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ETIKA |
JORDI MOTA |
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48B4 |
Uno de tantos |
ETIKA Biblioteca Copyright Jordi Mota |
I
Mi habitación tiene 6 metros cuadrados, está
pintada de un aburridísimo gris y sólo tiene una ventana de 70 x 40 centímetros
que, además, está protegida por gruesos barrotes que la reducen todavía más.
Mirando por esa ventana puedo ver a poca distancia
un muro encalado de blanco, y si coloco mi cabeza en el suelo y miro hacia
arriba, puedo ver un pequeño fragmento de un árbol que se halla al otro lado de
la tapia en el cual, una de cada cien veces, puedo ver algún pajarillo que se
detiene momentáneamente y al mirar al interior de la pared de ladrillo, sale
huyendo muy juiciosamente. No tengo trabajo, ni familia, ni amigos y ... soy
feliz. Es más, por fín soy realmente feliz.
Celda, jaula, habitación... poco importa el nombre,
poco importan los nombres. Estoy en un centro de rehabilitación nerviosa, es
decir, en un manicomio; estoy aquejado de un alteración benigna del equilibrio
emocional, agravada por un estado de ansiedad transitorio, es decir, estoy
loco.
Antes se hablaba de esclavos, luego de chachas y
ahora de muchachas de servicio doméstico; antes hablámos del farero, pero ahora
es un ingeniero técnico en señales marítimas, ¡qué importan los nombres!
Sin embargo los que me lean podrán pensar que no
debo estar tan loco si me doy cuenta de ello. La verdad es que no estoy loco. Estoy
totalmente curado, y ahora mi principal problema reside en disimularlo ante los
médicos, pues tengo, ahora sí, una ansiedad nerviosa, ante la idea de marcharme
de este bendito paraiso. El mundo me asusta, me aterra, tengo miedo de
volver a caer en sus manos, de volver a ser parte de su engranaje, de
volverme a ver rodeado de gente frenética que corre hacia no sabe donde, y que
busca obsesivamente no sabe qué.
Mis padres eran de una vulgaridad exasperante. Vivíamos
en un tercer piso, encima de la fábrica donde trabajaba mi padre. Los dueños de
la fábrica, que también lo eran del edificio, vivían en el entresuelo. Nosotros
pagábamos a Don José - que así se llamaba el proprietario - un pequeño
alquiler, y él le pagaba a mi padre un pequeño sueldo por sus 12 horas de
trabajo.
Cada vez que mi madre le recordaba a mi padre el
miserable sueldo que tenía, respondía invariablemente que eran momentos malos
para la empresa y que Don José tenía que hacer frente a numerosos pagos.
Mi padre salía de casa invariablemente a las siete
menos cinco y volvía a las dos y cinco, para volverse a marchar a tres menos
cinco, volviendo a las ocho y cinco.
Los sábados trabajaba hasta las 4, y no tenía que
volver por la tarde, importante logro social alcanzado cuando Don José se
compró una casa en la costa a donde iba los fines de semana.
Los domingos nos bañábamos todos por riguroso turno, después íbamos a
misa y al salir algunas veces - esto era lo único en nuestra vida que no
funcionaba como un reloj - íbamos a tomar el aperitivo, lo cual acontecía
normalmente la primera y segunda semana de cada mes. Lo que sí no variaba cada
domingo, era el viaje hasta la pastelería para comprar los postres, una tarta
de nata que no se les ocurrió variar en todas su vida.
En verano algunos domingos cambíamos la rutina
invernal por la estival, yendo a la playa a la hora que iban todos y
volviendo cuando volvían todos, comiendo sobre la arena unos correosos
bocadillos de tortilla y arena, mientras bebíamos gaseosa, un lujo poco
habitual en nuestra familia, que sólo se usaba en verano, también cuando
estábamos en casa, entonces mezclándola con vino o, en los últimos años, con
cerveza.
Mi madre hacía ocasionalmente algunos trabajos en
casa cuando el vecino de arriba que tenía un telar clandestino, tenía trabajo
de sobra. Nunca se le hubiese ocurrido trabajar, pues siempre decía que ese era
un lujo que sólo se podían permitir los ricos.
Eran un matrimonio feliz, no tenían
nada de lo que discutir. La verdad
es que no tenían nada de nada y aunque en alguna ocasión había oído a mi madre
decirle a mi padre que la engañaba con otra - apoyando su argumento en que ese
día habia llegado a casa a las ocho y veinte -, las posibilidades que tenía mi
padre de engañar a mi madre, o simplemente der ver a otra mujer aunque fuese de
lejos, eran muy pocas. En la fábrica no trabajaban mujeres, y el barrio en el
que vivíamos era una zona obrera, donde sólo vivían mujeres casadas con celosos
maridos, que con toda probabilidad hubiesen querido obligar a las mujeres a
llevar un velo como las moras, a no ser porque la ley no autorizaba tal
práctica.
Constantemente daban gracias a Dios por lo que
tenían, que consistía en salud, hijos sanos y poco más. Estaban contentísimos de
su suerte y ahorraban toda la semana para dar en misa un cuantioso donativo
para los menesterosos, aunque nosotros podíamos encontrarnos entre ellos al
menor reves de la fortuna.
Yo aborrecía esta vida. Quería tener cosas concretas como dinero y no abstractas
como salud. La salud a mi entender, venía ya con la vida. Logicamente si Dios
nos había creado de manera tan compleja, nos debía haber hecho de manera que
funcionásemos, la salud como la cabeza o los pies, venían con el resto, con el
conjunto y no había nada que agradecer.
Mis padres querían que estudiase y así me saqué un
título de delineante industrial, y aunque con muchas ambiciones, me ví obligado
a empezar a trabajar en la empresa de mi padre con Don José que me sermoneó al
entrar, hablándome de cuanto quería a mi padre y a mi madre, y de la alegría
que tenía en tenerme trabajando con él.
Me casé. Mi esposa - ¡cómo no! - era del mismo
barrio. Sus padres, tan modestos como los míos, también se habían esforzado en
darle unos estudios, y había sacado el título de enfermera, habiendo hecho unas
pocas prácticas, que dejó a casarnos y tener nuestro primer hijo. Luege vino
otro y hasta un tercero. Vivíamos modestamente y aunque no nos peleábamos ni
discutíamos, no estábamos contentos con nuestro destino.
Un día mi esposa me dijo que no podíamos seguir
así y que ella quería trabajar para ayudar al mantenimiento de la casa y
también para poder vivir mejor y disfrutar de la vida cuando todavía eramos
jóvenes. La idea me parecía magnífica. Es más, yo ya se lo habría
sugerido, pero en mi familia se entendía que querer que una mujer trabajara era
tanto como inscribirla en una casa de lenocinio, para ganarse la vida con su
cuerpo.
II
Ella
empezó a trabajar. Tenía un orario algo raro, con turnos de ocho horas en un
hospital que se alternaban de mañana, tarde y noche. Primero quisimos continuar
con nuestra vida como hasta entonces, pero pronto nos dimos cuenta que lo de
trabajar tenía sus ventajas, muchas, pero también algunos inconvenientes,
pocos.
Tuvimos
que llevar a nuestros hijos, todos muy pequeños, a una guardería, contratamos
un servicio de autobuses para llevarlos y traerlos, empezamos a comprar comida
pre-cocinada, a comprar latas, a comer en restaurantes, a pedir pizzas por
teléfono, contratar canguros etc.
Mi
esposa, además, se empezó a relacionar a un nivel superior al que teníamos, y
los dos, cansados de trabajar, queríamos, como habíamos previsto, disfrutar de
la vida ahora que éramos todavía jóvenes. La verdad es que desde que mi esposa
trabajaba teníamos menos dinero que antes. Ingresábamos más, pero gastábamos
mucho más. Ello me obligó a intentar encontrar otro trabajo, y tuve un
rápido éxito.
Era
una impresa moderna, en expansión, diametralmente a la de Don José. El
sueldo era prácticamente el doble. Tenía un horario flexible, podía entrar
entre las 7 y las 8, y salir entre las 6 y las 7 de la tarde. Disponía de 31
días laborables de vacaciones - en vez de los 20 a que estaba acostumbrado -
más 2 días con sueldo para asuntos personales y otros 3 para el mismo objetivo,
pero sin sueldo, y como además trabajábamos 10 minutos más cada día, teníamos
derechos a tres puntos anuales, reducían considerablemente el plus de
asistencia, que era una buena parte del sueldo.
Para
mi aquello era como un despertar a la vida. El cambio sin embargo nos obligó a
nuevos gastos. Nosotros no teníamos coche, pero cuando mi esposa empezó a
trabajar en esos turnos tan complejos, lo necesitabam y utilizábamos el de mi
padre que era muy viejo, casi lindando lo antiguo, pero sin llegar a ello, pues
en ese caso empezaría a revalorizarse. Ahora yo precisaba también un coche, nos
teníamos que comprar por lo menos uno.
Mi
esposa se quejaba siempre de que el coche de mi padre parecía sacado de una
película de Al Capone y que teníamos que comprar uno nuevo. Yo encontraba
el coche muy aceptable, sin embargo cuando mi esposa dió por sentado que el
nuevo coche que compraríamos sería para ella, empecé a darme cuenta de que con
el viejo cacharro de mi padre me hallaba entre la excentricidad o la pobreza.
Realmente
deberíamos comprar dos coches, pero eso sería gastar un dinero que todavía no
habíamos ganado, especialmente teniendo en cuenta que al cobrar mi primer
sueldo me percaté de que un 30 por ciento se lo quedaba hacienda, algo a lo que
no estaba acostumbrado en la empresa de Don José donde no se declaraba nada al
fisco.
Uno
de nuestros hijos iba todavía al la guardería, pero los otros ya asistían al
colegio. Esto nos complicaba de forma especial las cosas. Yo trabajaba en las
afueras, mi esposa tenía turnos cambiantes y los tres hijos tenían horarios
diferentes.
El
mediano iba a natación después de las clases los lunes, martes y viernes pues
el médico se lo había recomendado; mientras los miercoles seguía clases
especiales de matemáticas materia en la que flojeaba, los jueves acababan una
hora antes, mientras que el hermano mayor hacía artes marciales los martes y
jueves, y el viernes estudiaba música. En varias ocasiones nos olvidamos de las
horas y fechas convenidas, y nuestros hijos se quedaron solos llorando
desconsolados en sus respectivos colegios. Eso generaba discursiones
desagradables con mi esposa que aunque siempre se refería a nuestros hijos como
"mis niños", cuando tenía que pedirme más dinero era siempre para
"tus hijos".
Y
llegaron las primeras vacaciones. A mi esposa solo le correspondían 22 días, y
dado que era la última en llegar a la empresa, tenía que cogerlas los meses de
febrero o noviembre; yo por mi parte tenía derecho a 18 días (¿un
error?), de los cuales 10 tenía que cogerlos seguidos en agosto y
el resto en los meses que yo quisiera del primer semestre del año. Mis padres
estaban algo cansados de hacer de su labor de abuelos, que incluía
también la de padres, canguros, cocinero y maitre, servicio de taxis y
lavandería, enfermería y puericultura, maestra, asistenta y no se cuantas cosas
que enumeraban, sin dejarse una, por turnos, alternando una mi madre y otra mi
padre.
Aquello
no podía continuar. Elaboramos un complejo calendario que debía
simplificar las cosas. En el detallábamos quien acompañaba los niños a los
colegios, quien los recogía, quién preparaba las diversas comidas, etc. Eso
funcionó bien durante dos días, pues al tercero uno de los niños enfermó y
tuvimos que cambiar los turnos.
Después
yo tuve que ir a una Feria en otra ciudad y posteriormente mi esposa
cambió su turno con una compañera que tenía unos parientes que habían llegado
de fuera y que debía atender. Así mirándolo desapasionadamente creo que mi
esposa nunca cumplía con sus turnos y empecé a sospechar de todo ello,
especialmente cuando yo también inventé algunos trabajos extras para poder ir a
cenar con una simpática compañera de trabajo. Yo antes no entendía que las
mujeres pudiesen aburrirse en casa, yo donde me aburría era en el trabajo,
pero ahora empezaba a comprenderlo.
Había
en mi empresa una legión de mujeres avidas de juerga, de todos los
colores y olores, viudas, divorciadas, casadas, separadas, juntadas, solteras y
hasta había una huérfana. Tenía ante mí la ocasión y el motivo y caí, vaya que
si caí.
Entonces
empecé a pensar que la organización social de la generación de mi padre, no era
tan descabellada. ¿Cómo podía nadier ser adúltero si tenía un horario fijo, vivía
en la misma casa de la fábrica y las mujeres no trabajaban? El caos horario que
teníamos era tan grande que resultaba muy fácil buscar las ocasiones. Yo me
daba cuenta de que ella hacía lo mismo, pero no podía echarle en cara lo que
yo hacía y aunque en su caso me parecía mucho más censurable que en el mío,
debía callar. Ella probablemente pensaba lo mismo de mí.
Una
vez mientras nos cruzábamos por los pasillos de casa me dijo que quería
divorciarse. Yo no tenía tiempo de hablar. Dos esquinas más abajo de mi casa me
esperaba Lucita, una hermosa divorciada que vivía muy cerca y a la que
acompañaba al trabajo. Le dije que lo pensaría, pero se me olvidó. Coincidiendo
con la declaración de renta mi esposa me hizo firmar diversos papeles,
entre los cuales había uno en el cual me comprometía a pagarle una fortuna y me
declaraba culpable de adulterio.
Se
lo dí a mi abogado y nos querellamos, pleiteamos, recurrimos, y fui condenado.
No era justo, pero era.
A
mi me tocaban los hijos los miercoles y viernes, y el primero y tercer fin de
semana de cada mes. Le dije al segundo de mis hijos que cambiase su clase de
natación de los miércoles y la pasó al jueves, lo que me supuso una fenomenal
discusión con mi esposa. Ya no hablábamos, rugíamos.
Nuestros
hijos se aprovechaban de la situación: "mamá me deja hacer esto",
"mamá me ha comprado aquello", "con mamá vamos a tales
sitios". Dudaba de que todo aquello fuese verdad, pero no tenía tiempo
de comprobarlo. Estaba demasiado ocupado ganando y gastando dinero.
Busqué
un piso similar al que teníamos y encargue los mismos muebles en el mismo
ebanista, a fin de que todo fuese lo más similar posible, para evitar tenerme
que acostumbrar a otra casa. Empecé mi vida de semi-casado, sin lograr
asimilarla. Siempre había vivido con mis padres y después con mi esposa, y no
sabía como arreglármelas sólo, y menos sin disponer de tiempo.
III
Tenía
que ahorrar y para ello buscaba economizar en todo. Yo entraba a trabajar de
siete a ocho, pero precisamente de nueve a diez, en el mismo bar donde yo
acostumbraba a desayunar daban el mismo desayuno que yo tomaba casi a
mitad de precio. El ahorro no era mucho, pero no podía sobreponerme a la
sensación de ser estafado. Cuando iba a desayunar de siete a ocho me sentía
estafado, y cuando iba de nueve a diez, estafador.
A
veces entraba a trabajar antes y así podía salir un rato sobre las diez para
desayunar, pero eso tenía el inconveniente de que de una a dos, en el mismo bar
daban un menú muy barato, pero si desayunaba tan tarde no podía comer tan pronto
y debia ir a otro restaurante mucho más caro, una pizzeria en la que
también tenían un menú, en el cual casi siempre figuraba un tipo de pizza.
A
mi la que más me gustaba era la más barata, la de queso y tomate, pero
si en el menu figuraba pizza de salmón, no podía conseguir la de queso por el
mismo precio, si quería la de queso tenía que pagar el doble.
Cuando
quise ir de vacaciones a Burdeos a ver unos parientes, la agencia de viajes me
ofreció un ventajoso itinerario por Paris. Yo no podía entender que visitar
Burdeos fuese tres veces más caro que visitar Paris o Londres.
"Es
que no está en los circuitos turísticos".
"¡Pero
yo quiero ir a Burdeos!".
"Pues
deberá pagar más. Eso es un lujo".
"Burdeos
no es ningún lujo".
"Sí
lo es".
"No
lo es".
"Si".
"No"...
pero no había nada a hacer.
Toda nuestra vida estaba programada. No podíamos elegir quasi nunca. Cuando queríamos viajar en tren teníamos que estudiar
durante dos días la tarifa adecuada, las había de grupo, de tercera edad, de
jóvenes, había abonos, ida y vuelta, kilométricos, largo recorrido, dias
azules, de familia numerosa y mil tipos más.
Cuando
viajabas nadie sacaba un billete, todos tenían tarjetas, libretas, papeles de
colores... pero sólo unos pocos pagaban la tarifa normal.
Si querías ser independiente tenías que ser muy rico y yo no lo era, así que acababa siempre viajando cuando y donde los
organismos oficiales habían determinado, y como era de la segunda edad, de la
que paga y no tiene descuentos, apenas podía beneficiarme personalmente.
Tenía
que comprarme el coche. El viejo trasto de mi padre me convertía en el
hazmereir der mis "amistades" femeninas. Tenía que comprarme un coche
digno de mi estatus social, pero no me determinaba a hacerlo.
Veía
que en la televisión regalaban centenares de coches a todo el mundo. En los
diversos concursos los participantes iban como de compras. No importaba que les
ofreciesen viajes interplanetarios, oro y joyas, avionetas u obras de arte,
todos pedían el coche, sin importarle la marca ni el color, el coche, el coche,
todos pedían el coche.
¿Por
qué no podía también yo ganar un coche? Después de todo en el último supo decir
el Ebro y pese a ello se llevó el preciado coche. Así que yo, que nunca había
jugado, empecé a hacerlo en todos los juegos y concursos. Esta era la manera
más fácil, a mi entender, de lograr la victoria.
Compré
una programación de televisión y señalé todos los concursos. Era complicado
conocer las reglas y horas de cada uno.
1. Para
participar en uno había que enviar etiquetas de jamón,
2. en otro
eran envases de yogour,
3. para un
tercero había que comprar una revista en la que salía el boleto de
participación,
4. para un
cuarto era preciso enviar unas postales,
5. el quinto
había que ir señalando unas casillas mientras se sequía el concurso,
6. en el
sexto había que descubrir errores en los informativos,
7. el
séptimo había que contestar unas preguntas...
Tenía
la casa llena de revistas, jamón y yogour, y además hacía quinielas
futbolísticas e hípicas, jugaba a la lotería, a la bono loto, a juegue y gane,
a millones a gogo, a gane siempre, y no sé cuantas más.
Unas
tenían el sorteo por una cadena de TV y otros en otra, los de más allá eran
mensuales, y como en unos te podían llamar a casa por teléfono, otros requerían
seguir cada concurso... decidí pasar el máximo de horas en casa hasta lograr
algún premio, sólo salía algunos días para ir al Bingo o al Casino, no
olvidándome nunca de las máquinas tragaperras en las que jugaba mientras
desayunaba o comía. Hasta me compré una máquina tragaperras para tener en
casa y estudiar su funcionamiento.
Nada,
nunca nada. No era posible. Al nerviosismo de los sorteos y concursos, se
anadía el producido por los constantes cambios de programas, pues casi siempre
daban diversos concursos simultáneamente en varias
cadenas de televisión.
Yo
repasaba una y otra vez todos los canales y ocasionalmente me interesaba en una
serie y estaba nervioso imaginando lo que harían por las otras cadenas, por fín
cambiaba de cadena y ahora era un partido de futbol que me captaba la atención;
al cambiar el concurso ya había acabado y no sabía si había sido el elegido,
pero para estas eventualidades tenía dos videos grabando programas para cuando
se me pasaba alguno.
Había
seis canales de televisión y yo procuraba memorizar aquellos que me
interesaban. "Sólo el 2 y el 4, en el 1, 3 y 6 no hacen nada que me
interese", pero mi dedo, como actuando por su cuenta, apretaba todos los
botones una y otra vez.
De
vez en cuando daba un salto a la cocina a buscar algo para comer. Tenía latas
de todos los tamaños y colores, pero cada lata requería su propio abrelatas
y su sistema individual para abrirlo. En casa de mi madre con un abrelatas se
solucionaba todo, pero ahora era diferente. Cuando abría una bolsa patatas
chips, después de improvos esfuerzos, nervioso para no perderme la película
que hacían, estallaba al fín y se llenaba el suelo de patatas; cuando
intentataba abrir un yogour también se me desparramaba por el pantalón, cuando
era un tetrabkick derramaba la leche por la mesa; si la lata tenía una
argolla para tirar de ella, después de improbos esfuerzos acababa con la
argolla en la mano y la lata cerrada.
A
veces clavaba desesperadamente las tijeras o un cuchillo en las latas, como si
intentase asesinarlas, y vaciaba su contenido a través de irregulares orificios
abiertos en su superficie, aunque los fragmentos más grandes del interior,
obstaculizaban la salida y todo se esparcía por todas partes.
Para
colmo cuando tenía que abrir una cinta de video o un cassete para grabar
uno de los multiples concursos, acuciado por las prisas, me peleaba frenético
con el envoltorio plastificado, donde clavaba las uñas y los dientes sin el
menor éxito.
Cada
día nuevos sistemas de envasado y cada día nuevos y diversos
envases. Los rolles de papel higienico eran destrozados por mí buscando la primera
hoja; los rollos de cello eran igualmente desgarrados.
Me
duchaba con la puerta abierta para oir los concursos, veía
dos películas a la vez y en ocasiones una tercera en vídeo que hacía pasar
rápido en aquellas escenas menos interesantes.
Veía
sin excepción un poco de cada programa de la televisión, lo cual se agravaba
los días que tenía a mis hijos, que tenían sus propias preferencias ante las
que tenía que ceder, todo ello unidos a los diversos horarios, a mis
compromisos laborables, a las visitas a mi padre, a mi esposa, a mi amante...
me creaban un estado de irritabilidad exasperante, gruñía, rugía, mugía,
refumfuñaba, gritaba hasta que un día llamaron a la puerta.
Abrí
de un golpe:
"¿Qué quieren?".
"A Vd.", y sin mediar palabra se me
llevaron. No sé si fueron mis padres, hijos, esposa, amante, jefes, vecinos,
los que avisaron la manicomio, lo cierto es que me hallaba allí.
IV
No
tenía nada que hacer. Contaba los segundos: "uno mississippi",
"dos mississippi", "tres mississippi"... nadie me
interrumpía, cada minuto tenía 60 segundos, cada hora sesenta minutos, cada día
24 horas, cada mes 30 días, cada año doce meses. Todo era así simple. No echaba
a faltar nada ni a nadie, y nadie me echaba a faltar a mí. Por fín era un ser
humano.
Podía
empezar de nuevo. Podía cambiar mi pequeña y aburrida habitación por
una casa en medio de un bosque de abetos, podría buscar una esposa que quisiera
quedarse en casa, y un trabajo sencillo, con horarios y sueldos normales pero...
¿podría?
No
me vería arrastrado de nuevo? No podía correr ese riesgo, y la verdad, no
tenía prisa... no tengo prisa.
Sé
que puedo salir de aquí cuando quiera y mientras, me
ocupo en ver el verdadero valor de las cosas. Un árbol, algo tan
sencillo como un árbol, es un auténtico sueño para mí. Veo en revistas
castillos, acantilados, ciervos, perros, niños, bosques, lagos, catedrales, todos son ahora para mí tesoros, tesoros que podré
visitar cuando salga de aquí, pero... ¿cuándo me decidiré?
Quizás
cuando el mundo cambie, cuando los hombres se den
cuenta que viven encerrados en el gran mundo, que no soy yo quien estoy
enjaulado, sino que son ellos.
Las
rejas de mi celda no impiden que yo esté allí, impiden que ellos estén aquí.
Con
frecuencia pienso en la vulgaridad de la vida de mi
padre. ¿Era realmente vulgar o era simplemente la vida misma?
Siempre me había fijado cuando iba al cine en algunos estereotipicos
inmutables.
en
las películas las mujeres se duchaban infinitamente más veces que los
hombres...
Nos
hemos o nos han acostumbrado a unos tópicos que hemos incorporado como lógicos
en nuestro sentido de la vida. Aquel director de cine que quisiera poner un
soldado alemán bajito a gordito, no tendría porvenir en su profesión.
Quizás
en la vida nos ocurre algo similar. Queremos romper moldes, esquemas,
costumbres, tradiciones, sin darnos cuenta de que la vida no es el fondo sino
una rutina. Predicamos la igualdad pero queremos ser diferentes a como fueron
nuestros abuelos o tatarabuelos, pero en realidad somos iguales. No funcionan
las nuevas fórmulas y no porque sean nuevas, sino porque no lo son.
En
el pasado los hombres intentaron también huir de esa "monotonía"
hasta que aprendieron a valorarla, a darse cuenta de que
Y lo mismo nos ocurre con nuestro afán de no ser iguales a
nuestros antepasados, de querer ser originales a toda costa. Esto está bien
para los jóvenes entre los 15 y 20 años, pero a partir de esa edad debemos
dejar de ir cabeza abajo y ponernos de pie y continuar así durante el resto de
nuestra vida. Eso es fácil, sencillo y si se quiere vulgar, pero sobre todo ES.
Es así y nada o muy poco podemos hacer para cambiarlo. Y sin
embargo no me atrevo salir porque tengo miedo de ser arrastrado por el
torbellino, por el ritmo frenético de un mundo que va a toda velocidad hacia la
nada.
Quizás un día alguno de mis hijos se acordará de mí, o algún
vecino, quizás mi esposa o los compañeros de trabajo, o por lo menos mi
periquito. Ese día quizás me decida a irme con el que venga a buscarme, pero...
¿encontrarán algún momento para pensar en mí? Yo he encontrado los momentos
para pensar en ellos.
Jordi Mota
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