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LA TENTACIÓN |
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93UM6 |
El escándalo dado: |
Juan C. Sánchez-Ventura Ferrer, 1998 |
Extracto en versión libre del libro "¿Existe el infierno?",
de Juan Sánchez-Ventura Ferrer
Fundación María Mensajera
Coso, 92, 2.o dcha
E-50001 Zaragoza
Tfno. 976 / 22 78 34, Fax: 976 / 301 099
María Mensajera - http://www.geocities.com/mariamensajera/
Y pasemos al tema que nos ocupa: las
modas. Tema siempre molesto de tocar, pero necesario. Como decía Santa Catalina
de Siena: "Basta ya de silencios,
gritad con cien mil lenguas, porque por haberlo callado el mundo está
podrido". O como lo decía el Ángel a San Juan Bosco: "Predica siempre y en todas partes
contra la inmodestia".
Pues bien, sobre este tema de la
inmodestia en el vestir, nos dicen unánimemente los psicólogos y psiquiatras
"que todo el cuerpo de la mujer, excepto cara, manos y pies, produce en el
varón impactos sensual-sexual". Es un axioma incuestionable. Son impactos
instintivos, puestos lógicamente por Dios en la naturaleza, en orden a la
procreación y perpetuación de la especie humana.
El problema es que el Señor en el
Evangelio, dice: "Oísteis que se
dijo a los antiguos: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una
mujer con deseo, ya adulteró con ella en su corazón" (Mt. 5,27-30).
El Señor no prohibió absolutamente el mirar, sino el mirar con deseo impuro a
la mujer no propia. No dijo tampoco el que mirare, sino el que mirare para codiciarla.
Es decir, todo el que busca voluntariamente excitar su deseo, el que sin
necesidad ninguna mete a esta fiera de la concupiscencia en su alma, ya
adulteró con ella en su corazón.
El Señor prohíbe aqui hasta el mal
deseo del corazón, y lo prohíbe con unas palabras que directamente se refieren
al adulterio; pero el principio, que va implícito en esta doctrina, le da un
alcance que comprende todos los deseos deshonestos. El Señor da una doctrina
general, que bastaba para los que quisieran entenderlo con buena voluntad, y
que después había de irse completando con determinaciones más particulares y
precisas, en su propia predicación y en las predicaciones de los apóstoles. Así
lo entendió siempre la tradición eclesiástica, que es legítimo intérprete de las
Sagradas Escrituras.
A San Juan Crisóstomo, le preguntó, en
cierta ocasión, un joven soltero:
"¿Y si miro, y tengo deseos impuros, pero nada hago malo?". Y
San Juan Crisóstomo, contestó:
"Pues, aun así, estás ya entre los adúlteros". Y siguió
preguntando el joven: "¿Y si me
detengo a mirar, pero no soy prendido por el mal deseo?". Y San
Juan Crisóstomo, doctor de la Iglesia, replicó: "No, también esa mirada
la castiga el Señor, no sea que fiándote de esa seguridad, vengas a caer
en el pecado. Porque mirando así, una, dos y hasta tres veces, pudiera ser que
te contengas; pero si lo haces de continuo, absolutamente seguro que serás
cogido por el deseo impuro, pues no estamos ni tú ni yo por encima de la
naturaleza humana".
El Señor habla aquí del hombre que mira
con mal deseo a una mujer, y dice que, si el hombre mira con mal deseo a una
mujer, ya ha cometido adulterio en su corazón. Aunque estas palabras no se
refieren a la mujer, que ciertamente también se refieren, nosotros podríamos
argumentar así: Si el Señor castiga de esa manera al hombre que mira con mal
deseo a una mujer, ¿qué dirá de la mujer que inventa todas las artes posibles
para hacer que el hombre la mire con ese mal deseo?. Por lo cual se ve muy
claro que cosas que se tienen por meras formas de vanidad femenina, por
ligereza sin importancia, son algo más.
Lo más triste del tema que estamos
tratando es que los buenos se están contagiando o se han contagiado ya de la
ceguera del mundo, de esa ceguera inverosímil que ni siquiera permite ver las
verdades más elementales del Evangelio.
Dice el Señor que no pueden juntarse
luz y tinieblas y parece como si algunos, con su habilidad, hubieran encontrado
manera de juntarlas. ¿Qué pensará el Señor realmente de nuestra actual moda?. "Van a llegar unos tiempos
-decía Jacinta de Fátima- en que las
modas ofenderán mucho a Dios Nuestro Señor".
Si el hombre que mira con mal deseo a
una mujer ya adulteró en su corazón, ¿qué ocurrirá con la mujer que: o busca
derechamente esas miradas del hombre o está obligando a los hombres a que hagan
milagros para no mirar de esa manera?. ¿Qué dirá el Señor de estas mujeres que
van -según dicen ellas- a la última moda?. Evidentemente, todos los anatemas
que hay en este pasaje del evangelio caen, no solamente sobre los que tropiezan
en el escándalo, sino mucho más sobre los que escandalizan.
Estas dos consecuencias son tan duras,
que uno no puede decirlas ya de una manera suave. Al menos que el Señor no nos
pida cuentas de no haber hablado claro. Que el Señor no nos diga que no hemos
enseñado la verdad a su pueblo. Ahí tenéis la verdad, tal como está en el
Evangelio, que no es palabra de un maestro cualquiera, no es la palabra torpe
de un hombre, no es el criterio de un teólogo rigorista, sino que es la palabra
misma de Jesucristo, que podéis leer y comprobar en este capítulo quinto del
Evangelio de San Mateo.
Pero alguno preguntará: ¿Peca
mortalmente la mujer que va mal vestida?. Algunos creen que es únicamente
problema de intención. Yo siempre digo que no es sólo problema de intención
(querer positivamente el mal efecto), sino de tener conocimiento, aunque sea
oscuramente, de que uno o una ha puesto la causa objetiva del mal que se va a
producir, ve venir por su causa culpable el mal efecto, pero no quiere, aun
sabiéndolo, dejar de evitarlo.
El escándalo dado se divide en dos
clases: El Escándalo directo y el escándalo indirecto.
El escándalo directo es aquel en el
que la persona que escandalizabusca directamente que el otro peque. Es decir,
pone la ocasión para que el otro tropiece y caiga en el pecado. Y esto, dicen
los moralistas, lo puede desear o por odio contra la religión católica
(escándalo diabólico); o porque le proporciona alguna ventaja, utilidad o
placer (escándalo estrictamente directo).
Pero además del escándalo directo,
está el escándalo indirecto. Se define como aquel en el que el pecado del otro
no se intenta, ni se busca ni se quiere, pero se prevé que se seguirá por mi
conducta.
Y aquí está la clave: ¿preveía la
mujer con ese vestido objetivamente deshonesto que llevaba, que llegaría el
escándalo, es decir, la posible ruina espiritual del prójimo al mirarla?. No se
trata de saber si pecaron o no todos los hombres que se toparon aquella tarde
con ella. No importa si era una mujer atractiva o poco agraciada. Se trata, en
definitiva, de saber si la persona puso con su mala acción la causa, cayó en la
cuenta de lo que hacía, y previó, con su mal comportamiento en el vestir, el
posible mal efecto ruinoso para el otro. Y ello, aunque no pretendiese con esa
prenda cortísima o transparente, originar directamente ningún escándalo.
El Padre Noldin, sobre el adorno de
las mujeres, dice:
A) En primer lugar, hay que atender a
la intención por la cual la mujer se adorna, prescindiendo ahora de si el
adorno es modesto o inmodesto. Y dice:
1.
Si se adorna por
conservar la decencia de su estado, o para agradar a su esposo, o para
encontrar novio, o para ocultar un defecto del cuerpo, o por seguir las
costumbres de la nación, su intención es ciertamente lícita.
2.
Si se adorna o
viste por ligereza y vanidad, o simplemente para hacer ostentación de su
belleza, su intención es levemente pecaminosa (pecado venial).
3.
Si todo ello lo
hace para provocar la concupiscencia de los varones y el amor impuro, su
intención es gravemente pecaminosa (Escándalo directo. Pecado mortal en cuanto
a la intención, prescindiendo del vestido)
B) En cuanto al objeto (vestido),
prescindiendo de la intención de la persona que la ostenta.
1.
Si el adorno o
vestido es honesto y conveniente al estado, según la costumbre de la nación,
pueblo o ciudad, también es lícito y debe ser permitido. Luego no están
obligadas a desechar un adorno o vestido decente y honesto, aunque determinadas
personas muy concretas se autoprovoquen por ello a la concupiscencia.
2.
Si el vestido es
inmodesto, tales como: los vestidos demasiado cortos o tenues, los vestidos
demasiado estrechos y los vestidos demasiado recortados, es siempre un grave
escándalo porque gravemente y próximamente provoca o puede provocar a otros a
la lascivia.
3.
Por eso pecan
gravemente aquellos que introducen esos usos, pero también pecan gravemente
aquellos que meramente se acomodan porque con ello aumentan la indecencia
común.
Extracto en versión libre del libro "¿Existe el infierno?",
de Juan Sánchez-Ventura Ferrer
Fundación María Mensajera
Coso, 92, 2.o dcha
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