ETIKA

JORDI MOTA

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27-11-1999

48B4

Uno de tantos

ETIKA Biblioteca

Copyright Jordi Mota

I

Mi habitación tiene 6 metros cuadrados, está pintada de un aburridísimo gris y sólo tiene una ventana de 70 x 40 centímetros que, además, está protegida por gruesos barrotes que la reducen todavía más.

Mirando por esa ventana puedo ver a poca distancia un muro encalado de blanco, y si coloco mi cabeza en el suelo y miro hacia arriba, puedo ver un pequeño fragmento de un árbol que se halla al otro lado de la tapia en el cual, una de cada cien veces, puedo ver algún pajarillo que se detiene momentáneamente y al mirar al interior de la pared de ladrillo, sale huyendo muy juiciosamente. No tengo trabajo, ni familia, ni amigos y ... soy feliz. Es más, por fín soy realmente feliz.

Celda, jaula, habitación... poco importa el nombre, poco importan los nombres. Estoy en un centro de rehabilitación nerviosa, es decir, en un manicomio; estoy aquejado de un alteración benigna del equilibrio emocional, agravada por un estado de ansiedad transitorio, es decir, estoy loco.

Antes se hablaba de esclavos, luego de chachas y ahora de muchachas de servicio doméstico; antes hablámos del farero, pero ahora es un ingeniero técnico en señales marítimas, ¡qué importan los nombres!

Sin embargo los que me lean podrán pensar que no debo estar tan loco si me doy cuenta de ello. La verdad es que no estoy loco. Estoy totalmente curado, y ahora mi principal problema reside en disimularlo ante los médicos, pues tengo, ahora sí, una ansiedad nerviosa, ante la idea de marcharme de este bendito paraiso. El mundo me asusta, me aterra, tengo miedo de volver a caer en sus manos, de volver a ser parte de su engranaje, de volverme a ver rodeado de gente frenética que corre hacia no sabe donde, y que busca obsesivamente no sabe qué.

Mis padres eran de una vulgaridad exasperante. Vivíamos en un tercer piso, encima de la fábrica donde trabajaba mi padre. Los dueños de la fábrica, que también lo eran del edificio, vivían en el entresuelo. Nosotros pagábamos a Don José - que así se llamaba el proprietario - un pequeño alquiler, y él le pagaba a mi padre un pequeño sueldo por sus 12 horas de trabajo.

Cada vez que mi madre le recordaba a mi padre el miserable sueldo que tenía, respondía invariablemente que eran momentos malos para la empresa y que Don José tenía que hacer frente a numerosos pagos.

Mi padre salía de casa invariablemente a las siete menos cinco y volvía a las dos y cinco, para volverse a marchar a tres menos cinco, volviendo a las ocho y cinco.

Los sábados trabajaba hasta las 4, y no tenía que volver por la tarde, importante logro social alcanzado cuando Don José se compró una casa en la costa a donde iba los fines de semana.

Los domingos nos bañábamos todos por riguroso turno, después íbamos a misa y al salir algunas veces - esto era lo único en nuestra vida que no funcionaba como un reloj - íbamos a tomar el aperitivo, lo cual acontecía normalmente la primera y segunda semana de cada mes. Lo que sí no variaba cada domingo, era el viaje hasta la pastelería para comprar los postres, una tarta de nata que no se les ocurrió variar en todas su vida.

En verano algunos domingos cambíamos la rutina invernal por la estival, yendo a la playa a la hora que iban todos y volviendo cuando volvían todos, comiendo sobre la arena unos correosos bocadillos de tortilla y arena, mientras bebíamos gaseosa, un lujo poco habitual en nuestra familia, que sólo se usaba en verano, también cuando estábamos en casa, entonces mezclándola con vino o, en los últimos años, con cerveza.

Mi madre hacía ocasionalmente algunos trabajos en casa cuando el vecino de arriba que tenía un telar clandestino, tenía trabajo de sobra. Nunca se le hubiese ocurrido trabajar, pues siempre decía que ese era un lujo que sólo se podían permitir los ricos.

Eran un matrimonio feliz, no tenían nada de lo que discutir. La verdad es que no tenían nada de nada y aunque en alguna ocasión había oído a mi madre decirle a mi padre que la engañaba con otra - apoyando su argumento en que ese día habia llegado a casa a las ocho y veinte -, las posibilidades que tenía mi padre de engañar a mi madre, o simplemente der ver a otra mujer aunque fuese de lejos, eran muy pocas. En la fábrica no trabajaban mujeres, y el barrio en el que vivíamos era una zona obrera, donde sólo vivían mujeres casadas con celosos maridos, que con toda probabilidad hubiesen querido obligar a las mujeres a llevar un velo como las moras, a no ser porque la ley no autorizaba tal práctica.

Constantemente daban gracias a Dios por lo que tenían, que consistía en salud, hijos sanos y poco más. Estaban contentísimos de su suerte y ahorraban toda la semana para dar en misa un cuantioso donativo para los menesterosos, aunque nosotros podíamos encontrarnos entre ellos al menor reves de la fortuna.

Yo aborrecía esta vida. Quería tener cosas concretas como dinero y no abstractas como salud. La salud a mi entender, venía ya con la vida. Logicamente si Dios nos había creado de manera tan compleja, nos debía haber hecho de manera que funcionásemos, la salud como la cabeza o los pies, venían con el resto, con el conjunto y no había nada que agradecer.

Mis padres querían que estudiase y así me saqué un título de delineante industrial, y aunque con muchas ambiciones, me ví obligado a empezar a trabajar en la empresa de mi padre con Don José que me sermoneó al entrar, hablándome de cuanto quería a mi padre y a mi madre, y de la alegría que tenía en tenerme trabajando con él.

Me casé. Mi esposa - ¡cómo no! - era del mismo barrio. Sus padres, tan modestos como los míos, también se habían esforzado en darle unos estudios, y había sacado el título de enfermera, habiendo hecho unas pocas prácticas, que dejó a casarnos y tener nuestro primer hijo. Luege vino otro y hasta un tercero. Vivíamos modestamente y aunque no nos peleábamos ni discutíamos, no estábamos contentos con nuestro destino.

Un día mi esposa me dijo que no podíamos seguir así y que ella quería trabajar para ayudar al mantenimiento de la casa y también para poder vivir mejor y disfrutar de la vida cuando todavía eramos jóvenes. La idea me parecía magnífica. Es más, yo ya se lo habría sugerido, pero en mi familia se entendía que querer que una mujer trabajara era tanto como inscribirla en una casa de lenocinio, para ganarse la vida con su cuerpo.

II

Ella empezó a trabajar. Tenía un orario algo raro, con turnos de ocho horas en un hospital que se alternaban de mañana, tarde y noche. Primero quisimos continuar con nuestra vida como hasta entonces, pero pronto nos dimos cuenta que lo de trabajar tenía sus ventajas, muchas, pero también algunos inconvenientes, pocos.

Tuvimos que llevar a nuestros hijos, todos muy pequeños, a una guardería, contratamos un servicio de autobuses para llevarlos y traerlos, empezamos a comprar comida pre-cocinada, a comprar latas, a comer en restaurantes, a pedir pizzas por teléfono, contratar canguros etc.

Mi esposa, además, se empezó a relacionar a un nivel superior al que teníamos, y los dos, cansados de trabajar, queríamos, como habíamos previsto, disfrutar de la vida ahora que éramos todavía jóvenes. La verdad es que desde que mi esposa trabajaba teníamos menos dinero que antes. Ingresábamos más, pero gastábamos mucho más. Ello me obligó a intentar encontrar otro trabajo, y tuve un rápido éxito.

Era una impresa moderna, en expansión, diametralmente a la de Don José. El sueldo era prácticamente el doble. Tenía un horario flexible, podía entrar entre las 7 y las 8, y salir entre las 6 y las 7 de la tarde. Disponía de 31 días laborables de vacaciones - en vez de los 20 a que estaba acostumbrado - más 2 días con sueldo para asuntos personales y otros 3 para el mismo objetivo, pero sin sueldo, y como además trabajábamos 10 minutos más cada día, teníamos derechos a tres puntos anuales, reducían considerablemente el plus de asistencia, que era una buena parte del sueldo.

Para mi aquello era como un despertar a la vida. El cambio sin embargo nos obligó a nuevos gastos. Nosotros no teníamos coche, pero cuando mi esposa empezó a trabajar en esos turnos tan complejos, lo necesitabam y utilizábamos el de mi padre que era muy viejo, casi lindando lo antiguo, pero sin llegar a ello, pues en ese caso empezaría a revalorizarse. Ahora yo precisaba también un coche, nos teníamos que comprar por lo menos uno.

Mi esposa se quejaba siempre de que el coche de mi padre parecía sacado de una película de Al Capone y que teníamos que comprar uno nuevo. Yo encontraba el coche muy aceptable, sin embargo cuando mi esposa dió por sentado que el nuevo coche que compraríamos sería para ella, empecé a darme cuenta de que con el viejo cacharro de mi padre me hallaba entre la excentricidad o la pobreza.

Realmente deberíamos comprar dos coches, pero eso sería gastar un dinero que todavía no habíamos ganado, especialmente teniendo en cuenta que al cobrar mi primer sueldo me percaté de que un 30 por ciento se lo quedaba hacienda, algo a lo que no estaba acostumbrado en la empresa de Don José donde no se declaraba nada al fisco.

Uno de nuestros hijos iba todavía al la guardería, pero los otros ya asistían al colegio. Esto nos complicaba de forma especial las cosas. Yo trabajaba en las afueras, mi esposa tenía turnos cambiantes y los tres hijos tenían horarios diferentes.

El mediano iba a natación después de las clases los lunes, martes y viernes pues el médico se lo había recomendado; mientras los miercoles seguía clases especiales de matemáticas materia en la que flojeaba, los jueves acababan una hora antes, mientras que el hermano mayor hacía artes marciales los martes y jueves, y el viernes estudiaba música. En varias ocasiones nos olvidamos de las horas y fechas convenidas, y nuestros hijos se quedaron solos llorando desconsolados en sus respectivos colegios. Eso generaba discursiones desagradables con mi esposa que aunque siempre se refería a nuestros hijos como "mis niños", cuando tenía que pedirme más dinero era siempre para "tus hijos".

Y llegaron las primeras vacaciones. A mi esposa solo le correspondían 22 días, y dado que era la última en llegar a la empresa, tenía que cogerlas los meses de febrero o noviembre; yo por mi parte tenía derecho a 18 días (¿un error?), de los cuales 10 tenía que cogerlos seguidos en agosto y el resto en los meses que yo quisiera del primer semestre del año. Mis padres estaban algo cansados de hacer de su labor de abuelos, que incluía también la de padres, canguros, cocinero y maitre, servicio de taxis y lavandería, enfermería y puericultura, maestra, asistenta y no se cuantas cosas que enumeraban, sin dejarse una, por turnos, alternando una mi madre y otra mi padre.

Aquello no podía continuar. Elaboramos un complejo calendario que debía simplificar las cosas. En el detallábamos quien acompañaba los niños a los colegios, quien los recogía, quién preparaba las diversas comidas, etc. Eso funcionó bien durante dos días, pues al tercero uno de los niños enfermó y tuvimos que cambiar los turnos.

Después yo tuve que ir a una Feria en otra ciudad y posteriormente mi esposa cambió su turno con una compañera que tenía unos parientes que habían llegado de fuera y que debía atender. Así mirándolo desapasionadamente creo que mi esposa nunca cumplía con sus turnos y empecé a sospechar de todo ello, especialmente cuando yo también inventé algunos trabajos extras para poder ir a cenar con una simpática compañera de trabajo. Yo antes no entendía que las mujeres pudiesen aburrirse en casa, yo donde me aburría era en el trabajo, pero ahora empezaba a comprenderlo.

Había en mi empresa una legión de mujeres avidas de juerga, de todos los colores y olores, viudas, divorciadas, casadas, separadas, juntadas, solteras y hasta había una huérfana. Tenía ante mí la ocasión y el motivo y caí, vaya que si caí.

Entonces empecé a pensar que la organización social de la generación de mi padre, no era tan descabellada. ¿Cómo podía nadier ser adúltero si tenía un horario fijo, vivía en la misma casa de la fábrica y las mujeres no trabajaban? El caos horario que teníamos era tan grande que resultaba muy fácil buscar las ocasiones. Yo me daba cuenta de que ella hacía lo mismo, pero no podía echarle en cara lo que yo hacía y aunque en su caso me parecía mucho más censurable que en el mío, debía callar. Ella probablemente pensaba lo mismo de mí.

Una vez mientras nos cruzábamos por los pasillos de casa me dijo que quería divorciarse. Yo no tenía tiempo de hablar. Dos esquinas más abajo de mi casa me esperaba Lucita, una hermosa divorciada que vivía muy cerca y a la que acompañaba al trabajo. Le dije que lo pensaría, pero se me olvidó. Coincidiendo con la declaración de renta mi esposa me hizo firmar diversos papeles, entre los cuales había uno en el cual me comprometía a pagarle una fortuna y me declaraba culpable de adulterio.

Se lo dí a mi abogado y nos querellamos, pleiteamos, recurrimos, y fui condenado. No era justo, pero era.

A mi me tocaban los hijos los miercoles y viernes, y el primero y tercer fin de semana de cada mes. Le dije al segundo de mis hijos que cambiase su clase de natación de los miércoles y la pasó al jueves, lo que me supuso una fenomenal discusión con mi esposa. Ya no hablábamos, rugíamos.

Nuestros hijos se aprovechaban de la situación: "mamá me deja hacer esto", "mamá me ha comprado aquello", "con mamá vamos a tales sitios". Dudaba de que todo aquello fuese verdad, pero no tenía tiempo de comprobarlo. Estaba demasiado ocupado ganando y gastando dinero.

Busqué un piso similar al que teníamos y encargue los mismos muebles en el mismo ebanista, a fin de que todo fuese lo más similar posible, para evitar tenerme que acostumbrar a otra casa. Empecé mi vida de semi-casado, sin lograr asimilarla. Siempre había vivido con mis padres y después con mi esposa, y no sabía como arreglármelas sólo, y menos sin disponer de tiempo.

III

Tenía que ahorrar y para ello buscaba economizar en todo. Yo entraba a trabajar de siete a ocho, pero precisamente de nueve a diez, en el mismo bar donde yo acostumbraba a desayunar daban el mismo desayuno que yo tomaba casi a mitad de precio. El ahorro no era mucho, pero no podía sobreponerme a la sensación de ser estafado. Cuando iba a desayunar de siete a ocho me sentía estafado, y cuando iba de nueve a diez, estafador.

A veces entraba a trabajar antes y así podía salir un rato sobre las diez para desayunar, pero eso tenía el inconveniente de que de una a dos, en el mismo bar daban un menú muy barato, pero si desayunaba tan tarde no podía comer tan pronto y debia ir a otro restaurante mucho más caro, una pizzeria en la que también tenían un menú, en el cual casi siempre figuraba un tipo de pizza.

A mi la que más me gustaba era la más barata, la de queso y tomate, pero si en el menu figuraba pizza de salmón, no podía conseguir la de queso por el mismo precio, si quería la de queso tenía que pagar el doble.

Cuando quise ir de vacaciones a Burdeos a ver unos parientes, la agencia de viajes me ofreció un ventajoso itinerario por Paris. Yo no podía entender que visitar Burdeos fuese tres veces más caro que visitar Paris o Londres.

"Es que no está en los circuitos turísticos".

"¡Pero yo quiero ir a Burdeos!".

"Pues deberá pagar más. Eso es un lujo".

"Burdeos no es ningún lujo".

"Sí lo es".

"No lo es".

"Si".

"No"... pero no había nada a hacer.

Toda nuestra vida estaba programada. No podíamos elegir quasi nunca. Cuando queríamos viajar en tren teníamos que estudiar durante dos días la tarifa adecuada, las había de grupo, de tercera edad, de jóvenes, había abonos, ida y vuelta, kilométricos, largo recorrido, dias azules, de familia numerosa y mil tipos más.

Cuando viajabas nadie sacaba un billete, todos tenían tarjetas, libretas, papeles de colores... pero sólo unos pocos pagaban la tarifa normal.

Si querías ser independiente tenías que ser muy rico y yo no lo era, así que acababa siempre viajando cuando y donde los organismos oficiales habían determinado, y como era de la segunda edad, de la que paga y no tiene descuentos, apenas podía beneficiarme personalmente.

Tenía que comprarme el coche. El viejo trasto de mi padre me convertía en el hazmereir der mis "amistades" femeninas. Tenía que comprarme un coche digno de mi estatus social, pero no me determinaba a hacerlo.

Veía que en la televisión regalaban centenares de coches a todo el mundo. En los diversos concursos los participantes iban como de compras. No importaba que les ofreciesen viajes interplanetarios, oro y joyas, avionetas u obras de arte, todos pedían el coche, sin importarle la marca ni el color, el coche, el coche, todos pedían el coche.

¿Por qué no podía también yo ganar un coche? Después de todo en el último supo decir el Ebro y pese a ello se llevó el preciado coche. Así que yo, que nunca había jugado, empecé a hacerlo en todos los juegos y concursos. Esta era la manera más fácil, a mi entender, de lograr la victoria.

Compré una programación de televisión y señalé todos los concursos. Era complicado conocer las reglas y horas de cada uno.

1.    Para participar en uno había que enviar etiquetas de jamón,

2.    en otro eran envases de yogour,

3.    para un tercero había que comprar una revista en la que salía el boleto de participación,

4.    para un cuarto era preciso enviar unas postales,

5.    el quinto había que ir señalando unas casillas mientras se sequía el concurso,

6.    en el sexto había que descubrir errores en los informativos,

7.    el séptimo había que contestar unas preguntas...

Tenía la casa llena de revistas, jamón y yogour, y además hacía quinielas futbolísticas e hípicas, jugaba a la lotería, a la bono loto, a juegue y gane, a millones a gogo, a gane siempre, y no sé cuantas más.

Unas tenían el sorteo por una cadena de TV y otros en otra, los de más allá eran mensuales, y como en unos te podían llamar a casa por teléfono, otros requerían seguir cada concurso... decidí pasar el máximo de horas en casa hasta lograr algún premio, sólo salía algunos días para ir al Bingo o al Casino, no olvidándome nunca de las máquinas tragaperras en las que jugaba mientras desayunaba o comía. Hasta me compré una máquina tragaperras para tener en casa y estudiar su funcionamiento.

Nada, nunca nada. No era posible. Al nerviosismo de los sorteos y concursos, se anadía el producido por los constantes cambios de programas, pues casi siempre daban diversos concursos simultáneamente en varias cadenas de televisión.

Yo repasaba una y otra vez todos los canales y ocasionalmente me interesaba en una serie y estaba nervioso imaginando lo que harían por las otras cadenas, por fín cambiaba de cadena y ahora era un partido de futbol que me captaba la atención; al cambiar el concurso ya había acabado y no sabía si había sido el elegido, pero para estas eventualidades tenía dos videos grabando programas para cuando se me pasaba alguno.

Había seis canales de televisión y yo procuraba memorizar aquellos que me interesaban. "Sólo el 2 y el 4, en el 1, 3 y 6 no hacen nada que me interese", pero mi dedo, como actuando por su cuenta, apretaba todos los botones una y otra vez.

De vez en cuando daba un salto a la cocina a buscar algo para comer. Tenía latas de todos los tamaños y colores, pero cada lata requería su propio abrelatas y su sistema individual para abrirlo. En casa de mi madre con un abrelatas se solucionaba todo, pero ahora era diferente. Cuando abría una bolsa patatas chips, después de improvos esfuerzos, nervioso para no perderme la película que hacían, estallaba al fín y se llenaba el suelo de patatas; cuando intentataba abrir un yogour también se me desparramaba por el pantalón, cuando era un tetrabkick derramaba la leche por la mesa; si la lata tenía una argolla para tirar de ella, después de improbos esfuerzos acababa con la argolla en la mano y la lata cerrada.

A veces clavaba desesperadamente las tijeras o un cuchillo en las latas, como si intentase asesinarlas, y vaciaba su contenido a través de irregulares orificios abiertos en su superficie, aunque los fragmentos más grandes del interior, obstaculizaban la salida y todo se esparcía por todas partes.

Para colmo cuando tenía que abrir una cinta de video o un cassete para grabar uno de los multiples concursos, acuciado por las prisas, me peleaba frenético con el envoltorio plastificado, donde clavaba las uñas y los dientes sin el menor éxito.

Cada día nuevos sistemas de envasado y cada día nuevos y diversos envases. Los rolles de papel higienico eran destrozados por mí buscando la primera hoja; los rollos de cello eran igualmente desgarrados.

Me duchaba con la puerta abierta para oir los concursos, veía dos películas a la vez y en ocasiones una tercera en vídeo que hacía pasar rápido en aquellas escenas menos interesantes.

Veía sin excepción un poco de cada programa de la televisión, lo cual se agravaba los días que tenía a mis hijos, que tenían sus propias preferencias ante las que tenía que ceder, todo ello unidos a los diversos horarios, a mis compromisos laborables, a las visitas a mi padre, a mi esposa, a mi amante... me creaban un estado de irritabilidad exasperante, gruñía, rugía, mugía, refumfuñaba, gritaba hasta que un día llamaron a la puerta.

Abrí de un golpe:

"¿Qué quieren?".

"A Vd.", y sin mediar palabra se me llevaron. No sé si fueron mis padres, hijos, esposa, amante, jefes, vecinos, los que avisaron la manicomio, lo cierto es que me hallaba allí.

IV

No tenía nada que hacer. Contaba los segundos: "uno mississippi", "dos mississippi", "tres mississippi"... nadie me interrumpía, cada minuto tenía 60 segundos, cada hora sesenta minutos, cada día 24 horas, cada mes 30 días, cada año doce meses. Todo era así simple. No echaba a faltar nada ni a nadie, y nadie me echaba a faltar a mí. Por fín era un ser humano.

Podía empezar de nuevo. Podía cambiar mi pequeña y aburrida habitación por una casa en medio de un bosque de abetos, podría buscar una esposa que quisiera quedarse en casa, y un trabajo sencillo, con horarios y sueldos normales pero... ¿podría?

No me vería arrastrado de nuevo? No podía correr ese riesgo, y la verdad, no tenía prisa... no tengo prisa.

Sé que puedo salir de aquí cuando quiera y mientras, me ocupo en ver el verdadero valor de las cosas. Un árbol, algo tan sencillo como un árbol, es un auténtico sueño para mí. Veo en revistas castillos, acantilados, ciervos, perros, niños, bosques, lagos, catedrales, todos son ahora para mí tesoros, tesoros que podré visitar cuando salga de aquí, pero... ¿cuándo me decidiré?

Quizás cuando el mundo cambie, cuando los hombres se den cuenta que viven encerrados en el gran mundo, que no soy yo quien estoy enjaulado, sino que son ellos.

Las rejas de mi celda no impiden que yo esté allí, impiden que ellos estén aquí.

Con frecuencia pienso en la vulgaridad de la vida de mi padre. ¿Era realmente vulgar o era simplemente la vida misma? Siempre me había fijado cuando iba al cine en algunos estereotipicos inmutables.

en las películas las mujeres se duchaban infinitamente más veces que los hombres...

Nos hemos o nos han acostumbrado a unos tópicos que hemos incorporado como lógicos en nuestro sentido de la vida. Aquel director de cine que quisiera poner un soldado alemán bajito a gordito, no tendría porvenir en su profesión.

Quizás en la vida nos ocurre algo similar. Queremos romper moldes, esquemas, costumbres, tradiciones, sin darnos cuenta de que la vida no es el fondo sino una rutina. Predicamos la igualdad pero queremos ser diferentes a como fueron nuestros abuelos o tatarabuelos, pero en realidad somos iguales. No funcionan las nuevas fórmulas y no porque sean nuevas, sino porque no lo son.

En el pasado los hombres intentaron también huir de esa "monotonía" hasta que aprendieron a valorarla, a darse cuenta de que

Y lo mismo nos ocurre con nuestro afán de no ser iguales a nuestros antepasados, de querer ser originales a toda costa. Esto está bien para los jóvenes entre los 15 y 20 años, pero a partir de esa edad debemos dejar de ir cabeza abajo y ponernos de pie y continuar así durante el resto de nuestra vida. Eso es fácil, sencillo y si se quiere vulgar, pero sobre todo ES.

Es así y nada o muy poco podemos hacer para cambiarlo. Y sin embargo no me atrevo salir porque tengo miedo de ser arrastrado por el torbellino, por el ritmo frenético de un mundo que va a toda velocidad hacia la nada.

Quizás un día alguno de mis hijos se acordará de mí, o algún vecino, quizás mi esposa o los compañeros de trabajo, o por lo menos mi periquito. Ese día quizás me decida a irme con el que venga a buscarme, pero... ¿encontrarán algún momento para pensar en mí? Yo he encontrado los momentos para pensar en ellos.

Jordi Mota

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