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Sobre la mujer |
Mensajes;
Francisco Hernández Yágüez |
C Divorcio - E La familia en los tiempos
actuales
La mujer, por su vida más
retirada y su facultad afectiva más fuerte que la nuestra, conversa con Dios
mejor que el hombre. En Dios encuentra consuelo a sus dolores, alivio en sus
fatigas: que son las del hogar, procrear y soportarnos a nosotros los hombres.
Y en Dios encuentra lo que enjuga sus lágrimas y la lleva a sonreír, porque
ella sabe hablar con Dios.
Los hombres serán los gigantes
de la doctrina, las mujeres serán las que, con su oración, sostengan a los
gigantes y al mundo, porque se evitarán muchas descenturas por sus oraciones y
penitencias. Por eso harán milagros, casi siempre invisibles, pero no menos
reales, que Dios conocerá” (Hombre Dios. Vol. 5, pág. 786)
Pregunta Juan: “¿Maestro?, ¿No te parece que fue injusto el castigo que
recibió la mujer?, pues el hombre también pecó”.
Jesús contesta: “Y qué vamos a
decir del premio?. Está escrito: que por la mujer volverá el bien al mundo y
Satanás será vencido (Gen. 3,15). Nosotros, los
de Israel, estamos acostumbrados a ver en la mujer a un ser inferior, y no está
bien. Si está sujeta al hombre; si ha sido castigada más, por el
pecado de Eva; si su misión consiste en que se desenvuelva entre penumbras, sin
acciones vistosas, no por eso es menos fuerte e incapaz que los varones.
Os aseguro que en su corazón
existe una gran fuerza, como los varones la tienen en la mente. Os aseguro
también, que la posición de la mujer va a cambiar, y será justo; porque así
como yo obtendré gracias y redención por todos los hombres, así una mujer las
obtendrá para ellas de modo especial. Se oyó la voz de Dios en el Paraíso:
»Pondré
enemistad entre ti y la mujer… Tú tratarás de morderle el carcañal, pero ella
te aplastará la cabeza”.
La mujer tiene en sí lo que
vence al adversario, y por lo tanto redime; una
redención que se realiza oculta, pero pronto se dejará ver a los ojos del
mundo; y las mujeres cobrarán fuerzas en ella” (Hombre Dios. Vol. 7, pág. 692 y
vol. 9, pág. 514).
Jesús dice: “La mujer sabe amar, está hecha para amar. Ella
ha convertido el amor en hambre de los sentidos; pero en el fondo, está
prisionera del verdadero amor. Vosotras, en el futuro de la Iglesia, sois
piadosas las que dais hospedaje, ya que tomáis los trabajos más humildes para
dejar libres a los Ministros de Dios para que contínuen el oficio del Maestro.
Luego vendrán tiempos
difíciles, llenos de sangre, de heroicidad. El hombre no es fuerte en el
sufrir; pues en esto la mujer supera al hombre. Enseñadle vosotras. Y vosotros, aprended de las mujeres la humildad y la
constancia. Venced la soberbia. Aprended de ellas a amar, a créer, a sufrir por
el Señor. Porque en verdad os digo, que ellas, las débiles, serán las más
fuertes en la fe, amor y sacrificio por el Maestro, al que aman sin pedir nada.
Aman sólo por darme consuelo y alegría. Toda la gracia se ha reunido en una
sola mujer; y ella la ha dado al mundo para que fuese redimido” (Hombre de
Dios. Vol. 3, págs. 73 y 69).
María decía a las mujeres
después de la muerte de Jesús: “Nosotras
somos las que hemos quedado; los varones han escapado. Es siempre la mujer la
verdadera creadora para el bien y para el mal. Nosotras engendramos la fe, de
la que estamos llenas, porque Dios la puso en nuestro corazón, y la damos a luz
a la tierra para el bien del mundo. Es siempre la mujer la que procrea» (Hombre
Dios. Vol. 11, pág. 633 y 675).
Jesús aconseja a la mujer: Hay que ser justos sin excesivas durezas, ni demasiadas
debilidades. Si tenéis que elegir, elegir más bien lo segundo; porque así Dios
os dirá: «¿Por qué fuísteis tan buenos?», y no os condenará; porque el exceso
de bondad, castiga ya al hombre al hacer que los otros se le suban encima.
La mujer sea justa con su
esposo e hijos. Obedezca y respeta, ayude y consuele a su esposo. La mujer debe
obedecer, mientras esta obediencia no se convierta en consentimiento al pecado.
La mujer debe someterse, pero no degradarse. Recordad, esposas, que el primero que os juzgará
después de Dios por ciertas condescendencias, es vuestro marido, el que
antes os arrastró a ellas. No siempre son deseos de amor, sino pruebas de
vuestra virtud. Si por el momento, vuestro esposo no se paró a pensar en ello,
puede llegar un día en que sí lo haga y os diga: “Mi mujer es muy sensual”; y
ahí le vaya a nacer alguna sospecha de vuestra fidelidad marital.
Sed castas en el matrimonio. Haced que vuestra castidad considere las cosas como algo puro, y por tal os tengan, no como esclavas o concubinas paganas, sólo por “placer”; y después, echadas fuera, cuando no les agrada más. La mujer virtuosa, que después del matrimonio conserva un “qué” virginal en sus acciones, palabras, entregas amorosas, puede llevar al marido a una elevación de sentimientos, y así el esposo se despoja de la lujuria y llega a ser verdaderamente “algo especial” con su mujer; la trata como algo que es parte de sí mismo.
Deben amarse en espíritu, no
por su desnudez sensual, y sin humillaciones vergonzosas. La mujer sea
pacciente, maternal con su marido; que lo considere como el primero de sus
hijos. El hombre siempre tiene necesidad de una madre que sea paciente,
prudente, cariñosa, comprensiva.
Feliz la mujer que
sabe ser compañera de su esposo y al mismo tiempo madre. La mujer sea
laboriosa; el trabajo ayuda a la honestidad más que a tener dinero. No atormenta al marido con celos tontos, que no conducen
a nada. ¿Es el marido una persona honesta? ¿Para qué los celos?. Los celos
necios lo empujan a que salga de la casa; le ponen en peligro de caer entre las
redes de una mala mujer. ¿No es el marido honesto ni fiel?; los berrinches de
la mujer celosa no lo curarán. Lo cura una conducta seria, sin pleitos, sin
desdenes; una conducta digna y amorosa es lo que logra que el marido reflexione
y se corrija. Sabed volver a conquistar a vuestros maridos, cuando alguna
pasión lo aleje. Conquistadlo con vuestra virtud como en la juventud lo
conquistasteis con vuestra belleza.
Ø Amad a vuestros hijos. La mujer tiene todo en sus hijos: La alegría en
las horas felices, cuando sois reina del hogar y del marido; y bálsamo en las
horas de dolor, cuando la traición u otras penas de la vida conyugal os azotan.
Si os veis tan oprimidas, que
deseáis iros, divorciaros, o encontrar compensación en un amigo fingido. ¡No,
mujeres, ¡No! Esos hijos, esos inocentes que han perdido la calma en medio
de un ambiente triste, tienen derecho a su madre, a su padre, al consuelo de un
lugar donde, si se perdió el amor, se quede el otro a velar por ellos. Esos
ojos inocentes os miran y estudian.
La mujer sea justa, hermana y
amiga al mismo tiempo que madre, para con sus hijos. Y sobre todo, que sea
ejemplo para todos. Que vele por sus hijos, los corrija amorosamente, sostenga,
y haga reflexiónar; y todo sin hacer preferencias.
Y si es verdad y natural que a
los buenos se les quiere más, por la
alegría que proporcionan; también es un deber que sean amados los hijos no
buenos, aunque sea un amor bañado en dolor, recordando que el hombre no debe
ser más severeo que Dios, quien ama no sólo a los buenos, sino también a los
malos, y los ama para tratar de hacerlos buenos; para darles modo y tiempo de
serlo, y aguanta hasta la muerte del hombre, reservándose el ser un justo Juez
cuando el hombre no pueda ya reparar” (Hombre Dios. Vol. 8, pág. 113).
“Escuchad, mujeres, que
calladas y sin castigo, asesináis tantas vidas: matar es sacar también el fruto
que crece en el seno, porque es semen culpable, o no se quiso por ser un peso
para vuestras espaldas. Hay un solo modo para no tener ese peso: Permaneced castas.
No unáis a la lujuria el homicidio. Dios lo ve todo”.
(Hombre Dios. Vol., 2, pág. 786)
“En mi primera venida vine a
abriros con mi Sangre el Paraíso. Pero en mi segunda venida, vendré a levantar
a la mujer caída; vendré a darle su lugar en el mundo. Por eso os he heblado de Eva, para que las
mujeres sepan su origen y comprendan mis palabras. Pues vendré a restablecer el
equilibrio de la humanidad que fue roto, y la mujer volverá a su instante
primero, en donde fue creada para el amor; y al llegar a este estado no sufrirá
el desprecio, indiferencia. No volverá a quejarse del dolor y amargura. Pues
vienen tiempos que toda lágrima será borrada”. (Guatemala, 15-06-1989)
DISCIPULOS
DE LOS APOSTOLES DE LOS ULTIMOS TIEMPOS (D.A.U.T.)
Secretaría general en España
Francisco Hernández Yágüez
(Apóstol de Jesús y María)
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