos” (Tito 2,4). “Que aprenda en silencio con sumisión” (1 Tim. 2,11).

 

Leer el Libro de Tobías: “Asmodeo” es el demonio encargado de destruir los matrimonios. Una vez destruidos, hace desgraciada la vida de ambos, llevándolos a la desesperación, adulterio, etc.

 

San Rafael dice: “Tobías por ser obediente y fiel, recibió más de lo que podía desear. Yo soy el que curo y enseño a curar las insidias satánicas. Por tal motivo se me ha encomendado el cuidado del alma que se ve atormentada por un demonio que la odia, y que ella necesita poderosa ayuda para quedar libre. Mas resulta muy doloroso no encontrar en el alma perfecta sumisión, semejante a Tobías. Él venció porque fue dócil, obediente, sincero, humilde, y por ello grato a Dios“ (Cuadno. 45, pág. 190).

 

Jesús dice: “Dijo el Ángel a Tobías: “Te enseñaré quienes son aquellos hombres sobre los que tiene poder el demonio” (Tob. 6,16). ¡Oh!, ¡Cuántos conyuges desde el primer momento se encuentran bajo el poder del demonio!, porque desde el primer momento se deciden a tomar por compañero(a), no con un fin recto, sino con cálculos fraudulentos en los que domina el egoísmo y la sensualidad. Nada más sano y santo que dos que se unen para perpetuar la raza humana y proveer de almas al Cielo. Pero son muchos los que abrazan el estado conyugal dispuestos a apartar a Dios de sí. Y sobre éstos es sobre los que tiene poder el demonio. Si por motivos de enfermedad u otros motivos es aconsejable no tener hijos, es preciso entonces, saber ser continentes y privarse de aquellas satisfacciones estériles que no es más que complacer la sensualidad. Cuando un motivo honesto, cualquiera, os aconseje no acrecentar el número de hijos, sabed vivir como esposos castos, y no como monas lujuriosas.

¿Cómo queréis que el ángel de Dios vele vuestra casa, cuando hacéis de ella un antro de pecado?. ¿Cómo queréis que Dios os proteja, si le obligáis a desviar su mirada de vuestro nido contaminado?. ¡Oh!, ¡miseria de familias, que se forman sin preparación sobrenatural, y no tienen un solo pensamiento para Dios, haciendo que el Sacramento no termine con la ceremonia, sino que dure siempre!.

 

El ángel le enseña a Tobías que haciendo preceder al acto la oración, éste resulta santo, bendito y fecundo en prole y goces verdaderos. Esto es lo que hay que hacer: ir al matrimonio movidos por el deseo de descendencia; pues tal es el fin de la unión humana, y cualquier otro fin es culpa que deshonra al hombre como ser racional, portador del espíritu que es templo de Dios. Mas, ¿quién comprenderá estas palabras?. Es como si hablara la lengua de un planeta desconocido; la leeréis sin apreciar su sabor santo, os parecerá paja triturada, cuando es doctrina Celestial. Vosotros, los sabios de ahora, os reís de ella sin saber que vuestra sabiduría es motivo de risa para Satanás, que por vuestra incontinencia, ha logrado tronchar lo que Dios hizo para vuestro bien: El matrimonio como unión humana y Sacramento” (Cuadno. 44, pág. 281).

 

ORACIÓN PARA LA UNIDAD MATRIMONIAL:

“Bendito eres, Dios de nuestro padres, y bendito sea por los siglos tu nombre Santo y Glorioso. Bendígante los Cielos y toda criatura. Tú hicistes a Adán; le distes por ayuda a Eva. De ellos nació todo el linaje humano. Tú dijistes: “No es bueno que el hombre esté sólo; hagámosle una compañera”. Ahora, Señor, no llevado (a) de la pasión, sino del amor, recibo a ésta(e) mi hermana(o) por esposa(o). Ten misericordia de nosotros. Amén” (Tobías 8,5).

 

III

DIVORCIO

DISCIPULOS DE LOS APOSTOLES DE LOS ULTIMOS TIEMPOS (D.A.U.T.)

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