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La familia |
Mensajes;
Francisco Hernández Yágüez |
C
DIVORCIO
Las Sagradas Escrituras dicen: ”Se acercaron unos fariseos a Jesús y
le preguntaron:
” ¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?”.
Jesús respondió:
“¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, les hizo varón y
mujer y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su
mujer y serán los dos una sola carne”? (Gen. 2,18). De modo que ya no son dos,
sino una sola carne. Por consiguiente lo que Dios unió, no lo separe el
hombre.”
Dijeronle:
“¿Por qué Moisés
mandó dar documento de divorcio y repudiarla?” (Dt. 24,1). Él contestó: “Por
vuestra dureza de corazón, os permitía repudiar a vuestras mujeres; mas al
principio no fue así; y yo os digo: Quien repudia a su mujer, salvo en caso de
adulterio, y se casa con otra, comete adulterio, y el que se casa con una
repudiada, comete adulterio” (Mat. 5,27 y 19,3). “La mujer casada está ligada
al marido mientras vive. Tenida por adúltera si se une o se casa con otro”
(Rom. 7,12).
Jesús dice: “Mi mandato dice: Lo que Dios unió, no puede, por motivo
alguno, separarlo el hombre” (Mat. 19,5). Porque separar equivale a incitar al
adulterio.
El pecado del adulterio lo comete no
sólo el que peca materialmente, sino también el que produce las causas del
pecado, poniendo a una criatura en trance de pecar. Y vaya esto no sólo para los maridos que abandonan a
sus mujeres y para las mujeres que abandonan a sus maridos, sino también para
los padres de unos y de otros, que con perversa intención y egoísmo, meten
cizaña entre los cónyuges. O para esos mendaces amigos de la casa, que con
embustes o azuzando, forjan fantasmas entre los esposos hasta el punto de hacer
insoportable la convivencia de ambos. En verdad os digo: si los esposos
acertaran a vivir aislados, en su mútuo afecto y amor a sus hijos, el 90 % de
las separaciones no se producirían” (Cuad. 44, pág. 468).
“Habéis oído: No
cometerás adulterio”. Pues yo os digo: Quien mira a
una mujer codiciándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mat.
5,27). Pues ninguna razón justifica la fornicación; ninguna. Ni el abandono, ni
el repudio del marido, ni la compasión hacia la repudiada. Tenéis un alma sólo.
Cuando se une a otra por acto de fidelidad, que no diga mentira. De otra manera, el cuerpo bello con el que pecáis irá con vosotros, almas
impuras, a las llamas” (Hombre Dios.
Vol. 3, pág. 209).
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“Sólo la muerte rompe el matrimonio.
Acordáos de ello. Si hicisteis una elección infeliz, soportad las consecuencias
como una cruz, siendo dos infelices; pero santos, sin hacer más infelices a los
hijos, que son inocentes y sufren estas situaciones desventuradas. El amor a
los hijos os debería hacer recapacitar” (Hombre Dios. Vol. 3, pág. 209).
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“El marido que va a otros amores, es un asesino de
su mujer, de sus hijos, y de sí mismo. El que entra en casa de otra(o) para
cometer adulterio, es un ladrón. Se parece al cuco, que aprovecha el nido
ajeno, sin gastos de su parte. Me provoca tanto asco la lujuria, que le vuelvo
la cara; grito de asco a la lujuria” (Hombre Dios. Vol. 2, pág. 800).
“El que está lleno
de castidad no tiene lugar para otros movimientos que no sean buenos; en él no
penetra la corrupción. Yo vine para devolver a los hombres su realeza de hijos
de Dios, enseÑándoles a vivir como dioses. Y Dios no es lujuria. Para mostrarlo
tomé un cuerpo verdadero y sufrí las tentaciones humanas. Y decir al hombre
después de haberle instruido: “Haced como yo”. Os parece imposible que fuese
tentado sin haber caído. Os respondo: Sólo son pecadores los que quieren”
(Hombre Dios. Vol. 10, pág. 2).
“El divorcio es una prostitución legalizada que
pone al hombre y a la mujer en condiciones de cometer pecados de lujuria. La mujer divorciada difícilmente
puede ser viuda de su varón, viuda fiel. El hombre divorciado jamás permanecerá
fiel a su primer matrimonio. Tanto el uno, como el otro, al pasar a otras
uniones, desciende del nivel de hombres al de animal, que puede cambiar de hembra según su
apetito. La fornicación legal, peligrosa para la
familia y la patria, es criminal para la prole. Los hijos de los divorciados
juzgarán a sus padres. ¡Severo es el juicio de los hijos!. Por lo
menos uno de sus padres recibe la condenación.
Y los hijos, por el
egoísmo de sus padres, se ven condenados a una vida afectiva mutilada. Si a las
consecuencias que acarrea el divorcio, por el que los inocentes se ven privados
del padre o madre, se añade que uno de los cónyuges se vuelva a casar, quedan
los hijos a la suerte desgraciada de una vida afectiva que mutiló un miembro
que no está.
A esto se une otra
mutilación: El afecto del otro miembro por el nuevo amor y por hijos que nacen
de una nueva unión. Hablar de nuevas nupcias en los divorciados, es profanar el
significado del matrimonio. Sólo la viudez puede justificar segundas nupcias.
Yo sería de parecer, que es mejor bajar la cabeza
ante la sentencia siempre justa de quien regula los destinos de los hombres, y encerrarse en una castidad, cuando
la muerte ha puesto fin al matrimonio, dedicándose completamente a los hijos y
amando al cónyuge que pasó a buena vida.
¡Pobres hijos!, saborear después de la muerte o destrucción del hogar,
la dureza de un padrastro o madrastra, y la angustia de ver caricias que se
condividen con otros hijos que no son hermanos. ¡No!. En mi religión no existirá
el divorcio. Será adúltero el que se divorcie civilmente para contraernuevo
matrimonio. La Ley humana no podrá cambiar mi decreto. El matrimonio en mi
religión no será un contrato civil, le daré para que se convierta en
Sacramento. Será un rito Sagrado. Este poder ayudará a cumplir santamente los
deberes matrimoniales; pero también será la señal de la indisolubilidad del
vínculo. Será un contrato espiritual que Dios sancionará por medio de sus
ministros. Nadie es superior a Dios; por eso lo que Dios hubiere unido, ninguna
autoridad, ley o capricho humano podrá disolverlo. Por eso te digo: Si tu esposo te ha abandonado, yo no puedo sino ayudarte
a que lleves la corona de espinas de las esposas abandonadas” (Hombre Dios. Vol. 9, pág. 657).
“Dios aprueba el
matrimonio; tanto es así que yo lo hice Sacramento. Pues vi vuestra dureza de
corazón cada vez mayor, cambié el precepto de Moisés, sustiyéndolo por
Sacramento, con el fin de proporcionar ayuda a vuestras almas de cónyuges
contra vuestra ilícita facilidad de repudiar lo primero que eligísteis para
evitar nuevas uniones ilícitas que dañarían vuestras almas y las de vuestras
criaturas.
Comete un error el
que se escandaliza de una Ley puesta por Dios, y generalmente son éstos los más
hipócritas. Adúltero y maldito es aquel que por capricho
carnal o desenfreno moral, rompe una unión querida antes. Y si dice que el cónyuge le resulta pesado y
repugnante, yo os digo: Que Dios dotó al hombre
de discernimiento e inteligencia para que lo usaran; sobre todo, en caso de tan
grande importancia como es la formación de una familia. Y
aún digo más:
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Si en principio se erró por ligereza o
mal cálculo, es preciso soportar las consecuencias para no ocasionar mayores
desgracias que recaen
especialmente sobre el cónyuge más bueno y sobre inocentes forzados a sufrir
más de lo que la vida trae consigo.
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Si fuéseis cristianos verdaderos y no
bastardos como sois, debería obrar en vosotros el hacer una sola alma que se
ama en una sola carne, y no dos fieras que se odian atadas a una misma cadena.
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Adúltero y maldito es aquel que tiene dos vidas
conyugales, y con la fiebre del pecado en la sangre, y el olor del vicio en sus
labios mentirosos, vuelve a su cónyuge y a sus inocentes con palabras
mentirosas.
Nada hay que justifique vuestro
adulterio. Nada. Ni el abandono, enfermedad del cónyuge, y, menos su carácter
más o menos antipático. La mayoría de las veces es vuestra condición lujuriosa
la que os hace ver antipático a vuestro compañero y compañera. Os empeñáis en verlo así para
justificaros en vuestro comportamiento. El mundo se desquicia en ruinas, porque
antes de desquebrajaron las familias” (Cuad. 43, pág. 366).
“Ninguna presión
debe doblar vuestra autoridad (Sacerdotes) al proclamar: “No es lícito” a quien
quiera contraer otra vez matrimonio, antes de que el cónyuge haya muerto. El
matrimonio es un acto grave y santo. Y para demostrarlo asistí a las bodas y
realicé mi primer milagro. ¡Ay si degeneran en capricho!” (Hombre Dios. Vol.
11, pág. 78).
“La separación
legal no destruye el deber de que la mujer siga siendo fiel a su juramento de
esposa. Ya dije que uno de los preceptos divinos es que la mujer es carne de la
carne de su esposo, y nada, ni nadie, pude separar lo que Dios ha hecho una
sola carne. ¿Puede, entonces, el cuerpo odiarse a sí mismo?. No. ¿Puede un miembro separarse del otro?. No. Tan solo la gangrena, la lepra o una
desgracia pueden hacer que a un miembro se le corta del resto del cuerpo. Dios
inspiró a Adán que los esposos deben ser una sola carne. La carne no se separa
de la otra, sino por la muerte o enfermedad.
Ante la Justicia de Dios, la mujer
abandonada o divorciada, es una infeliz. Pero si vuelve a casarse, es una
pecadora y una adúltera.
(Hombre Dios. Vol. 7, pág. 619 y vol. 9, pág. 656).
DISCIPULOS
DE LOS APOSTOLES DE LOS ULTIMOS TIEMPOS (D.A.U.T.)
Secretaría general en España
Francisco Hernández Yágüez
(Apóstol de Jesús y María)
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