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49LB3B |
El liberalismo
es pecado |
D. Félix Sardá y Salvany, Pbro., Barcelona 1887 |
VI.
Del llamado Liberalismo católico o Catolicismo liberal.
De todas las inconsecuencias
y antinomias que se encuentran en las gradaciones medias del Liberalismo, la
más repugnante de todas y la más odiosa es la que pretende nada menos que la
union del Liberalismo con el Catolicismo, para formar lo que se conoce en la
historia de los modernos desvaríos con el nombre de Liberalismo católico o Catolicismo
liberal. Y no obstante han pagado tributo a este absurdo preclaras
inteligencias y honradísimos corazones, que no podemos menos de creer bien
intencionados. Ha tenido su época de moda y prestigio, que, gracias al cielo,
va pasando o ha pasado ya.
Nació este
funesto error de un deseo exagerado de poner conciliacion y paz entre doctrinas
que forzosamente y por su propia esencia son inconciliables enemigas. El liberalismo es el dogma de la
independencia absoluta de la razon individual y social; el Catolicismo es el
dogma de la sujecion absoluta de la razon individual y social a la ley de Dios.
¿Cómo conciliar el sí e el no de tan
opuestas doctrinas?
A los fundadores
del Liberalismo católico pareció cosa fácil. Discurrieron una razon individual
ligada a la ley del Evangelio, pero coexistiendo con ella una razon pública o
social libre de toda traba en este particular. Dijeron:
"El Estado como tal Estado no debe tener Religion, o debe tenerla
solamente hasta cierto punto que no moleste a los demás que no quieran tenerla.
Así, pues, el ciudadano particular debe
sujetarse a la revelacion de Jesucristo; pero el hombre público puede portarse
como tal de la misma manera que si para él no existiese dicha revelacion."
De esta suerte
compaginaron la fórmula célebre de: La Iglesia libre en el Estado libre,
fórmula para cuya propagacion y defensa se juramentaron en Francia varios
católicos insignes, y entre ellos un ilustre Prelado; fórmula que debia ser
sospechosa desde que la tomó Cavour para
hacerla bandera de la revolucion italiana contra el poder temporal de la Santa
Sede; fórmula de la cual, a pesar de su evidente fracaso, no nos consta que
ninguno de sus autores se haya retractado aún.
No echaron de ver
estos esclarecidos sofistas, que si la razon individual venia obligada a
someterse a la ley de Dios, no podía declararse exenta de ella la razon pública
o social sin caer en un dualismo extravagante, que somete al hombre a la ley de
dos criterios opuestos y de dos opuestas conciencias. Asi que la distincion del
hombre en particular y en ciudadano, obligándole a ser cristiano en el primer
concepto, y permitiéndolo ser ateo en el segundo, cayó inmediatamente por el
suelo bajo la contundente maza de la lógica integramente católica. El Syllabus, del cual hablaremos luego,
acabó de hundirla sin remision.
Queda todavía de
esta brillante, pero funestísima escuela, alguno que otro discípulo rezagado,
que ya no se atreve a sustentar paladinamente la teoria católica-liberal, de la
que fué en otros tiempos fervoroso panegirista, pero a la que sigue obedeciendo
aún en la práctica; tal vez sin darse cuenta a sí propio de que se propone
pescar con redes que, por viejas y conocidas, el diablo ha mandado ya recoger.
VII.
En qué
consiste probablemente la esencia o intrínseca razon del llamado Catolicismo
liberal.
Si bien se
considera, la íntima esencia del Liberalismo llamado católico, por otro nombre
llamado comunmente Catolicismo liberal, consiste probablemente tan sólo en un
falso concepto del acto de fe.
Parece, segun dan
razon de la suya los católico-liberales, que hacen estribar todo el motivo de
su fe, no en la autoridad de Dios infinitamente veraz e infalible, que se ha
dignado revelarnos el camino único que nos ha de conducir a la bienaventuranza
sobrenatural, sino en la libre apreciacion de su juicio individual que le dicta
al hombre ser mejor esta creencia que otra cualquiera.
No quieren
reconocer el magisterio de la Iglesia, como único autorizado por Dios para
proponer a los fieles la doctrina revelada y determinar su sentido genuíno,
sino que, haciéndose ellos jueces de la doctrina, admiten de ella lo que bien
les parece, reservándose el derecho de creer la contraria, siempre que
aparentes razones parezcan probarles ser hoy falso lo que ayer creyeron como
verdadero.
Para refutacion
de lo cual basta conocer la doctrina fundamental De fide, expuesta sobre
esta materia por el santo Concilio Vaticano. Por lo demás, se llaman católicos
porque creen firmemente que el Catolicismo es la única verdadera revelacion del
Hijo de Dios; pero se llaman católicos liberales o católicos libres, porque
juzgan que esta creencia suya no les debe ser impuesta a ellos ni a nadie por
otro motivo superior que el de su libre apreciacion.
De suerte que,
sin sentirlo ellos mismos, encuéntranse los tales con que el diablo les ha
sostituído arteramente el principio sobrenatural de la fe por el principio
naturalista del libre exámen.
Con lo cual,
aunque juzgan tener fe de las verdades cristianas, no tienen tal fe de ellas,
sino simple humana conviccion, lo cual es esencialmente distinto.
Síguese de ahí
que juzgan su inteligencia libre de creer o de no creer, y juzgan asimismo
libre la de todos los demás. En la incredulidad, pues, no ven un vicio, o
enfermedad, o ceguera voluntaria del entendimiento, y más aún del corazon, sino
un acto lícito de la jurisdiccion interna de cada uno, tan dueño en eso de
creer como en lo de no admitir creencia alguna. Por lo cual es muy ajustado a este
principio el horror a toda presion moral o física que venga por fuera a
castigar o prevenir la herejía, y de ahí su horror a las legislaciones
civiles francamente católicas.
De ahí el
respeto sumo con que entienden deben ser tratadas siempre las convicciones
ajenas, áun las más opuestas a la verdad revelada; pues para ellos son tan
sagradas cuando son erróneas como cuando son verdaderas, ya que todas nacen de un
mismo sagrado principio de libertad intelectual. Con lo cual se erige en
dogma lo que se llama tolerancia, y se dicta para la polémica católica
contra los herejes un nuevo código de leyes, que nunca conocieron en la
antigüedad los grandes polemistas del Catolicismo.
Siendo
esencialmente naturalista el concepto primario de la fe, síguese de eso que ha
de ser naturalista todo el desarrollo de ella en el individuo y en la sociedad.
De ahí al apreciar primaria, y a veces casi exclusivamente, a la Iglesia por
las ventajas de cultura y de civilizacion que proporciona a los pueblos;
olvidando y casi nunca citando para nada su fin primario sobrenatural, que es
la glorificacion de Dios y salvacion de las almas. Del cual falso concepto
aparecen enfermas varias de las apologías católicas que se escriben en la época
presente. De suerte que, para los tales, si el Catolicismo por desdicha hubiese
sido causa en algun punto de retraso material para los pueblos, ya no sería
verdadera ni laudable en buena lógica tal Religion. Y cuenta que así podría
ser, como indudablemente para algunos individuos y familias ha sido ocasion de
verdadera material ruína el ser fieles a su Religion, sin que por eso dejase de
ser ella cosa muy excelente y divina.
·
Este
criterio es el que dirige la pluma de la mayor parte de los periódicos
liberales, que si lamentan la demolicion de un templo, sólo saben hacer notar
en eso la profanacion del arte; si abogan por las Ordenes religiosas, no hacen
más que ponderar los beneficios que prestaron a las letras; si ensalzan a la
Hermana de la Caridad, no es sino en consideracion a los humanitarios servicios
con que suaviza los horrores de la guerra; si admiran el culto, no es sino en
atencion a su brillo exterior y poesía; si en la literatura católica respetan
las sagradas Escrituras, es fijándose tan sólo en su majestuosa sublimidad.
De este modo de
encarecer las cosas católicas únicamente por su grandeza, belleza, utilidad o
material excelencia, síguese en recta lógica que merece iguales encarecimientos
el error cuando tales condiciones reuniere, como sin duda las reune aparentemente en más de una ocasion alguno de las falsos
cultos.
Hasta a la piedad
llega la maléfica accion de este principio naturalista, y la convierte en
verdadero pietismo, es decir, en falsificacion de la piedad
verdadera. Así lo vemos en tantas personas que no buscan en las prácticas
devotas más que la emoción, lo cual es puro sensualismo del alma y nada
más. Así aparece hoy día en muchas
almas enteramente desvirtuado el ascetismo cristiano, que es la
purificacion del corazon por medio del enfrenamiento de los apetitos, y desconocido
el misticismo cristiano, que no es la emocion, ni el interior
consuelo, ni otra alguna de esas humanas golosinas, sino la union con Dios por
medio de la sujecion a su voluntad santísima y por medio del amor sobrenatural.
Por eso es
Catolicismo liberal, o mejor, Catolicismo falso, gran parte del
Catolicismo que se usa hoy entre ciertas personas. No es Catolicismo, es mero Naturalismo,
es Racionalismo puro; es Paganismo con lenguaje y formas
católicas, si se nos permite la expresion.
VIII.
Sombra y
penumbra, o razon extrínseca de esta misma secta católico-liberal.
VISTA en el anterior capítulo la razon intrínseca, o
llámese formal, del Liberalismo católico, pasemos en el presente a examinar lo
que podríamos llamar su razon extrínseca o histórica, o material, si les place
más a nuestros lectores esta última calificacion escolástica.
Las herejías que estudiamos hoy, en el dilatado curso de
los siglos que median entre la venida de Jesucristo y los tiempos en que
vivimos, se nos presentan a primera vista como puntos clara y definidamente
circunscritos en su respectivo período histórico, pudiéndose al parecer
señalar, como con un compás, dónde empiezan y dónde acaban, o sea la línea
geométrica que separa estos puntos negros de lo restante del campo iluminado en
que se extienden. Mas esta apreciacion, si bien se considera, no es más que
ilusion de la distancia. Un más detenido estudio, que nos acerque con el
catalejo de una buena crítica a aquellas épocas, y nos ponga en verdadero
contacto intelectual con ellas, nos permite observar que nunca, en ninguno de
esos períodos históricos, aparecen tan geométricamente definidos los límites
que separan al error de la verdad, no en la realidad de ella, que ésta muy
claramente formulada la da la definacion de la Iglesia, sino en su aprehension
y profesion externa, o sea en el modo que ha tenido de negarla o profesarla con
más o menos franqueza la respectiva generacion.
El error en la sociedad es como una fea mancha en una
tela de primoroso tejido. Se le ve claramente, pero cuesta precisar sus
límites; son vagas sus fronteras, como los crepúsculos que separan el día que
muere de la noche que se avecina, y a su vez la noche que se va del renaciente
dia. Preceden al error, que es negra sombra, y le siguen y le rodean unas como
vagas penumbras, que pueden tomarse a veces por la misma sombra, iluminada
todavía por alguno que otro reflejo de moribunda luz, o como la misma luz a la
que empañan y oscurecen ya las primeras sombras.
Así todo error claramente formulado en la sociedad
cristiana tuvo en torno de sí otra como atmosfera del mismo error, pero menos
denso y más tenue y mitigado. El Arrianismo tuvo su Semi-arrianismo; el
Pelagianismo su Semi-pelagianismo; el Luteranismo feroz su Jansenismo, que no
fué más que un Luteranismo moderado. Así, en la época presente, el Liberalismo
radical tiene en torno de sí su correspondiente Semi-liberalismo, que otra cosa
no es la secta católico-liberal que estamos aquí examinando. Es lo que llamó el
Syllabus un racionalismo moderado; es el Liberalismo sin la franca
crudeza de sus primeros principios al descubierto, y sin el horror de sus
últimas consecuencias. Es el Liberalismo para el uso de los que no consienten
todavía en dejar de parecer o creerse catolicos. Es el Liberalismo, triste
crepúsculo de la verdad que empieza a oscurecerse en el entendimiento, o de la
herejía que no ha llegado aún a tomar completa posesion de él.
Observamos, en efecto, que suelen ser católicos liberales
los católicos que van dejando de ser firmes católicos, y los liberales crudos
que, desengañados en parte de su error, no han acabado de entrar todavía de
lleno en los dominios de la íntegra verdad. Es ademas el medio sutil e
ingeniosísimo que encontró siempre el diablo para retener por suyos a muchos
que de otra manera hubieran aborecido de veras, a haberla bien conocido, su
maquinacion infernal.
Este medio satánico es permitir que los tales tengan
todavía un pié en el terreno de la verdad, a condicion de que el otro pié lo
tengan ya completamente en el campo opuesto. Así evitan el saludable horror del
remordimiento los todavía no encallecidos de conciencia; así, además, se libran
de los compromisos que trae siempre toda resolucion decisiva los espiritús
apocados y vacilantes, que son los más; así logran los aprovechados figurar,
segun les conviene, un rato en cada campo, haciendo por aparecer en ambos como
amigos y afiliados; así puede, finalmente, el hombre dar como un paliativo
oficial y reconocido a la mayor parte de sus miserias, debilidades e
inconsecuencias.
Tal vez no ha sido aún debidamente estudiada por este
lado la presente cuestion en la historia antígua y contemporánea; lado que si
es el menos noble, es por lo mismo el más practico, ya que por desdicha en lo
menos noble y levantado hay que buscar por lo comun el secreto resorte de la
mayor parte de los fenómenos humanos. A nosotros nos ha parecido bien hacer
aquí esta indicacion, dejando a más expertas y sutiles inteligencias el cuidado
de ampliarla y desenvolverla par completo.
Anmerkung
etika.com: Jene, die die katholischen Traditionalisten, die Evangelikalen usw.
als Sektierer verdammen, werden bald selbst als Sektierer dastehen.
IX.
De otra distincion importante, o sea del Liberalismo práctico y del Liberalismo
especulativo o doctrinal.
ENSEÑASE en filosofía y en teología, que hay dos cla-
ses de ateísmo, uno doctrinal y especulativo, y
otro práctico. Consiste el primero en negar franca y
redondamente la existencia de Dios, pretendiendo
anular o desconocer las pruebas irrefragables en que
se funda. Consiste el segundo en vivir y obrar sin
negar la existencia de Dios, pero como si Dios real-
mente no existiese. Los primeros se llaman ateos
teóricos o doctrinales, los segundos ateos prácticos, y
son los que abundan más.
Lo propio acontece con el Liberalismo y con los li-
berales. Hay liberales teóricos y liberales practicos.
Los primeros son los dogmatizadores de la secta: filó-
sofos, catedráticos, diputados o periodistas, que ense-
ñan en sus libros, discursos o artículos el Liberalis-
mo; que defienden tal doctrina con argumentos y
autoridades y con arreglo a un criterio racionalista,
en oposición embozada o manifiesta con el criterio
de la divina y sobrenatural revelacion de Jesucristo.
Los liberales prácticos son la gran mayoria del
grupo, los borregos de él, que creen a pie juntillas lo
que les dicen sus maestros, o que sin creerlo siguen
dóciles a quien les lleva, y siempre ajustados a su
compás. Nada saben de principios ni de sistemas, y
hasta quizá los detestarian si conocieran toda su de-
formidad; sin embargo, son las manos que obran,
así como los teóricos son las cabezas que dirigen. Sin
ellos no saldria el Liberalismo del recinto de las aca-
demias; ellos son los que le dan vida y movimiento
exterior.
Pagan el periódico liberal; votan el candi-
dato liberal; apoyan las situaciones liberales, y vito-
rean a sus personajes y celebran sus fechas y ani-
versarios. Son la materia prima del Liberalismo,
dispuesta a recibir cualquier forma y a servir siem-
pre para cualquier barbaridad. Muchos de ellos iban
a Misa y mataron a los frailes; más tarde asistian a
novenas y daban carrera eclesiástica a sus hijos, y
compraban fincas de la desamortizacion; hoy dia re-
zan tal vez el Rosario y votan al diputado librecultis-
ta. Hanse formado una como cierta ley de vivir con
el siglo, y creen (o quieren creer) que se va bien así.
¿Les exime esto de responsabilidad y culpa delante
de Dios? No, por cierto, como verémos despues.
Liberales prácticos son tambien los que, rehuyendo
explanar la teoria liberal, que saben está ya desacre-
ditada para ciertos entendimientos, procuran, no
obstante, sostenerla en el procedimiento práctico de
todos los días, escribiendo y perorando a lo liberal;
proponiendo y eligiendo candidatos liberales; elo-
giando y recomendando sus libros y personas; juz-
gando siempre de los sucesos con el criterio liberal;
manifestando siempre odio tenaz a todo lo que tienda
a desacreditar o menoscabar su querido Liberalismo.
Tal es la conducta de muchos periodistas prudentes,
a quienes difícilmente se encontrará en delito de for-
mular proposiciones concretamente liberales, pero
que, sin embargo, en todo lo que dicen y en todo lo
que callan no dejan de hacer la maldita propaganda
sectaria. Es éste de todos los reptiles liberales el más
venenoso.
X.
El Liberalismo de todo matiz y carácter, ¿ha sido formalmente condenado por la
Iglesia?
Sí; el Liberalismo en todos sus grados y aspectos
ha sido formalmente condenado. Así que, ade-
más de las razones de malicia intrínseca que le hacen
malo y criminal, tiene para todo fiel católico la su-
prema y definitiva declaracion de la Iglesia, que como
a tal le ha juzgado y anatematizado. No podia permi-
tirse que error de tal trascendencia dejase de ser in-
cluído en el catálogo de los oficialmente reprobados,
y lo ha sido en distintas ocasiones.
Ya al aparecer en Francia, en su "primera Revolu-
cion, la famosa Declaracion de los derechos del hombre,
en que estaban contenidos en gérmen todos los des-
atinos del moderno Liberalismo fué condenada esta
Declaracion por Pio VI.
Más tarde, ampliada esta doctrina funesta, y acep-
tada por casi todos los Gobiernos de Europa, aún por
los propios soberanos, que es una de las más ho-
rribles ceguedades que ofrece la historia de las mo-
narquías, tomó en España el nombre con que en to-
das partes se le conoce hoy de Liberalismo.
Diéronsele las terribles contiendas entre realistas
y constitucionales, que mutuamente se designaron
desde luego con los apodos de serviles y liberales. De
España se extendió a toda Europa esta denomina-
cion. Pues bien; en lo más recio de la lucha, con oca-
sion de los primeros errores de Lamennais, publicó
Gregorio XVI su Encíclica Mirari vos, condenacion
explícita de Liberalismo, cual en aquella ocasion se
entendia y predicaba y practicaba por los Gobiernos
constitucionales.
Mas, avanzando los tiempos y creciendo con ellos
la avasalladora corriente de estas ideas funestas, y
hasta tomando bajo el influjo de extraviados talentos
la máscara de Catolicismo, deparó Dios a su Iglesia el
Pontífice Pio IX, el cual con toda razon pasará a la
historia con el dictado de azote del Liberalismo. El
error liberal en todas sus faces y matices ha sido
desenmascarado por este Papa. Para que más autori-
dad tuviesen sus palabras en este asunto, dispuso la
Providencia que saliese la repetida condenacion del
Liberalismo de labios de un Pontífice, al cual desde
el principio se empeñaron en presentar como suyo
los liberales. Después de él no le queda ya a este
error subterfugio alguno a que acogerse. Los repeti-
dos Breves y Alocuciones de Pio IX le han mostrado al
pueblo cristiano tal cual es, y el Syllabus acabó de
poner a su condenacion el último sello. Veamos el
contenido principal de algunos de estos documentas
pontificios. Sólo unos pocos citarémos entre muchísi-
mos que se podrian citar.
En 18 de Junio de 1871, al contestar Pio IX a una
Comision de católicos franceses, les habló así: « El
ateísmo en las leyes, la indiferencia en materia de
Religion y esas máximas perniciosas llamadas católi-
co-liberales, éstas, sí, éstas son verdaderamente la
causa de la ruina de los Estados, éstas lo han sido de
la perdicion de la Francia. Creedme; el daño que os
anuncio es más terrible que la Revolucion, y más
aún que la Commune. Siempre
he condenado el Libe-
ralismo católico, y volveré cuarenta
veces a conde-
narlo, si es menester.
En el Breve de 6 de Marzo de 1873 al Presidente y
socios del Círculo de san Ambrosio de Milan, se ex-
presa de esta suerte: «No faltan algunos que intentan
poner alianzas entre la luz y las tinieblas, y manco-
munidad entre la justicia y la iniquidad a favor de
las doctrinas llamadas católico-liberales, que basadas
en perniciosísimos principios, múestranse halagüe-
ñas para con las invasiones de la potestad secular en
los negocios espirituales, e inclinan los mismos a es-
timar, o tolerar al menos, leyes inicuas, como si no
estuviese escrito que nadie puede servir a dos seño-
res. Los que tal hacen, de todo punto son más peli-
grosos y funestos que los enemigos declarados, no
sólo en razon a que, sin que se les note y quizá tam-
bien sin advertirlo ellos mismos, secundan las tenta-
tivas de los malos, si no tambien porque, encerrán-
dose dentro de ciertos limites, se muestran con apa-
riencias de probidad y sana doctrina para alucinar a
los imprudentes amadores de conciliacion, y seducir
a las gentes honradas que habrian combatid el error
manifiesto.»
En el Breve de 8 de Mayo de igual año a la Confe-
deracion de los Círculos católicos de Belgica, dice: «Lo
que sobre todo alabamos en esa vuestra religiosísima
empresa, es la absoluta aversion que, segun noticias,
profesáis a los principios católico-liberales, y vuestro
denodado intento de desarraigarlos de los mismos.
Verdaderamente, al emplearos en combatir ese insi-
dioso error, tanto más peligroso que una enemistad
declarada, cuanto más se encubre bajo el especioso
velo del celo y caridad, y en procurar con ahinco
apartar de él a las gentes sencillas, extirparéis una
funesta raíz de discordias, y contribuiréis eficazmente
a unir y fortalecer los ánimos. Seguramente vos-
otros, que con tan plena sumision acatais todos los
documentos de esta Sede Apostólica, cuyas reiteradas
reprobaciones de los principios liberales os son cono-
cidas, no habeis menester estas advertencias.»
En el Breve a La Croix, periódico de Bruselas, en
21 de Mayo de 1874, dice lo siguiente: «No podemos
menos de elogiar el intento expresado en vuestra
carta, y al cual hemos sabido que satisface plena-
mente vuestro periódico, de publicar, divulgar, co-
mentar e inculcar en los ánimos todo cuanto esta
Santa Sede tiene enseñado contra las perversas o
cuando menos falsas doctrinas profesadas en tantas
partes, y señaladamente contra el Liberalismo católi-
co, empeñado en conciliar la luz con las tinieblas y
la verdad con el error.»
El 9 de Junio de 1873 escribia al Presidente y Con-
sejo de la Asociacion católica de Orleans; y sin nom-
brarlo retrataba el Liberalismo pietista y moderado
en los siguientes terminos: « Aunque vuestra lucha
haya de trabarse en rigor contra la impiedad, quizá
por este lado no os amenaza riesgo tan grande como
por el de ese grupo de amigos imbuídos en aquella
doctrina ambigua, que mientras rehuye las últimas
consecuencias de los errores, retiene obstinadamente
sus gérmenes, y no queriendo ni abrazarse con la
verdad integra, ni atreviéndose a desecharla por en-
tero, afánase en interpretar las tradiciones y doctri-
nas de la Iglesia, ajustándolas al molde de sus priva-
das opiniones.»
Mas para no hacernos interminables y cansados,
nos contentarémos con aducir las frases de otro Bre-
ve, el más expresivo de todos, y que por tal no lo
podemos en conciencia omitir. Es el dirigido al Obis-
po de Quimper, en 28 de Julio de 1873. En él se dice
lo siguiente, refiriéndose el Papa a la Asamblea gene-
ral de las Asociaciones católicas, que se acababa de
celebrar en aquella diócesis:
“Seguramente no se
apartarán tales Asociaciones
de la obediencia
debida a la Iglesia ni por los
escritos ni por los
actos de los que con
injurias e invectivas
la persiguen; pero pu-
dieran ponerla en la
resbaladiza senda del error esas
opiniones llamadas
liberales, aceptas a muchos ca-
tólicos, por otra
parte hombres de bien y piadosos,
los cuales por la
influencia misma que les da su re-
ligion y piedad
pueden muy fácilmente captarse los
ánimos e inducirlos a
profesar máximas muy perni-
ciosas. Inculcad, por
lo tanto, venerable Hermano, a
los miembros de esa
católica Asamblea, que Nos al
increpar tantas
veces, como lo hemos hecho, a los
secuaces de esas
opiniones liberales, no nos hemos
referido a los
declarados enemigos de la Iglesia, pues
a éstos habria sido
ocioso denunciarlos, sino a esos
otros antes aludidos,
que reteniendo el virus oculto
de los principios
liberales que han mamado con la
leche, cual si no
estuviese impregnado de palpable
malignidad y fuese
tan inofensivo como ellos pien-
san para la Religion,
lo inoculan fácilmente en los
ánimos, propagando
así la semilla de esas turbulen-
cias que tanto tiempo
há traen revuelto al mundo.
Procuren, pues,
evitar estas emboscadas, y esfuér-
cense en asestar sus
tiros contra este insidioso ene-
migo, y ciertamente
merecerán bien de la Religion y
de la patria.»
Ya lo ven nuestros amigos y tambien nuestros ad-
versarios: todo lo dice el Papa en esos Breves, parti-
cularmente en el último, que de un modo especial
deben desmenuzar y estudiar.
XI.
De la última y más
solemne condenacion del Liberalismo por medio del “Syllabus.”
Resumiendo cuanto
ha dicho del Liberalismo el Papa en distintos documentos, podemos sólo indicar
los siguientes durísimos epítetos con que en diferentes ocasiones le ha calificado.
En efecto, en su Breve á Segur con motivo de su conocido libro Hommage, le llamó pérfido enemigo; en su
alocucion al Obispo de Nevers, verdadera
calamidad actual; en su carta al Círculo católico de San Ambrosio de Milan,
pacto entre la justicia y la iniquidad;
en este mismo documento le calificó de más
funesto y peligroso que un enemigo declarado; en la citada carta al Obispo
de Quimper, virus oculto; en el Breve á los
de Bélgica, error insidioso y solapado;
en otro Breve á Mons. Gaume, peste perniciosísima.
Todos estos
documentos se pueden leer íntegros en el citado libro de Segur, Hommage aux catholiques libéraux.
Sin embargo,
podía con cierta apariencia de razón el Liberalismo recusar la autoridad de
estas declaraciones pontificias, por haber sido todas ellas dadas en documentos
de carácter meramente privado. La herejía es siempre tenaz y cavilosa, y se
agarra á cualquier pretexto ó excusa para eludir la condenacion. Necesitábase,
pues, un documento oficial, público, solemne, de carácter general,
universalmente promulgado, y por tanto definitivo. La Iglesia no podia negar á
la ansiedad de sus hijos esta formal y decisiva palabra de su soberano
magisterio. Y la dió, y fué el Syllabus
de 8 de Diciembre de 1864.
Acogiéronle todos
los buenos católicos con entusiasmo igual á los paroxismus de furor con que le
saludaron los liberales. Los católico-liberales creyeron más prudente herirle
de soslayo con capciosas interpretaciones. Razon tenian unos y otros en
reconocerle debida importancia. El Syllabus
es un catálogo oficial de los principios errores contemporáneos, en forma de
proposiciones concretas, tales como se encuentran en los autores más conocidos
que los propalaron. En ellos se encuentran, pues, en detalle todos los que constituyen
el dogmatismo liberal. Aunque en una sola de sus proposiciones se nombra al
Liberalismo, lo cierto es que la mayor parte de los errores allí sacados á la
picota son errores liberales, y por tanto de la condenación separada de cada
uno resulta la condenacion total del sistema. No harémos más que enumerarlos
aquí rápidamente.
En la proposicion
XV y en las LXXVII y LXXVIII se condena
la libertad de cultos; el pase regio en la XX y XXVIII; la desamortizacion
en las XXVI y XXVII; la supremacía absoluta
del Estado en la XXXIX; el laicismo
en la enseñanza pública en la XLV, XLVII y XLVIII; la separacion de la
Iglesia y del Estado en la LV; el
absoluto derecho de legislar sin Dios en la LVI; el principio de no
intervencion en la LXII; el llamado derecho de insurrecion en la LXIII; el
matrimonio civil en la LXXIII y alguna otra; la libertad de imprenta en la
LXXIX; el sufragio universal como principio de autoridad en la LX; por fin, el
mismo nombre de Liberalismo en la LXXX.
Varios libros se
han escrito desde entonces para la exposicion clara y sucinta de cada una de
estas proposiciones, y á ellos puédese acudir. Pero la interpretacion y
comentario más autorizado se lo han dado al Syllabus
sus propios impugnadores, los liberales de todos matices, cuando nos lo han
presentado siempre como su más odioso enemigo y como el símbolo más completo de
lo que llaman clericalismo, ultramontanismo y reaccion.
Satanás, que es
malvado pero no tonto, vió muy claro á donde iba á parar derechamente golpe tan
certero, y le ha puesto á tan grandioso monumento el sello más autorizado de
todos después del de Dios: el de su profundo rencor. Creamos en esto al padre
de la mentira; que lo que él aborrece y difama, lleva con esto solo, cierto y
seguro testimonio de ser la verdad.
...
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Para facilitar la traducción en otras lenguas, modernizamos en partes del texto
un poco la grafía: en vez de ó o, en vez de á a.