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ETIKA E |
LA EXPECTACIÓN ANSIOSA
DE LA CREACIÓN |
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Jordi Mota |
LA TRISTE NAVIDAD |
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Si alguien hubiese pretendido que podía existir en
el mundo un lugar más feliz que aquél, habría encontrado la firme oposición de
Muk, Puk y Zuk.
Para ellos la vida y la felicidad eran una misma
cosa. No concebían un mundo oscuro o triste, ni concebían que nadie lo
concibiera, no entendían el dolor ni la falta de felicidad y por ello les
parecía que todos los que rodeaban eran igual de felices.
Habían nacido hacía poco, es cierto. No tenían
tampoco experiencia en la vida y apenas se diferenciaban de otros cientos que
habitaban la misma granja, pero tenían algo que les distinguía, tenían un
amigo. Su amigo se llamaba Javier y era nada menos que el hijo de los
propietarios de la granja, por ello mientras los otros conejos permanecían en
sus jaulas, ellos disponían de casi absoluta libertad. La misma escena tenía
lugar cada mañana:
- Muk, Puk, Zuk, ánimo. Es hora de jugar.
Estas palabras eran casi mágicas para ellos. La
vida, la auténtica vida, empezaba a partir de ese momento. Y ese día no iba a
ser diferente de los demás. ¡Al contrario! Por ignorados motivos la felicidad
era desbordante ese día. Había coros de niños cantando, otros que corrían en
trineos y unos pocos haciendo trabajosamente muñecos de nieve. Muk, Puk y Zuk
estaban como atontados ante tanta actividad y escuchaban las canciones que
cantaban los niños. Todos tenían casi la misma letra. Hablaban de Jesús, de
María , de José, de Belén, de Nazareth, del Cielo, del amor... Poco a poco
fueron comprendiendo el motivo y la causa de tanta alegría y por ello los
sorprendió todavía más ver el rostro de su madre.
- ¿Qué te pasa mamá? ¿Por qué estás triste?
Alégrate mamá. Hoy todo el mundo es feliz, todos los niños juegan, todos
corren, todos cantan... pero mamá, ¿qué te pasa?
- No me pasa nada - dijo la madre -. Estoy
perfectamente bien. Me alegra mucho que estés contento y de que Javier sea tan
bueno con nosotros.
Sin embargo, y pese a esas consoladoras palabras,
la madre de Muk, Puk y Zuk apenas podía contener sus lágrimas. Ya de noche,
aprovechando la oscuridad y asegurándose de que nadie la veía, no pudo contener
más su llanto.
- Dios mío, tu que eres infinitamente bueno,
concédeme un humilde deseo. No permitas que hoy se lleven a ninguno de mis
hijos. Papá y yo hemos vivido bastante, pero ellos son demasiado felices y demasiado
jóvenes, déjales vivir todavía algún tiempo para que conozcan el hermoso mundo
que tu has creado.
Mientras mamá conejo se hallaba sumida en el más
profundo dolor, Javier iba a tener ocasión de recrear su vista en un
espectáculo portentoso que nunca había visto. Toda su familia se había
trasladado a la ciudad para asistir a la misma del gallo, y al entrar en la
Catedral la impresión no podía ser mayor. La iluminación, la nave gótica
cuajada de cirios encendidos, la música del órgano, el coro, el olor a incienso
y allí en medio, con un antuendo que a Javier se le antojó sumamente
majestuoso, el Obispo, el reverendo Obispo cuyas palabras eran escuchadas por
todos con santa devoción.
- Hoy conmemoramos el nacimiento de Nuestro Señor
Jesucristo, hoy pues ha de ser un día de amor, de perdón, de amistad. Dios
envió a su hijo a la muerte para darnos la vida y nosotros hoy, siguiendo su
ejemplo, hemos de dar la vida a cuanto nos rodea. Hemos de olvidar rencores y
odios y pagar con bondad el mal que nos hayan podido hacer. Hoy no puedo haber
enemigos, sino sólo amor.
Los padres de Javier estaban impresionados por la
ceremonia.
- Hermosas palabras las de esta noche- decía el
padre -. Es un digno Obispo pues sabe transmitirnos el más puro espíritu de
Cristo.
Después de un ajetreado viaje llegaron por fin a
casa.
- Vamos querida. Empieza a preparar la cena que
pronto vendrán los invitados. Recuerda que hoy es Nochebuena y has de guisar
mejor que nunca.
La madre de Javier asintiendo con la cabeza, abrió
la puerta del patio y avanzó en medio de la noche.
- ¡Papá, Papá! - empezó a gritar mamá conejo -. Ya
vienen, es la hora. Coloquémonos cerca de la puerta.
- ¿Qué pasa mamá? - preguntaban los niños -.
- No pasa nada. Nosotros os protegeremos. Poneros
al fondo de la jaula.
Una mano penetró en la jaula, buscó y rebuscó
cogiendo al fin a mamá conejo por las patas traseras y llevándosela. Ella
girando su cabeza todavía movía sus patas delanteras en señal de despedida.
- ¡Mamá, mamá! -gritaban sus hijos-. ¡Se llevan a mamá! ¡Mamá, no te vayas!
Estas últimas palabras apenas fueron un sollozo.
- Papá, ¿qué es lo que pasa? Por qué se llevan a
mamá?
Papá conejo no pudo contener tampoco sus lágrimas
y no le quedó más remedio que explicar la situación a sus hijos.
- Mamá y yo os lo queríamos ocultar, pero ya no
tengo fuerzas para disimular más. Se han llevado a mamá para que les sirvamos
de alimento.
Los tres habían escuchado desolados estas palabras
y fue Muk el único que se atrevió a hablar.
- ¿No volveremos a ver a mamá?
- No. No la volveremos a ver nunca más.
Puk y Zuk al oir estas palabras empezaron a llorar
desconsoladoramente. Muk aún tuvo fuerzas para preguntar:
- ¿Y tu papá? ¿Te perderemos también a tí?
- Si hijo.
Y diciendo estas palabras abrazó a sus tres hijos
y todos quedaron sollozando.
Muk volvió sin embargo a querer profundizar en el
misterio de este ritual humano.
- ¿Cómo pueden ser los hombres tan malos? Nosotros
no matamos a nadie.
- No son malos, Muk. No piensan en el daño que nos
hacen. Han sido educados así y actuan de esta manera por costumbre. Las
personas más buenas del mundo no por ello dejan de matarnos para celebrar sus
fiestas. Pero si Dios Nuestro Señor lo ha dispuesto así, es que es su deseo y
debemos aceptarlo.
A la mañana siguiente, cuando Javier se acercó a
la jaula como cada día,quedó perplejo.
- Pero, ¿qué os pasa... ? "¿Donde está
vuestra madre...? ¿No queréis jugar?
- Salid a jugar - les decía papá conejo -. Javier
no tiene la culpa de nada.
Pero no pudo convencerlos.
- Mañana volveré - dijo Javier -. Espero que
estéis de mejor humor.
Pero una vez se fué Javier, papá conejo les habló
muy seriamente:
- Hoy es el día de nuestra mayor desventura. Miles
de animales somos muertos para ser comidos. Nunca se sabe lo que puede pasar y
es mejor estar tranquilos de conciencia. Recemos por nuestra madre y para
nosotros mismos, para que muramos sin sufrimiento y seamos perdonados.
Apenas se pusieron a rezar cuando vieron a lo
lejos una sombra que se acercaba. Se abrió la puerta y uno tras otro fueron
cogidos. Sólo Muk quedó en la jaula. Por todos los medios intentó acompañarlos,
gritó, pataleó, gritó, pero la puerta se cerró en su hocico.
- Muk, sé valiente hijo. Piensa en nosotros.
Cuando Javier entró en la cocina pudo presenciar
un espectáculo horrible. Las mesas estaban manchadas de sangre y llenas de
cuchillos también ensangrentados. Las cabezas de sus buenos amigos se hallaban
en el cubo de la basura. Javier no podía dar crédito a sus ojos.
-¡Mamá! ¿Qué has hecho?
- Javier, no te preocupes. Unos han de morir para que otros vivan...
Javier sin hacer caso de su madre salió rapidamente hacia el corral.
- Muk, Muk, perdóname. Yo no sabía nada, yo jamás
hubiese hecho nada. Perdóname Muk. Odio a mis padres con toda mi alma.
Muk se compadeció del pobre muchacho y quiso
consolarle:
- Javier, no llores. Tu no tienes la culpa, es
verdad, pero tampoco tus padres. Ellos no piensan que nos hacen daño. Mi papá
que dijo que los hombres no eran malos por hacer esto, sino que simplemente no
pensaban en lo que hacían. Javier, perdónalos. Nuestro Señor perdonó a sus
enemigos diciendo que no sabían lo que hacían, perdonalos tu también, pues
tampoco saben lo que hacen.
Muk había consolado a Javier, pero él mismo se
hallaba hundido hasta lo más profundo. Se hallaba terriblemente solo,
abandonado. No deseaba otra cosa que seguir el destino de sus hermanos. De
pronto, a lo lejos, en medio de la noche, distinguió una figura que se
acercaba. A medida se hallaba más cerca vió que se trataba de un anciano, enjuto,
con una luenga barba blanca y con un vestido marrón de la cabeza a los pies.
- Hola Muk - le dijo el desconocido -.
- ¿Ha llegado ya mi hora? - le respondió Muk.
- Si Muk. Te ha llegado la hora de ser libre, de
correr por los campos y recorrer el mundo.
- ¿A mi no me van a matar?
- No Muk. Yo soy Francisco y soy tu amigo. Dios
Nuestro Señor me llamó ayer y me dijo que bajase a la tierra para darte la
libertad. Nuestro Señor escuchó lo que decías a Javier. Tu has sabido pagar el
daño con amor, has sabido perdonar a tus enemigos y no tener odio. Tu, más que
nadie, has sabido celebrar esta Navidad, pues has hecho con tus palabras lo que
Jesucristo con su ejemplo. Nuestro Señor quiere que seas muy feliz.
- Pero yo nunca podré ser feliz sin mi papá, mi
mamá, sin Puk y Zuk.
- Ah, es verdad, se me olvidaba. Me han dado
recuerdos para tí.
- ¿Para mí? ¿Los has visto?
- ¡Claro que los he visto! Vivimos juntos allí
arriba.
- ¿Dónde?
- Allí - dijo señalando al firmamento -. ¿Ves
aquella estrella tan luminosa? Pues un poco a la derecha hay un camino formado
por pequeñas estrellas que conduce a mi casa.
- ¿Y están bien allí? ¿Cómo es aquello?
- Claro que están bien. Aquello es... ¿Cómo te
diría yo? Es un inmenso prado cuajado de la más hermosas flores, pero como este
prado está siempre verde y fresco, las flores nunca se marchitan.
Constantemente oyes los cantos más melodiosos de los pájaros y ves correr a
todos los animales y como allí nadie muere, nadie necesita matar para vivir. El
sol lo ilumina siempre todo, pero cuando queremos llueve para refrescarnos. En
Navidad, claro, nieva un poco y así podemos ir con trineos y hacer muñecos de
nieve. Ayudamos a Santa Claus a hacer sus paquetes y siempre es generoso con
nosotros. Todos seamos muy felices allí, tan felices que tus padres estaban
deseando que te llevase allí, pero Nuestro Señor ha querido que antes puedas
conocer este mundo donde vives.
Dicho este Francisco abrió la puerta e indicó a
Muk que saliera.
- ¿Seré libre? ¿Podré correr por el corral?
- Por el corral y por el mundo. Corre, salta, juega y al final ven con
nosotros.
- Gracias Francisco, gracias. Recuerdos a papá y a
mamá, a Puk y Zuk.
Muk pudo vivir libre y aunque Javier quedó
desconsolado al ver por la mañana que no estaba, pensó que era lo mejor. No
tuvo nunca rencor a sus padres por lo que habían hecho, pero cada año por
Navidad, para celebrar el Nacimiento de Cristo, en vez de matar daba la vida y
así en esas señaladas fechas compraba conejos, peces, pájaros... y los dejaba
en libertad, quedándose extasiado viéndoles partir velozmente. Así se sentía
contento y estaba convencido de que a Nuestro Señor le agradería más su actitud
que la de matar y comer.
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